1
El
problema de la tradición
y del relato que articula una
determinada historia literaria;
el problema de la vigencia de
una obra que obedece, tanto
en sus sentidos como en sus
prácticas discursivas,
a las pautas de un orden creativo
del que estamos lejos, proscritos;
el problema de la marginalidad
de una escritura que, contra
el trabajo incansable de su
propia subversión, se
ha visto forzada a figurar en
los escaparates de la publicidad
pedagógica y ahogada
por el alud de los lugares comunes;
el problema de las limitaciones
de un verbo que se alinea a
un contenido ideológico
específico, que hace
de la vociferación del
verso una ética y una
política, de la espesura
del poema una utopía
de redención social e
histórica; el problema
de una palabra excesiva, impura,
barroca, monstruosa;
el problema -auténtico
tic de la Modernidad-
de un poeta que lo apuesta todo
en el intento de asumir, como
reza la máxima rimbaudiana,
“la verdad en un cuerpo
y en un alma”. Umbrales
que cualquier lector sensato
podrá escoger para entrar
-o para salir, aterrado por
la morfología de un espanto-
del copioso universo poético
erigido por Pablo de Rokha.
Un lector da la medida de su
autenticidad en la medida en
que es capaz de ceñir
una obra al margen de los dogmas
y las opiniones de uso que circulan
en torno ella, verdaderas camisas
de fuerza tejidas por un status
quo para abolir un horizonte
de lecturas posibles en pos
de la seguridad de una lectura
canónica. La voz de una
especie de autocracia letrada
-que a menudo se confunde, por
desgracia, con la voz de la
crítica- se
complace en dictar, para cada
autor y para cada escritura,
un hatajo de convicciones presuntamente
irrebatibles, un catálogo
venerado de preceptos inscritos
en el panteón de creencias
de los benefactores de la Academia
y la Institución Literaria.
Leer consistiría, para
ellos, en ubicar el quehacer
de un determinado trabajo poético
en un orden reconocible de progresos
y adelantos, en el programa
impuesto por la narración
de la “historia de la
literatura”; la fisonomía
de una escritura, sus errores
y sus cegueras, la medida de
sus expectativas y el tamaño
de sus fracasos, todo se explicaría
sencillamente situándola
en el panorama que enmarcó
su origen, entre tal o cual
generación artística,
en tal momento de la Historia
y entre tales costumbres en
el ámbito de la creación.
El mal hábito de dicho
historicismo incurre, entre
otros, en dos pecados imperdonables:
el de la lectura pedagógica
y el de la canonización.
El primero asegura un detritus
de obviedades cómodas,
siempre dispuestas a ponerse
en boca de quienes pretenden
hacer gala de la lectura efectiva
de un poeta, que estrechan la
amplitud de los sentidos de
una obra en el intento de hacerla
familiar y aprehensible. Cabría
hablar aquí de domesticación:
incluso la más subversiva
de las arremetidas poéticas,
la que más atentó
contra el orden de costumbres
verbales y convenciones lingüísticas
de la lengua, la que con más
exaltación se propuso
acusar la aberración
de una determinada estructura
social, es susceptible de ser
domada por la tranquilidad de
las antologías y de los
manuales; el monstruo es presuntamente
domeñado, aplacadas sus
deformidades, y obligado a figurar
en la oficialidad burguesa del
Libro.
El segundo es acaso más
peligroso: bajo las formas del
homenaje y el aplauso, condena
a una poesía a posarse
en los pedestales del canon
y le asigna un rol protagónico
en la formación de una
determinada tradición
literaria, economizando en gran
medida su lectura y opacando
su fisonomía. La convierte,
digamos, en mercancía.
Sacralizar una escritura y adherirle
el rótulo de ser “una
de las más grandes de
una época”, ¿no
contribuye acaso, en la rutina
pedestre de los circuitos letrados
que tanto conocemos, a enterrarla
y hacerla inofensiva? ¿No
hay en ello un simulacro que
pretende atenuar -por no decir
anular- las complejidades y
la espesura de un verbo, familiarizando
su extrañeza e incluso
reservándole el lugar
de una suerte de ídolo
vacío, una más
de las estampas con las que
la cultura buscar llenar sus
inventarios y escribir su relato?
