Me
gustaría releer la obra
entera de Pablo de Rokha. Hay
resonancias en su obra que me
persigue por años, fragmentos
que asoman en las antología
y se encienden como regueros
de pólvora que van a
estallar en zonas enormes y
vacías, expresiones salvajes
que inclinan nuestra literatura
hacia el dolor terrestre. Si
en cualquier país extranjero
añoro y elijo sustancias
nuestras, la poesía de
Pablo de Rokha, no obstante
sus implicaciones, cobra pulso
y mana. Gran poeta chileno destinado
al salto de la posteridad, su
obra será desterrada
como un palimpsesto. No tendrá
un revestimiento formal, se
habrá secado su hojarasca
y resplandecer un fuego vivo
bajo las palabras muertas. Y
a nuestra generación,
en la que él atañe,
le atribuirán dos faltas:
la pueril propaganda de los
que componen su séquito
y la fea pasión de los
que lo niegan. No he tenido
la ocasión de tratarlo,
pero su personalidad me atrae,
su vida me conmueve y le tengo
una gran simpatía. Yo
digo lo que se me ocurre sobre
él y no me importa lo
que él piense o los otros.
Lo veo solitario y enhiesto,
antiburgués y absolutamente
convencido de sí mismo,
con alardes de heroísmo,
más fe que saber y ejecutado
por su naturaleza carnal. Está
condenado a no tener jamás
discípulos, pero los
jóvenes desfallecientes
deberían consultar su
trayectoria. El que imita su
estilo realiza la hinchazón
suprema. Ha traspasado nuestro
idioma de palabras espesas,
vengativas, chilenas. En medio
de su obra abigarrada hay imágenes
que brillan con un saber arcaico,
inmemorial, profundamente suyas,
indisputables. No me atrae el
conjunto de lo que escribe,
sino el fundamento, un ángulo,
una pequeña gema incrustada
en la montaña. Si veneramos
la poesía y los suspiros
que ella exhala en nuestra tierra,
deberíamos preocuparnos
por él, aún haciendo
caso omiso de él mismo.
Lo veo rebosante de orgullo,
muy provinciano, como un atleta
trasladando cerros de arena
negra. Me apena su manera de
gesticular y palpo sus palpitantes
gérmenes, sus agujas
luminosas en un pajar de sediento.
Nadie como él ha llevado
todo el légamo a la superficie.
Todo lo brutaliza y prefiera
las contracciones de su vitalidad
a las significaciones de su
extraordinario don. ¿Quién
puede negar la autenticidad
de este bárbaro aunque
nos irrite su afectación?
Ha escrito algunos de los versos
más hermosos de la poesía
chilena y también algunos
de los versos más malos
y vulgares. Me da la impresión
de un niño sonámbulo
con una fuerza excesiva que
no sabe emplear para la fundación
espiritual por carencia de rigor
estético, maduración
abstracta, y capacidad para
la proyección de pensamientos
puros. Las grandes cualidades
de su obra radican en los impulsos
de un primitivismo patético
que no libera a través
de la fantasía poética,
sino que reproduce haciendo
gala de arbitrariedad y banalidad.
Da las notas iníciales
de los grandes temas, y luego
gira en órbitas locas.
Danza mostrando muñones
voluntarios. Cuando piensa,
yerra, y más todavía
cuando postula, pero entre los
gestos y las paradojas, algo
bulle, algo permanece como un
destello de extraña lucidez.
Las potencias terrestres y somáticas
lo inducen y recurre a invectivas
satánicas y ritmos mágicos
que derrocha en ambigüedades
sin alcanzar la esfera de los
mitos. No hay otro poeta más
fundamentalmente chileno y popular
después de Pezoa Véliz.
Pero es la chilenidad agraria,
báquica, pueblerina.
Poeta de una peculiar disposición
para fusionar los sentidos y
el verbo con la materia viva
y orgánica. Antiplatónico
por excelencia, realista, materialista,
cotidiano. Pero en ningún
caso marxista. Cumple la extraña
paradoja de lo colectivo y maquinista
desde el fondo de su yo desvalido.
El paisaje en el que actúa
es fosco, membranoso y dentro
del paisaje está muerto,
más bien cadáver
que muerto. La representación
de la muerte no alcanza en él
una categoría metafísica
sino puramente plástica
como en la imaginería
popular medieval. Su negro individualismo
de ángel caído
entraña una furiosa teología
negativa. Sus pinturas negativas
denotan las fuerzas de disolución
del inconsciente y su constante
presentimiento de la nada. Su
infantilismo espectral trata
de ocultar una naturaleza romántica
como una isla de oro rodeada
por de sombra. Cuando descansa
de su afán cosmogónico
y reposa en su intimidad, dicta
maravilloso versos de hondo
afinamientos, tiernos, pensativo,
voces epifánicas. Lirismo
bíblico, dramático,
embargado de una tristeza profunda
y de una nostalgia esencial,
que expresa la melancolía
del hombre eterno sobre la tierra.
Del hombre primordial, del último
hombre después del diluvio,
que impreca a los dioses y defiende
su sociedad humana. Pablo de
Rokha discierne intuitivamente
sus elementos y los funde con
el hombre temporal, de carne
y hueso, lleno de contingencias
y certidumbres humanas.
Es prisionero de su propia libertad
y de su complacencia en combinaciones
interminables con puros materiales
brutos. No llega a extenuarse
en un proceso de introversión
y prefiere desplegarse en un
flujo presurrealista, como si
su intención no fuera
revelar sino que espantar. Aunque
en un artista de insospechados
recursos, se hunde en un desierto
líquido guiado por el
propósito sacrílego
del derroche. El pensamiento
creador está humillado
por una materia verbal que,
por excesiva, produce debilitamiento.
El signo más trágico
de su grandeza es el ocultamiento
de sus tesoros detrás
de convulsiones y periodos verbales
oprimentes. Leerlo, agobia;
más vale recordarlo,
porque entonces se decanten
el vino y quedan las llamas,
los símbolos, las visiones
mutiladas de este hombre trágico
e impetuoso. Como si me hubiera
apartado de un telescopio, retengo
en mi imaginación su
perspectiva humana, el dolor
de su materia, sólo el
pie de su ángel gigantesco.
Algún día alguien
habrá de espigar en su
selva. El ramo que se obtendrá
será profundo y duradero:
honra de la poesía chilena.
Ha realizado una experiencia
delirante, ha sido un precursor,
un padre violento.
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