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Sensación en copreterito del mascarón feudal de Don Ángel Labra y Labra, del compadre Ignacio, mi tocayo, o de cómo se llora en una silla de viena, en 1910
Por Pablo de Rokha
 

Ya naufraga, empavesada de velámenes amarillos, la feria modesta y el desteñido diapasón hogareño de pobre empleado que fue mi padre y ahora, arrendatario más o menos afortunado de mi abuelo, su linaje social endereza, altivamente.


Pero yo siento, adentro, que mi estilo de vida adopta la ruptura como morfología y yo ando deshecho y despavorido.


En este instante, encerrado en el escritorio paternal, tomo mis diecisiete años y les rompo los ojos, para descifrar su enigma doloroso, aterrado, polvoroso, como una gran tumba. Ya don Ángel Labra y Labra no viene a visitar a mi padre en los atardeceres de invierno, pardos, helados, largos, con braseros y vino caliente, oliendo por dentro a naranjas y mi padre no va a dialogar al caserón del portalón claveteado, monótonamente, al resplandor de botellas interminables: —Véndame la yegua, compadre… —No, compadre, cómo le voy a vender la yegua, no, la yegua venderla, no, se la regalaría —dice don Ignacio. —Regálemela, entonces, pues, compadre…


Aquellas borracheras tremendas, condecoradas de recuerdos de carácter heráldico, escurriéndose por la ramazón genealógica de los segundones y los tercerones y los cuarterones mayorazgos de la nobleza de aldea de España, preñada en la ilegalidad de los bastardos, habían dado el gran tranco vital del éxito. Liquidado el almacén, planeado y fracasado, en la esquina, con aquel colorín de narices rojas como botas de licor, Ignacio Arancibia, mi tocayo, olvidado en el corazón polvoriento de las vidrieras, a la orilla de las botellitas de coñac, las botijas de pólvora y los cigarrillos Dischiut importados. A diez céntimos la cajetilla, ha quedado un pasado funeral de clase media provincial, empobrecidísima, humilladísima, entristecidísima, catoliquísima, miserabilísima, y mi padre, triunfante, mi padre sobreponiéndose a su romanticismo crepuscular de derrotado de antemano, levanta la victoria medio de medio de los puños rotundos de hombre. Pero yo he quedado como pringado y atravesado de borracheras dolorosas, de borracheras desgarradas y aunque fui el espectador desesperado, únicamente, la desolación fue la compensación a mi actitud de quien se sienta a la ribera de los acontecimientos.


Como alumno estoy cansado y estoy cansado como prodigio y como ejemplo que va a reivindicar generaciones de mediocres, estoy cansado como joven de porvenir grande e ilustre. Mi condición de pobre diablo y de flor profesional de los pobres diablos me da asco y rabia enorme. Sin embargo, orgullo de Satanás caballero, sobrepujado el oportunismo desenfrenado de la familia y la bondad provincial de mis padres, siempre dulce y siempre triste, reorganizo los pingajos humanísticos, rasgados, del Seminario, con odio horrendo al Seminario y aguanto su asquerosidad, planificando un bachillerato de aborto, anticipado, que definiría Santiago.


Pero no poseo la claridad de los actos logrados para nada. La coquetería de la señorita santiaguina Peti, la entrevista apenas, todavía me desgarró el controlar emocional, y soy el desorientado que se ignora a sí mismo, entonces, buscando con espanto desencajado el origen del desorden. Es la gran época nacional y profundamente provincial del Centenario. Las niñas vecinas son las niñas Pinochet, y son las niñas del barrio, recién llegadas, la preocupación de las familias; aquellas tres hermanas, la alta, la delgada, espiritual; la otra, que parece una gallina blanca, gordita y tontita, con aspecto de domesticidad; la tercera, que es la mocosita de las pantorrillas y la ausente, que es la más hermosa, precisamente por ser desconocida. Los dos hermanos son más o menos amigos, el marino y Ricardo, chiquito como hecho de memoria. Pero no estamos muy ligados aún a esta primera amistad, tan sobrenatural, porque los cuatro vientos del mundo, la Peti, que cruzó como volando a caballo, con las polleras a la cintura, enarboladas, los campos trágicos de Pocoa; Las niñas Zúñiga que van a veranear a tal soledad con nosotros, ya cubiertas de ausencia; aquella de las niñas Pinochet, la que va a regresar pronto, románticamente, la que va a retornar con el sueño del cabello suelto en lo oscuro y problemático, la niña de trenzas, que es la niña cómplice de Vergara, el cual parece un orador sagrado, todo aquello junto me socava, preocupándome, desorientándome en lo último y despedazándome la voluntad ensangrentada.