Habrá que decidir qué
atenta más contra el
ejercicio siempre trasgresor
de todo genuino lenguaje poético:
la ignorancia inexpresada de
los que se acercan a él
y lo juzgan de acuerdo al cúmulo
de reseñas y aclaraciones
afianzadas en torno a su figura,
como quienes creen poseer la
verdad de una palabra de acuerdo
a la definición que ofrece
un diccionario; o el elogio
generalizado y bullicioso, también
ignorante la mayoría
de las veces, que en cada natalicio
o conmemoración se ocupa
de encumbrar artificiosamente
la superficie de ese lenguaje,
su fachada, pero es incapaz
de desentrañar el auténtico
valor de sus significados, la
hondura de sus gesticulaciones,
la disidencia de sus formas
y la dificultad de sus relaciones
íntimas con la Historia.
Son estos, en parte, los peligros
que amenazan la lectura de una
obra poética como la
de Pablo de Rokha, los vicios
que la alejan y la aíslan.
Leer esa escritura significa,
ante todo, fundar nuevas maneras
de leerla; escrutar, hasta las
últimas circunstancias,
la viabilidad de una ruta que
la acerque a nosotros, la necesidad
de rescatarla del tiempo vacío
de las explicaciones y los esquemas
cronológicos para concederle,
de una buena vez, una actualidad
-una vida- que merece y reclama.
Era natural que la trayectoria
de una existencia como la suya,
marcada como estuvo por las
señas del exceso y del
misterio (arribó al mundo
en 1894, adhirió al más
tosco de los marxismos concebibles,
escribió demasiado, proclamó
la revolución y la emergencia
de un arte proletario, fue vanguardista
cuando había que serlo,
padeció el dolor de la
muerte de sus cercanos y se
borró a sí mismo
de la vida a los setenta y tres
años), no tardaría
en convertirse en un mito; su
propia obra, ciertamente, invita
en cada uno de sus sobresaltos
y en la grandilocuencia de sus
imágenes a la propagación
de dicha superstición.
Pero cuando la leyenda, alimentada
en manos de sus legatarios y
de sus detractores, asume el
tamaño de un emblema
insulso que ensombrece sus propios
méritos poéticos,
que desvía la atención
desde sus creaciones hacia la
superficialidad de aquello que
les es ajeno, entonces es preciso
desmantelarla y reescribirla;
restituir, para llegar hasta
esa poesía, el “instante
de peligro” en el que
ella jugó sus cartas,
revisando su decurso a contrapelo.
«En cada época
-Benjamin- es preciso esforzarse
por arrancar la tradición
a un conformismo que está
a punto de avasallarla»(1).
Tómese esta frase al
pie de la letra y despréndase
de ella un modus operandi,
una estrategia lectora: la profundidad
de esa maniobra consistiría
en la activación de un
gesto que se resistiera a descifrar
los hitos de la cultura y de
la tradición como si
fueran mera grafía muerta,
objetos instalados en las repisas
de lo conocido y lo catalogado,
adornos con los que se engalana
una memoria común para
llenar el hueco de su existencia
pretérita. Toda historia,
todo relato tiene su propio
ángel; es ese ángel
el que lo apuesta todo por mirar
hacia atrás -como en
la fábula propuesta por
las Tesis benjaminianas-
resistiéndose a las tormentas
de un progreso que lo obliga
a avanzar y forjando, en esa
resistencia, una constelación
de momentos de peligro que son
conjurados a concurrir hasta
el hoy. La labor de
semejante ser alado, rescatista
y redentor a un mismo tiempo,
se vería forzada ante
el corpus de nuestro
pasado literario a extraer de
él, en la forma de unidades
compactas -miniaturas, estatuillas-
autónomas y orgánicas,
a cada autor, a cada obra que
ha sido sepultada bajo la hojarasca
de esa narración que
imputamos. Desalojar, por decirlo
de otro modo, los mitos y sus
retóricas vacías,
y hacer de todo lenguaje perdido
una mónada que pueda
interpelarnos cara a cara.
