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Evocación de Pablo de Rokha
Por Humberto Díaz-Casanueva
 

Me gustaría releer la obra entera de Pablo de Rokha. Hay resonancias en su obra que me persigue por años, fragmentos que asoman en las antología y se encienden como regueros de pólvora que van a estallar en zonas enormes y vacías, expresiones salvajes que inclinan nuestra literatura hacia el dolor terrestre. Si en cualquier país extranjero añoro y elijo sustancias nuestras, la poesía de Pablo de Rokha, no obstante sus implicaciones, cobra pulso y mana. Gran poeta chileno destinado al salto de la posteridad, su obra será desterrada como un palimpsesto. No tendrá un revestimiento formal, se habrá secado su hojarasca y resplandecer un fuego vivo bajo las palabras muertas. Y a nuestra generación, en la que él atañe, le atribuirán dos faltas: la pueril propaganda de los que componen su séquito y la fea pasión de los que lo niegan. No he tenido la ocasión de tratarlo, pero su personalidad me atrae, su vida me conmueve y le tengo una gran simpatía. Yo digo lo que se me ocurre sobre él y no me importa lo que él piense o los otros.


Lo veo solitario y enhiesto, antiburgués y absolutamente convencido de sí mismo, con alardes de heroísmo, más fe que saber y ejecutado por su naturaleza carnal. Está condenado a no tener jamás discípulos, pero los jóvenes desfallecientes deberían consultar su trayectoria. El que imita su estilo realiza la hinchazón suprema. Ha traspasado nuestro idioma de palabras espesas, vengativas, chilenas. En medio de su obra abigarrada hay imágenes que brillan con un saber arcaico, inmemorial, profundamente suyas, indisputables. No me atrae el conjunto de lo que escribe, sino el fundamento, un ángulo, una pequeña gema incrustada en la montaña. Si veneramos la poesía y los suspiros que ella exhala en nuestra tierra, deberíamos preocuparnos por él, aún haciendo caso omiso de él mismo. Lo veo rebosante de orgullo, muy provinciano, como un atleta trasladando cerros de arena negra. Me apena su manera de gesticular y palpo sus palpitantes gérmenes, sus agujas luminosas en un pajar de sediento. Nadie como él ha llevado todo el légamo a la superficie. Todo lo brutaliza y prefiera las contracciones de su vitalidad a las significaciones de su extraordinario don. ¿Quién puede negar la autenticidad de este bárbaro aunque nos irrite su afectación?


Ha escrito algunos de los versos más hermosos de la poesía chilena y también algunos de los versos más malos y vulgares. Me da la impresión de un niño sonámbulo con una fuerza excesiva que no sabe emplear para la fundación espiritual por carencia de rigor estético, maduración abstracta, y capacidad para la proyección de pensamientos puros. Las grandes cualidades de su obra radican en los impulsos de un primitivismo patético que no libera a través de la fantasía poética, sino que reproduce haciendo gala de arbitrariedad y banalidad. Da las notas iníciales de los grandes temas, y luego gira en órbitas locas. Danza mostrando muñones voluntarios. Cuando piensa, yerra, y más todavía cuando postula, pero entre los gestos y las paradojas, algo bulle, algo permanece como un destello de extraña lucidez. Las potencias terrestres y somáticas lo inducen y recurre a invectivas satánicas y ritmos mágicos que derrocha en ambigüedades sin alcanzar la esfera de los mitos. No hay otro poeta más fundamentalmente chileno y popular después de Pezoa Véliz. Pero es la chilenidad agraria, báquica, pueblerina. Poeta de una peculiar disposición para fusionar los sentidos y el verbo con la materia viva y orgánica. Antiplatónico por excelencia, realista, materialista, cotidiano. Pero en ningún caso marxista. Cumple la extraña paradoja de lo colectivo y maquinista desde el fondo de su yo desvalido.


El paisaje en el que actúa es fosco, membranoso y dentro del paisaje está muerto, más bien cadáver que muerto. La representación de la muerte no alcanza en él una categoría metafísica sino puramente plástica como en la imaginería popular medieval. Su negro individualismo de ángel caído entraña una furiosa teología negativa. Sus pinturas negativas denotan las fuerzas de disolución del inconsciente y su constante presentimiento de la nada. Su infantilismo espectral trata de ocultar una naturaleza romántica como una isla de oro rodeada por de sombra. Cuando descansa de su afán cosmogónico y reposa en su intimidad, dicta maravilloso versos de hondo afinamientos, tiernos, pensativo, voces epifánicas. Lirismo bíblico, dramático, embargado de una tristeza profunda y de una nostalgia esencial, que expresa la melancolía del hombre eterno sobre la tierra. Del hombre primordial, del último hombre después del diluvio, que impreca a los dioses y defiende su sociedad humana. Pablo de Rokha discierne intuitivamente sus elementos y los funde con el hombre temporal, de carne y hueso, lleno de contingencias y certidumbres humanas.


Es prisionero de su propia libertad y de su complacencia en combinaciones interminables con puros materiales brutos. No llega a extenuarse en un proceso de introversión y prefiere desplegarse en un flujo presurrealista, como si su intención no fuera revelar sino que espantar. Aunque en un artista de insospechados recursos, se hunde en un desierto líquido guiado por el propósito sacrílego del derroche. El pensamiento creador está humillado por una materia verbal que, por excesiva, produce debilitamiento. El signo más trágico de su grandeza es el ocultamiento de sus tesoros detrás de convulsiones y periodos verbales oprimentes. Leerlo, agobia; más vale recordarlo, porque entonces se decanten el vino y quedan las llamas, los símbolos, las visiones mutiladas de este hombre trágico e impetuoso. Como si me hubiera apartado de un telescopio, retengo en mi imaginación su perspectiva humana, el dolor de su materia, sólo el pie de su ángel gigantesco. Algún día alguien habrá de espigar en su selva. El ramo que se obtendrá será profundo y duradero: honra de la poesía chilena. Ha realizado una experiencia delirante, ha sido un precursor, un padre violento.


 
En Árbol de Letras, n°9, agosto de 1968.
 
 
 
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