Entonces, las luciérnagas provinciales se encienden como grandes focos en la Capital, atrayéndome. Toda la angustia del siútico que en mí existe, el sudoroso, sobajeado, lastimoso y pequeño-burgués, retrato del pequeño-burgués que yo reflejo, anhela el resplandor falso del vidrio, y el rencor mineral de los humillados subterráneos se expresa en aquella incorporación a la farsa pública —pantomima de sabandijas, iluminada a parafina—, con la cual el explotador engaña al explotado, dirigiendo la puntería de la demagogia a lo emocionante, que es el corazón sexual de las masas sin politización, y voy a Santiago. Me recibe don Alberto, el ejemplar de escribiente-asistente, a quien liquidó también aquel Rafael Sariego Aguirre, espía del Gobierno, verdugo y lacayo, que calumnió a mi padre empujándolo a Lonquimay, con el señor Grez por secretario y nos instalamos en su casita de la calle Catedral, al costado de los Capuchinos, y que él y Clemente, un colorín con pasta de esclavo y de sacristán, mantienen. Como los zapatos de charol con tacos de goma me llagan los pies, los paseos son tremendos, y el rompefilas obtenido de El Mercurio por el repórter eclesiástico-policial me es inútil; ando, pues, solo y la soledad me circunda; la iluminación feérica me confunde y lo paso sentado en la Plaza de Brasil, que emerge en grandes árboles, como con peñascos salvajes todavía, o me asomo a la Plaza de Yungay ardiente de costumbres aldeanas, a la cual conocí en aquel viaje en el año cinco; don Alberto no me comprende, porque le parece inconcebible “que el hijo de Ignacio se dedique a la poesía” y me distingue con el epíteto de “el Job de Talca”, cosa que perdono, porque el hombre no es completamente idiota y es bastante bueno y justo; pero yo quedo fuera del tiempo, aquí, confundido y deprimido y resentido, cansado o acorralado como un animal sin piño y mi disconformidad se plantea con violencia, acerbamente, porque el hombre que soy comienza a afilar su garra enorme en mi persona y, como me callo, me torno más enfurecido, amargándome el corazón la propia saliva; encuentro muy extraña a la Peti y la desprecio con rencor soberbio; en la última tarde lluviosa y gris de este septiembre gasto los pocos dineros en libros, y después de haber comprado las obras completas de Musset en francés y las Memorias de ultratumba de Chateubriand, regreso a Talca con el dinero del boleto pedido a don Alberto. Me asalta la amargura del tren del invierno retardado, lloviendo con inmenso dolor monótono y mi desorientación pasa a la congoja definitiva. Comprendo como grotesco mi ser interno y no sospecho la relación de mi yo con la realidad heterogénea que se me presenta, como la criatura del mundo; me parece ser un histrión doloroso, un payaso triste que no quiere su oficio, un bufón extranjero y la gran criatura de pantomima de cementerio milenario, en el cual las tumbas no tienen sentido ni ley, ni Dios, ni siquiera una leyenda por epitafio; actúo como si hubiese vivido otra vez y me espanto de mí mismo.


Encuentro a Talca deshecha y entre las cosas, abrigo mi yo psicológico por la soledad desesperada que me circula, la soledad sin límites…


No aguanto al Seminario, lo agarro como un vaso de llanto y voy cargando su polvorienta agonía asquerosa. Los condiscípulos me parecen imbéciles, con aquella gran imbecilidad de imbéciles que encontré en ellos ha cuatro años largos, imbéciles y distantes, completamente distantes de mi distancia, tanto aquel amigo Cortés, como Gálvez, González, Márquez, pobres bestias simples, y hay murmuraciones de enemistad y conspiración cuando yo ingreso, paso a paso, a deshora a clase y dice el profesor: Díaz, quédese de pie toda la hora… Yo estoy furioso y abandonado y al plantear con los ojos absortos la resonancia colectiva de antaño, en los compañeros encuentro la mirada crepuscular de los cobardes que traicionaron a quien no entiende, porque no lo entienden y soy un extraño a quien nadie conoce.