¿Cómo sería
una mónada, una miniatura
que contuviera en sí
los rastros de toda -toda- la
escritura rokhiana? ¿En
qué medida atentaría
contra cada uno de los discursos
que hoy vindican falazmente
la mudez y el silencio, la esterilidad
y el pasatismo, la profusión
infecunda de lenguajes vacíos
y travestidos en las bambalinas
de la posmodernidad? ¿Cuánto
nos pondría en peligro
la contextura deforme de ese
cuerpo atiborrado de cicatrices
si aprendiéramos en verdad
a leerlo? A dicha criatura le
basta existir para desestabilizar
en una cierta medida gran parte
de nuestras prácticas
verbales, para subvertir lo
que se ha hecho costumbre acatada
en nuestras formas de leer y
de crear. Su provocación
es múltiple: está
presente en cada una de las
desproporciones a las que una
lectura trivial reputa apresuradamente
de tremendismo y de cháchara
(revísese el escándalo
con que Los Gemidos
fue recibido por algunos de
sus contemporáneos);
está presente en el ímpetu
con que esa palabra poética
se emplaza a sí misma,
sin ninguna vergüenza,
como la vocera de una ideología
política; está
presente, sobre todo, en la
fabulosa mímica de un
verbo inabarcable que pretendió
ajustar sus contornos al contorno
del mundo, equipararse -osadía
prometeica y sancionada de antemano-
a la Totalidad.
En fin: se trata del apremio
de lavar a De Rokha de los reduccionismos
que lo acosan, de hacerlo saltar
de ese continuum programático
en el que lo han insertado los
manuales didácticos,
para traerlo intacto hasta nosotros.
Ritual al que debiéramos
sentirnos invitados con urgencia.
Podrá decirse que hablar
hoy de él resulta un
ejercicio anacrónico,
inoportuno, extravagante. Pasatiempo
objetable de algún sedicioso
lector que no se limita a obedecer
al índice de lecturas
que dictan las hermenéuticas
de turno, deseosas de imponer
en el elenco de obras visibles
aquellas que sirvan para la
implementación de sus
propios simulacros teóricos.
La reactivación intempestiva
de viejas categorías
o palabras caídas en
desuso -pecado imperdonable
para los guardianes ministeriales
de la moda- podrá suscitar
el rechazo y la suspicacia de
unos cuantos; pero será,
al fin y al cabo, la tarea imperiosa
que debe emprender quien quiera
esbozar el boceto en miniatura
-necesario, demasiado necesario-
de aquella poesía que
fue “como el fracaso total
del mundo”.
Acaso la lectura de un poeta
signifique, entre otras tantas
comuniones, la de rehabilitar
tozudamente unas cuantas palabras
dichas y creídas por
otro. Volver a proferir, limpios
de todas las simplezas divulgadas
por el canon, el inmenso grito
que un hombre hizo circular
entre nosotros, recorrer paso
a paso “la densidad de
un lenguaje solitario”
(2);
tal sería el afán
que esa figura rokhiana que
hemos formulado traería
consigo, la condición
de lectura de ese verbo desmedido
que ella tiene inscrito en cada
uno de sus miembros. Pero, ¿quién
se atreve hoy en día
a arriesgar el ejercicio salubre
de un guiño semejante?
Decir “compromiso”,
“utopía”,
“épica social y
continental”, “palabra
profética”, “poesía
guerrillera o militante”,
“Realismo Social Constructivo”,
sin temerle al escándalo
previsible de los prestidigitadores
de lo nuevo y de lo actual,
y sin ahogar las virtudes de
toda un Arte Poética
bajo el peso de dichas palabras,
o simplemente desterrarla al
amparo del hiato que nos separa
de ellas.
Una legítima epopeya
del fuego, en todo caso,
está libre del peligro
de quemarse en las llamas de
cualquier hoguera inquisitoria.
Libre, también, de la
mediocridad de sus halagadores.
El ardor inextinguible es su
elemento, su materia, su cifra.
Indicar esto podrá servir,
tal vez, para que el cadáver
del poeta -todavía furibundo-
descanse medianamente en paz,
pero no para aliviarnos a nosotros.
Porque cualquiera que se encuentre
con él por los caminos
de la vida, cualquiera que caiga
en los brazos de De Rokha, sabrá
que “ya está juzgado:
su propio nombre se vuelve condena
en esa boca”(3).
