Ya
naufraga, empavesada de velámenes
amarillos, la feria modesta
y el desteñido diapasón
hogareño de pobre empleado
que fue mi padre y ahora, arrendatario
más o menos afortunado
de mi abuelo, su linaje social
endereza, altivamente.
Pero yo siento, adentro, que
mi estilo de vida adopta la
ruptura como morfología
y yo ando deshecho y despavorido.
En este instante, encerrado
en el escritorio paternal, tomo
mis diecisiete años y
les rompo los ojos, para descifrar
su enigma doloroso, aterrado,
polvoroso, como una gran tumba.
Ya don Ángel Labra y
Labra no viene a visitar a mi
padre en los atardeceres de
invierno, pardos, helados, largos,
con braseros y vino caliente,
oliendo por dentro a naranjas
y mi padre no va a dialogar
al caserón del portalón
claveteado, monótonamente,
al resplandor de botellas interminables:
—Véndame la yegua,
compadre… —No, compadre,
cómo le voy a vender
la yegua, no, la yegua venderla,
no, se la regalaría —dice
don Ignacio. —Regálemela,
entonces, pues, compadre…
Aquellas borracheras tremendas,
condecoradas de recuerdos de
carácter heráldico,
escurriéndose por la
ramazón genealógica
de los segundones y los tercerones
y los cuarterones mayorazgos
de la nobleza de aldea de España,
preñada en la ilegalidad
de los bastardos, habían
dado el gran tranco vital del
éxito. Liquidado el almacén,
planeado y fracasado, en la
esquina, con aquel colorín
de narices rojas como botas
de licor, Ignacio Arancibia,
mi tocayo, olvidado en el corazón
polvoriento de las vidrieras,
a la orilla de las botellitas
de coñac, las botijas
de pólvora y los cigarrillos
Dischiut importados. A diez
céntimos la cajetilla,
ha quedado un pasado funeral
de clase media provincial, empobrecidísima,
humilladísima, entristecidísima,
catoliquísima, miserabilísima,
y mi padre, triunfante, mi padre
sobreponiéndose a su
romanticismo crepuscular de
derrotado de antemano, levanta
la victoria medio de medio de
los puños rotundos de
hombre. Pero yo he quedado como
pringado y atravesado de borracheras
dolorosas, de borracheras desgarradas
y aunque fui el espectador desesperado,
únicamente, la desolación
fue la compensación a
mi actitud de quien se sienta
a la ribera de los acontecimientos.
Como alumno estoy cansado y
estoy cansado como prodigio
y como ejemplo que va a reivindicar
generaciones de mediocres, estoy
cansado como joven de porvenir
grande e ilustre. Mi condición
de pobre diablo y de flor profesional
de los pobres diablos me da
asco y rabia enorme. Sin embargo,
orgullo de Satanás caballero,
sobrepujado el oportunismo desenfrenado
de la familia y la bondad provincial
de mis padres, siempre dulce
y siempre triste, reorganizo
los pingajos humanísticos,
rasgados, del Seminario, con
odio horrendo al Seminario y
aguanto su asquerosidad, planificando
un bachillerato de aborto, anticipado,
que definiría Santiago.
Pero no poseo la claridad de
los actos logrados para nada.
La coquetería de la señorita
santiaguina Peti, la entrevista
apenas, todavía me desgarró
el controlar emocional, y soy
el desorientado que se ignora
a sí mismo, entonces,
buscando con espanto desencajado
el origen del desorden. Es la
gran época nacional y
profundamente provincial del
Centenario. Las niñas
vecinas son las niñas
Pinochet, y son las niñas
del barrio, recién llegadas,
la preocupación de las
familias; aquellas tres hermanas,
la alta, la delgada, espiritual;
la otra, que parece una gallina
blanca, gordita y tontita, con
aspecto de domesticidad; la
tercera, que es la mocosita
de las pantorrillas y la ausente,
que es la más hermosa,
precisamente por ser desconocida.
Los dos hermanos son más
o menos amigos, el marino y
Ricardo, chiquito como hecho
de memoria. Pero no estamos
muy ligados aún a esta
primera amistad, tan sobrenatural,
porque los cuatro vientos del
mundo, la Peti, que cruzó
como volando a caballo, con
las polleras a la cintura, enarboladas,
los campos trágicos de
Pocoa; Las niñas Zúñiga
que van a veranear a tal soledad
con nosotros, ya cubiertas de
ausencia; aquella de las niñas
Pinochet, la que va a regresar
pronto, románticamente,
la que va a retornar con el
sueño del cabello suelto
en lo oscuro y problemático,
la niña de trenzas, que
es la niña cómplice
de Vergara, el cual parece un
orador sagrado, todo aquello
junto me socava, preocupándome,
desorientándome en lo
último y despedazándome
la voluntad ensangrentada.