He perdido los libros y el interés por los libros de humanidades.


Ahora debo engañar a mis padres, ilusionados con el profesional del futuro y los engaño, vivo sobresaltado, vivo y no vivo, subrepticiamente, ilegalmente, clandestinamente, como un criminal de la familia.


La inquietud religiosa es un ataúd flotando en el lago de barro de mi espíritu, y la fe la arrastro, despedazado.


El viaje a Iloca después del examen final, dificultoso, con ramos dejados absolutamente para marzo del año entrante, es terrible. Voy vestido con un guardapolvos que parece una mortaja, sentado a la izquierda de mi padre, desconfiado y agresivo y cuando yo planteo mi opinión política, radical, dramática, estoy a punto de recibir la bofetada de la humillación asquerosa y amarilla del maldito. Sufre mi madre y comprende mi rebelión, porque las mujeres-madres no aplastan al hijo con el mando del padre, que como padre es, eternamente, un macho con celos.


A la orilla del mar el sol yodado me influye e influye a mi padre, porque mi padre es hombre de ribera y ojo de agua, tornando en mí el cazador frustrado que ahora caza grandes garzas o flamencos, con Winchester, pasmando a las deslustradas muchachitas provincianas, que yo desprecio compasivamente, pues, además, soy el jinete de la gran cabalgadura que galopa las playas en la sonora tarde oceánica, con gesto gallardo de héroe. Camas duras de pensión, colchas feas y catres de bronce terrible en hoteles de ocasión, completamente honorables, naturalmente por contraposición violenta, dan a la vida física la posibilidad de sentirse capaz de mandar los huesos y es más hombre el hombre, pobre hombre veraneante.


Retornamos como olvidados a la ciudad imperial del estero de Baeza y yo afronto la matrícula seminarista con alguna euforia marina; pero ha muerto el seminarista definitivamente, y al enjuiciar desde mi cátedra de secretario general de la Academia Literaria de San Agustín, los escándalos de escándalos de la homosexualidad eclesiástica, comparándolos a Sodoma y Gomorra y pidiendo el fuego del infierno sobre los tejados, soy expulsado por tres meses como hereje; en septiembre viene la Peti a Pocoa y yo me dedico a embrutecerme como romántico a su orilla, saco los caballos de mi padre y acompañado de don Talí, mi tío, correteamos a la Peti y a la Lela como dos babosos de Dios, líricamente; retorno con deslumbramiento y alucinación al estudio, y el soñador, el planificador de absurdos que existe en mi pecho y espalda, se derrama por el romanticismo como un chorro de dolor angustioso y placentero, agotándome como si hubiese agarrado los hechos trabajando en acción directa, pero con el vacío por adentro, como quien cogiendo grandes puñados de agua pretendiera construir verdaderos edificios literarios; revolcándome en el septiembre sentimental de inhibido, de sobrecogido, de pretérito general, es diciembre quien adviene, con moscas y sus hojas y sus sombras calientes, y con asco apruebo exámenes por distinción y capacitación histórica, recuperando mi jerarquía de condición literaria leo los versos del onomástico de despedida en el Salón de Honor del Seminario de San Pelayo de Talca, frente a frente a la Peti, que sonríe besuqueándose con Armando, su novio, un “tonto de oro” según lo apodo, y disfrazado de chaquet enhuinchado, yo me arrojo a la desesperación con tongo y todo…


Durante el enero-febrero ardientes de Pocoa, la prima se hace conducir de paseos por mí, que soy su esclavo y su lacayo de caballería, de instante en instante más enloquecido y acabo el verano con espanto dirigiéndome a Santiago como lanzado por la angustia, como un zapato contra la pared, por el fantasma de los despoblados…


Se me recibe donde los Farías y están don Rufo, don Ricardo, don Vicho, la Rosa, la Flora, borrachos y meando de noche, parados en el corredor de la casa. De cuando en cuando viene Isaías, Cura y Vicario de la Navidad, tuerto, bueno, leso, con un chancho en su saco y damajuanas, botellas, calabazas de chacolí y vino, y con aquel bastón feliz de cacha de lata, y la borrachera general de entradas de otoño-invierno se termina por agotamiento; o es Juan, el casado con la señora Montt, una gran persona muy buena, culo de barco a popa y a proa como las madonnas del Giotto. Apruebo a medias materias de emergencia y retorno para tornar a retornar en mayo, matriculado por acaso, en la Universidad de Chile: Ingeniería y Abogacía.