Ahí, en ese intervalo
de riesgo al que debe conducir
cualquier lectura honesta, no
servirán de nada las
verdades compradas a bajo costo
en el bazar del último
crítico rokhiano. Será
absurdo prodigar nociones como
“vanguardia utópica”,
“partidismo”, “escritura
barroca” o “época
heroica”, como si ellas
explicaran en algo la furia
del fuego. Todo será
absurdo, quizá, menos
esto: reconocer que el sueño
o la vigilia de toda poesía
engendran monstruos cuando ella
hace su trabajo, y que esos
monstruos no sucumben ante ningún
bozal, ante ninguna expropiación,
ante ninguna condena o decreto
de la Historia.
2
¡Ah!,
¡remontar a la vida!
Poner los ojos en nuestras deformidades.
ARTHUR
RIMBAUD
Habría que rastrear las
marcas que delatan, en ese cuerpo
diminuto que contiene a la escritura
del poeta, la historia y el
decurso de su transgresión;
cifrar y descifrar la totalidad
de esa grafía apretada
que está tallada en su
relieve. Conozco, por cierto,
la objeción más
natural que podría alzarse
ante tal cometido: «El
pensamiento creador (en De Rokha)
está humillado por una
materia verbal que, por excesiva,
produce debilitamiento. El signo
más trágico de
su grandeza es el ocultamiento
de sus tesoros detrás
de convulsiones o períodos
verbales oprimentes» (4).
Pero el poeta merece, creo,
algo más que una simple
invitación a espigar
en la selva confusa de su lenguaje
en busca de gemas compactas,
imágenes o giros deslumbrantes,
artificios poéticos rigurosamente
pulidos y agobiados, sin embargo,
en medio de un mar aberrante
que los denigra y los mutila;
merece que recibamos, en la
medida de nuestras precarias
posibilidades, la summa
de su palabra poética,
el “signo total”
de sus formas hurañas.
Cavar, en otros términos,
en la integridad de su gesticulación,
redimiendo y valorando la pantomima
cabal de sus procedimientos.
Una faena que -por supuesto-
no podría llevarse a
la práctica en la brevedad
de estas notas.
Lo que debería esperarse
de un ejercicio semejante sería
una redefinición, en
primer lugar, de la cuestión
aparentemente zanjada de lo
que implica la política
que profesan las creaciones
rokhianas. Los modos que asume
una palabra poética con
el fin de sublevarse ante un
orden establecido son, por decirlo
menos, diversos. No pueden reducirse,
como es lógico, a la
visita reiterada de ciertas
temáticas o dogmas vinculados
a una eventual política
práctica, disidente e
insurrecta; tampoco al burdo
propósito de transformar
la construcción de un
aparato verbal en una especie
de oficina de propaganda, anfiteatro
en el que se alza la voz del
poeta para persuadir a los oyentes
acerca de la virtud de los decretos
de algún credo estruendoso.
Contra todo lo que diga el rumor
de sus jueces, la auténtica
sedición de De Rokha
trasciende -y esto, se entiende,
va incluso más allá
del propio programa estético
que el poeta pregonó-
esos hábitos. No hablaríamos
de él si su mérito
fuera solamente el de haber
gritado alto en nombre de tal
o cual consigna, adhiriendo
a la servidumbre del cantor
que pone sus piezas a disposición
de una bandera, tutora usurera
que se sirve cómodamente
de la poesía en provecho
propio. El elogio desmedido
a Stalin o a Lenin, la imprecación
a las bestias fascistas de variada
especie, el ímpetu exagerado
con que injurió a lo
burgués y a sus sucedáneos,
el llamamiento a la revuelta
y a la revolución proletaria:
son sólo la expresión
conceptual, temáticamente
visible, de una subversión
que encuentra en el propio lenguaje
sus métodos combativos.
«Al adoptar esta conducta,
la palabra poética -solidaria
y solitaria- encuentra en sí
misma, a partir de sus propias
operaciones y como su “deber
original”, la Ley de su
excepcionalidad transgresora»
(5)
(Lihn). ¿Cuál
podría ser, en De Rokha,
la forma que asume esa Ley?
¿Qué hay en su
verbo que encarne, en el nivel
lingüístico, la
saña revolucionaria por
la que el poeta bogó
insobornablemente?
Respondamos: hay una inconcebible,
una pasmosa monstruosidad.