Entonces, las luciérnagas
provinciales se encienden como
grandes focos en la Capital,
atrayéndome. Toda la
angustia del siútico
que en mí existe, el
sudoroso, sobajeado, lastimoso
y pequeño-burgués,
retrato del pequeño-burgués
que yo reflejo, anhela el resplandor
falso del vidrio, y el rencor
mineral de los humillados subterráneos
se expresa en aquella incorporación
a la farsa pública —pantomima
de sabandijas, iluminada a parafina—,
con la cual el explotador engaña
al explotado, dirigiendo la
puntería de la demagogia
a lo emocionante, que es el
corazón sexual de las
masas sin politización,
y voy a Santiago. Me recibe
don Alberto, el ejemplar de
escribiente-asistente, a quien
liquidó también
aquel Rafael Sariego Aguirre,
espía del Gobierno, verdugo
y lacayo, que calumnió
a mi padre empujándolo
a Lonquimay, con el señor
Grez por secretario y nos instalamos
en su casita de la calle Catedral,
al costado de los Capuchinos,
y que él y Clemente,
un colorín con pasta
de esclavo y de sacristán,
mantienen. Como los zapatos
de charol con tacos de goma
me llagan los pies, los paseos
son tremendos, y el rompefilas
obtenido de El Mercurio por
el repórter eclesiástico-policial
me es inútil; ando, pues,
solo y la soledad me circunda;
la iluminación feérica
me confunde y lo paso sentado
en la Plaza de Brasil, que emerge
en grandes árboles, como
con peñascos salvajes
todavía, o me asomo a
la Plaza de Yungay ardiente
de costumbres aldeanas, a la
cual conocí en aquel
viaje en el año cinco;
don Alberto no me comprende,
porque le parece inconcebible
“que el hijo de Ignacio
se dedique a la poesía”
y me distingue con el epíteto
de “el Job de Talca”,
cosa que perdono, porque el
hombre no es completamente idiota
y es bastante bueno y justo;
pero yo quedo fuera del tiempo,
aquí, confundido y deprimido
y resentido, cansado o acorralado
como un animal sin piño
y mi disconformidad se plantea
con violencia, acerbamente,
porque el hombre que soy comienza
a afilar su garra enorme en
mi persona y, como me callo,
me torno más enfurecido,
amargándome el corazón
la propia saliva; encuentro
muy extraña a la Peti
y la desprecio con rencor soberbio;
en la última tarde lluviosa
y gris de este septiembre gasto
los pocos dineros en libros,
y después de haber comprado
las obras completas de Musset
en francés y las Memorias
de ultratumba de Chateubriand,
regreso a Talca con el dinero
del boleto pedido a don Alberto.
Me asalta la amargura del tren
del invierno retardado, lloviendo
con inmenso dolor monótono
y mi desorientación pasa
a la congoja definitiva. Comprendo
como grotesco mi ser interno
y no sospecho la relación
de mi yo con la realidad heterogénea
que se me presenta, como la
criatura del mundo; me parece
ser un histrión doloroso,
un payaso triste que no quiere
su oficio, un bufón extranjero
y la gran criatura de pantomima
de cementerio milenario, en
el cual las tumbas no tienen
sentido ni ley, ni Dios, ni
siquiera una leyenda por epitafio;
actúo como si hubiese
vivido otra vez y me espanto
de mí mismo.
Encuentro a Talca deshecha y
entre las cosas, abrigo mi yo
psicológico por la soledad
desesperada que me circula,
la soledad sin límites…
No aguanto al Seminario, lo
agarro como un vaso de llanto
y voy cargando su polvorienta
agonía asquerosa. Los
condiscípulos me parecen
imbéciles, con aquella
gran imbecilidad de imbéciles
que encontré en ellos
ha cuatro años largos,
imbéciles y distantes,
completamente distantes de mi
distancia, tanto aquel amigo
Cortés, como Gálvez,
González, Márquez,
pobres bestias simples, y hay
murmuraciones de enemistad y
conspiración cuando yo
ingreso, paso a paso, a deshora
a clase y dice el profesor:
Díaz, quédese
de pie toda la hora… Yo
estoy furioso y abandonado y
al plantear con los ojos absortos
la resonancia colectiva de antaño,
en los compañeros encuentro
la mirada crepuscular de los
cobardes que traicionaron a
quien no entiende, porque no
lo entienden y soy un extraño
a quien nadie conoce.