Vienen mis padres conmigo y me hospedo por consejo de don Ricardo González en la residencia de las señoritas Valdés, dos solteronas tan aristocráticas como la burra de Balaam, una de las que, flaca, pálida, alta y reseca, como los cochayuyos postpretéritos, canta “Ven Roberto, ven por Dios”, derritiéndose…


A una orilla de los acontecimientos, en el instante final del éxodo, las niñas Pinochet y aquel sillón de Viena, rincón y pasión, ambas dos sombras que yo erguía en el arrabal de los anocheceres, sillón de Viena a la luz del gas, llorando o rugiendo miserablemente del ambiente departamental de los tejados y en el cual la pobreza acomodada, que es la miseria disimulada del medio pelo y sus embargos, sus lástimas, sus deudas, sus ánimas sentimentales, sus bautizos, sus onomásticos, sus defunciones, su religión florida y podrida, sus trajes usados de días, trabajos y penas, su actitud de sirvientes ornamentales de los Señores; recuerdo cuando partimos en vagón de segunda clase a Llay-Llay, a celebrar el santo del cura Liborio allá por 1906 al terminar el invierno. Él nos recibió en la estación con banda de músicos y marchamos por la calle principal del pueblo, la Chila y yo encabezando el desfile, más atrás mi padre y mi madre con el párroco, al cual seguía el ganado lanar de los josefinos aldeanos; recuerdo los ojos llorosos y azules de la profesora de piano, que según las malas lenguas era la querida del prelado; y recuerdo a doña Gregoria, la maestra primaria, perfecta en su catolicismo liberal, con la Teresa y don Ismael su marido el tunante, con aquella borrachera horrenda de la pena eterna de los desamparados de Dios en diez generaciones de venidos-a-menos, en casas de arriendo con empeños, con pleitos, con comercios de esquinas de pobres de enorme cursilería, y está presente en mí mi padre, cansado y acometido de circunstancias y mi madre siempre triste, con su gran dulzura y su inteligencia, sufriendo por la licorería general de su marido, en medio de los éxitos que son palomas circunstanciales…


Todos completamente solos, desorientados, amargados, abandonados, roñosos y telarañosos, diciendo los versos horrendos de la clase media…


Entonces, soy el último de una alto árbol genealógico tronchado ya en Castilla y Vasconia, el Díaz-Loyola, agusanado en el esqueleto del pensamiento del mayorazgo ilegal que deviene empleado público, el trágico fin de clan náufrago en el gran océano, el Amigo Piedra amargo y acorralado del Seminario, sin amigos, desconocido y sin amigos, la última ilusión despedazada de los patrones pobres explotadores de los peones, de los patrones pobres que quieren ser doctores…


Es la tragedia de los pequeños burgueses: cuello y piojos.


Mi padre arrastra al poeta muerto en las entrañas y su condición de fracasado provinciano, de abogado fracasado, de literato fracasado, de empleado fracasado, le inhibe la hermosa personalidad de varón, pues el lujo de la mocedad es el llanto de la edad madura. —Yo también, como tú, a los veinte años escribía versos— me dice él entre penoso, burlesco, herido e irremediablemente frustrado; porque es la frustración profesional-intelectual la índole de mi familia, en la cual todos, absolutamente todos, espantosamente todos, fracasaron horrorosamente… Nacido para ser un cura, obispo, según la familia, ingeniero o médico, según mi padre y mi madre, soy un escritor que emerge, es decir, un fracasado entre los fracasados como lo siente el pariente. Pero lo serio es que yo añado al fracaso la chifladura oficial, que fue personal en los Alvarado, los tíos abuelos, y departamental en los Muñoces y los Díaz pobres, la chifladura oficial que tiene patente pública en la literatura y confiere el carácter irremediable de fracasado entre fracasados, irreductiblemente fracasados… ¡Es como ser el muerto y andar de luto!...

 
De Rokha Pablo, El amigo piedra “autobiografía”, Pehuén editores, primera edición, Santiago de Chile, 1990, págs. 82 a 88.
 
 
 
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