Basta con abrir cualquier página
del poeta para encontrar allí,
en la forma cruda y brutal de
lo inacabado, un magma de materias
demasiado vivas, dispuestas
a extenderse interminablemente
en el surco del papel, a rebasar
todos los márgenes, a
proliferar sin paliativos ni
atenuantes; quien detenga la
mirada en las suturas que la
imagen de De Rokha tiene tatuadas
sabrá percibir, lleno
de espanto, que en verdad son
heridas que no aceptan la higiene
de ninguna coagulación.
Otros han sabido aclarar la
importancia y el valor que reviste,
en el orden de la especificidad
del lenguaje poético,
la terquedad con que una determinada
palabra se obstina en resguardar
su confusión y su opacidad,
en hacerse intratable y esquiva.
Ese gestus es el que
asegura, para el signo disidente
de la poesía, su rechazo
de las normas comunes del lenguaje,
su posición soslayada
con respecto a otros códigos
lingüísticos. Una
escritura “mal hecha”,
impura, renuente de la precisión
y de lo contenido, extendida
hasta el hartazgo en torno al
chirrido de su imaginario, ¿no
puede ser vista como un operativo
en sí mismo transgresor,
atentatorio, revolucionario?
¿Necesariamente debe
caer sobre ella el anatema de
los que pretenden que todo discurso
poético sea límpido,
rigurosamente medido en sus
ensanchamientos, que toda palabra
prescinda de aquellas excrecencias
que pueden también -bien
usadas- activar un sentido y
encumbrar una revuelta? A veces
el delirio disidente se llama
expansión.
Alone colgó la etiqueta
de “poesía patológica”
sobre Los Gemidos (6)
. Lo suyo podría ser
leído, descontadas sus
intenciones, como una especie
de elogio involuntario: lo patológico
es una marca positiva, un legítimo
recurso en medio de un ámbito
-el de la fauna literaria de
las primeras décadas
del siglo XX y, más en
general, el de la identidad
orgánica que asume la
lengua en cada estanco
de la Historia- en el que dominan
a sus anchas la sanidad y la
pulcritud. En aquel gemido temprano
del poeta (1922), rara mixtura
de barro y sueño, ya
estaban jugadas las cartas del
monstruo, expuestas sus taras:
las hipérboles, las enumeraciones
abusivas, el desmembramiento
irresponsable de los adjetivos,
la ebullición de temas
y registros, la espiral de las
repeticiones y de las marcas
adverbiales, la retórica
depravada de un discurso que
exigía la ampliación
de un sujeto problemático
hasta adoptar la holgura del
Cosmos.
El cáncer se ramifica
y progresa, allana nuevas formas:
el romanticismo arrebatado de
Cosmogonía;
la fragmentación incoherente
de U, risueña
y futurista, que culmina (“Soy
el hombre casado”) con
esa prodigiosa elevación
de la intimidad hogareña
a la altivez del orden sideral;
el agresivo flujo verbal, sin
trabas ni reservas, de Suramérica;
la escritura, también
impetuosa, de Escritura
de Raimundo Contreras,
y su afán por fijar una
imagen épica y heroica
de lo popular; la ensayística
aberrante de Arenga sobre
el arte o de Heroísmo
sin alegría; el
largo etcétera que incluye
a todos los volúmenes
-auténticos muñones-
del poeta, instancias propicias,
cada una a su manera, para que
la inagotable profusión
de esa palabra poética
cobrara un cuerpo.
En la primera línea de
Ecuación leemos:
“Al canto, como al candado,
es menester echarle llave”.
Ese eco nos sorprende -nos provoca-
en medio de un magma lingüístico
que pugna, en su ritualidad,
por abrir todos los cerrojos,
por derrumbar todas las puertas
que distancian al poema de la
vida y sellar, entre ambos,
una indisoluble identidad. Querer
trazar el perfil de un lenguaje
que sea capaz de decir la Totalidad,
de instigar a lo real en cada
una de sus dimensiones, y tener,
frente al mundo, la temeridad
de decirlo todo y acapararlo
todo, terminará por engendrar
un verbo que no puede disimular
su fracaso y su abyección.
Los monstruos son registrados
en los compendios teratológicos
como cosas temidas, caretas
del miedo, mutaciones proscritas
y relegadas a la marginalidad;
De Rokha figuraría allí
por incurrir en el delito de
volver orgánicas las
relaciones entre signo y mundo,
por pretender hacer del lenguaje
algo consustancial a la realidad,
por olvidar que una de las leyes
del canto es que “nunca
se parezca a nada, ni a un hombre,
ni a un alma, ni a un canto”
(7)
.