He perdido los libros y el interés
por los libros de humanidades.
Ahora debo engañar a
mis padres, ilusionados con
el profesional del futuro y
los engaño, vivo sobresaltado,
vivo y no vivo, subrepticiamente,
ilegalmente, clandestinamente,
como un criminal de la familia.
La inquietud religiosa es un
ataúd flotando en el
lago de barro de mi espíritu,
y la fe la arrastro, despedazado.
El viaje a Iloca después
del examen final, dificultoso,
con ramos dejados absolutamente
para marzo del año entrante,
es terrible. Voy vestido con
un guardapolvos que parece una
mortaja, sentado a la izquierda
de mi padre, desconfiado y agresivo
y cuando yo planteo mi opinión
política, radical, dramática,
estoy a punto de recibir la
bofetada de la humillación
asquerosa y amarilla del maldito.
Sufre mi madre y comprende mi
rebelión, porque las
mujeres-madres no aplastan al
hijo con el mando del padre,
que como padre es, eternamente,
un macho con celos.
A la orilla del mar el sol yodado
me influye e influye a mi padre,
porque mi padre es hombre de
ribera y ojo de agua, tornando
en mí el cazador frustrado
que ahora caza grandes garzas
o flamencos, con Winchester,
pasmando a las deslustradas
muchachitas provincianas, que
yo desprecio compasivamente,
pues, además, soy el
jinete de la gran cabalgadura
que galopa las playas en la
sonora tarde oceánica,
con gesto gallardo de héroe.
Camas duras de pensión,
colchas feas y catres de bronce
terrible en hoteles de ocasión,
completamente honorables, naturalmente
por contraposición violenta,
dan a la vida física
la posibilidad de sentirse capaz
de mandar los huesos y es más
hombre el hombre, pobre hombre
veraneante.
Retornamos como olvidados a
la ciudad imperial del estero
de Baeza y yo afronto la matrícula
seminarista con alguna euforia
marina; pero ha muerto el seminarista
definitivamente, y al enjuiciar
desde mi cátedra de secretario
general de la Academia Literaria
de San Agustín, los escándalos
de escándalos de la homosexualidad
eclesiástica, comparándolos
a Sodoma y Gomorra y pidiendo
el fuego del infierno sobre
los tejados, soy expulsado por
tres meses como hereje; en septiembre
viene la Peti a Pocoa y yo me
dedico a embrutecerme como romántico
a su orilla, saco los caballos
de mi padre y acompañado
de don Talí, mi tío,
correteamos a la Peti y a la
Lela como dos babosos de Dios,
líricamente; retorno
con deslumbramiento y alucinación
al estudio, y el soñador,
el planificador de absurdos
que existe en mi pecho y espalda,
se derrama por el romanticismo
como un chorro de dolor angustioso
y placentero, agotándome
como si hubiese agarrado los
hechos trabajando en acción
directa, pero con el vacío
por adentro, como quien cogiendo
grandes puñados de agua
pretendiera construir verdaderos
edificios literarios; revolcándome
en el septiembre sentimental
de inhibido, de sobrecogido,
de pretérito general,
es diciembre quien adviene,
con moscas y sus hojas y sus
sombras calientes, y con asco
apruebo exámenes por
distinción y capacitación
histórica, recuperando
mi jerarquía de condición
literaria leo los versos del
onomástico de despedida
en el Salón de Honor
del Seminario de San Pelayo
de Talca, frente a frente a
la Peti, que sonríe besuqueándose
con Armando, su novio, un “tonto
de oro” según lo
apodo, y disfrazado de chaquet
enhuinchado, yo me arrojo a
la desesperación con
tongo y todo…
Durante el enero-febrero ardientes
de Pocoa, la prima se hace conducir
de paseos por mí, que
soy su esclavo y su lacayo de
caballería, de instante
en instante más enloquecido
y acabo el verano con espanto
dirigiéndome a Santiago
como lanzado por la angustia,
como un zapato contra la pared,
por el fantasma de los despoblados…
Se me recibe donde los Farías
y están don Rufo, don
Ricardo, don Vicho, la Rosa,
la Flora, borrachos y meando
de noche, parados en el corredor
de la casa. De cuando en cuando
viene Isaías, Cura y
Vicario de la Navidad, tuerto,
bueno, leso, con un chancho
en su saco y damajuanas, botellas,
calabazas de chacolí
y vino, y con aquel bastón
feliz de cacha de lata, y la
borrachera general de entradas
de otoño-invierno se
termina por agotamiento; o es
Juan, el casado con la señora
Montt, una gran persona muy
buena, culo de barco a popa
y a proa como las madonnas del
Giotto. Apruebo a medias materias
de emergencia y retorno para
tornar a retornar en mayo, matriculado
por acaso, en la Universidad
de Chile: Ingeniería
y Abogacía.
Vienen mis padres conmigo y
me hospedo por consejo de don
Ricardo González en la
residencia de las señoritas
Valdés, dos solteronas
tan aristocráticas como
la burra de Balaam, una de las
que, flaca, pálida, alta
y reseca, como los cochayuyos
postpretéritos, canta
“Ven Roberto, ven por
Dios”, derritiéndose…
A una orilla de los acontecimientos,
en el instante final del éxodo,
las niñas Pinochet y
aquel sillón de Viena,
rincón y pasión,
ambas dos sombras que yo erguía
en el arrabal de los anocheceres,
sillón de Viena a la
luz del gas, llorando o rugiendo
miserablemente del ambiente
departamental de los tejados
y en el cual la pobreza acomodada,
que es la miseria disimulada
del medio pelo y sus embargos,
sus lástimas, sus deudas,
sus ánimas sentimentales,
sus bautizos, sus onomásticos,
sus defunciones, su religión
florida y podrida, sus trajes
usados de días, trabajos
y penas, su actitud de sirvientes
ornamentales de los Señores;
recuerdo cuando partimos en
vagón de segunda clase
a Llay-Llay, a celebrar el santo
del cura Liborio allá
por 1906 al terminar el invierno.
Él nos recibió
en la estación con banda
de músicos y marchamos
por la calle principal del pueblo,
la Chila y yo encabezando el
desfile, más atrás
mi padre y mi madre con el párroco,
al cual seguía el ganado
lanar de los josefinos aldeanos;
recuerdo los ojos llorosos y
azules de la profesora de piano,
que según las malas lenguas
era la querida del prelado;
y recuerdo a doña Gregoria,
la maestra primaria, perfecta
en su catolicismo liberal, con
la Teresa y don Ismael su marido
el tunante, con aquella borrachera
horrenda de la pena eterna de
los desamparados de Dios en
diez generaciones de venidos-a-menos,
en casas de arriendo con empeños,
con pleitos, con comercios de
esquinas de pobres de enorme
cursilería, y está
presente en mí mi padre,
cansado y acometido de circunstancias
y mi madre siempre triste, con
su gran dulzura y su inteligencia,
sufriendo por la licorería
general de su marido, en medio
de los éxitos que son
palomas circunstanciales…
Todos completamente solos, desorientados,
amargados, abandonados, roñosos
y telarañosos, diciendo
los versos horrendos de la clase
media…
Entonces, soy el último
de una alto árbol genealógico
tronchado ya en Castilla y Vasconia,
el Díaz-Loyola, agusanado
en el esqueleto del pensamiento
del mayorazgo ilegal que deviene
empleado público, el
trágico fin de clan náufrago
en el gran océano, el
Amigo Piedra amargo y acorralado
del Seminario, sin amigos, desconocido
y sin amigos, la última
ilusión despedazada de
los patrones pobres explotadores
de los peones, de los patrones
pobres que quieren ser doctores…
Es la tragedia de los pequeños
burgueses: cuello y piojos.
Mi padre arrastra al poeta muerto
en las entrañas y su
condición de fracasado
provinciano, de abogado fracasado,
de literato fracasado, de empleado
fracasado, le inhibe la hermosa
personalidad de varón,
pues el lujo de la mocedad es
el llanto de la edad madura.
—Yo también, como
tú, a los veinte años
escribía versos—
me dice él entre penoso,
burlesco, herido e irremediablemente
frustrado; porque es la frustración
profesional-intelectual la índole
de mi familia, en la cual todos,
absolutamente todos, espantosamente
todos, fracasaron horrorosamente…
Nacido para ser un cura, obispo,
según la familia, ingeniero
o médico, según
mi padre y mi madre, soy un
escritor que emerge, es decir,
un fracasado entre los fracasados
como lo siente el pariente.
Pero lo serio es que yo añado
al fracaso la chifladura oficial,
que fue personal en los Alvarado,
los tíos abuelos, y departamental
en los Muñoces y los
Díaz pobres, la chifladura
oficial que tiene patente pública
en la literatura y confiere
el carácter irremediable
de fracasado entre fracasados,
irreductiblemente fracasados…
¡Es como ser el muerto
y andar de luto!... 
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