Pero, incluso en su frustración,
el grosor de ese intento y la
deformidad que él irradia
siguen blandiendo un sentido
incalculable. Esa vicerrealidad
hecha de palabras que la obsesión
rokhiana asentó como
moldura del mundo no podía
sino entrar a competir con él,
en un duelo en el que el verbo,
si bien tiene todo que perder,
puede -y debe- ganar la materialidad
de su hazaña y la evidencia
somática de su acometimiento.
Sólo una miopía
flagrante puede descartar el
vigor que conservan -hoy, para
nosotros- los dividendos de
esa discordia; el monstruo aterroriza
no sólo por su excepcionalidad
sino también porque lleva,
incrustado en ella, enquistado
en cada recodo de sus versos,
algo que aún es nuestro.
Versos a los que la Historia,
por cierto, dejó hablando
solos, gritando solos. A la
incontestable soledad que circunda
a toda palabra poética,
habitante de un mundo que se
sabe apartado de lo real por
esa condición de irrealidad
que constituye, al fin y al
cabo, su más entrañable
patrimonio, se le suma a la
de De Rokha el desgarro de verificar
la inviabilidad del sentido
que sus textos ponen en juego.
Una imagen para armar y desarmar:
la de un poeta fantasmal y soberbio
que recorre ciudades y golpea
umbrales para divulgar, él
mismo, sus escritos; la de un
lenguaje que -era obvio- no
podía ser escuchado ni
siquiera por los oídos
del “pueblo” al
que tanto aclamaba, por las
masas a las que idealizaba y
de las que se hacía vocero.
La utopía -valdría
recodar el “sin lugar”
que reseña la etimología
de este vocablo- a la que ellos
se abalanzaron con la dignidad
de una fe incorruptible, con
el impudor de una devoción,
les da vuelta la espalda y proclama
su irrealización en un
mundo al que poco o nada le
importan las esperanzas que
puedan anidar en un poema. Las
banderas dejan de flamear -“el
arriarse descomunal de todas
las banderas”- y quienes
creyeron en ellas sólo
pueden ahogar su bramido. Ahogarlo,
digamos, con los frutos ácimos
del desengaño, encarnados
en una palabra que ahora toma
las formas -por un segundo al
menos- de la imposibilidad y
el desaliento, de la inhabilidad
y la ancianidad. Quien se atreva
a leer al descampado el Canto
del macho anciano, arrinconando
los jirones de énfasis
comprometido que todavía
truenan en él, podrá
vislumbrar la sombra de una
ruina declarada con turbación,
de una impotencia demasiado
orgullosa para entregarse del
todo; el ethos de ese texto
nos murmura que el cantor, siempre
portavoz de la loada “intuición
poética de los pueblos”,
transita en realidad entre los
laberintos de sus propios espectros
interiores.
El poema, que antes se vestía
con los mantos del intérprete
del pueblo y del gran redentor
de la Historia, se descubre
a sí mismo en su propia
condición monstruosa
y recluida; se mira a sí
mismo y reconoce su fracaso,
las marcas y cicatrices del
tiempo. Toda poesía experimentará
para sí, en mayor o menor
grado, la grieta que separa
esas dos estancias:
la de una fe ciega de la palabra
en sus propias capacidades para
salir al mundo, para abrir las
ventanas de su atmósfera
privada y trocar “espadas
por poemas”, para hacer
de su idioma el “idioma
del mundo” y de las multitudes;
y la de una perplejidad radical,
nacida de la brutal distancia
que divorcia toda tentativa
poética de la acción,
todo discurso utópico
del itinerario indiferente de
los sucesos históricos.
Elevación y caída,
euforia y decepción:
es el precio que debe pagar
la palabra poética en
defensa de una autonomía
-acatada o ignorada, manifiesta
o encubierta- a la que ella
no puede renunciar.
Hay quienes se escriben su propia
saison en enfer en
el cráneo, y eso es todo.
El macho anciano entona la canción
del ocaso, el himno del “gran
crepúsculo”: crepúsculo
que anuncia el fin de la poesía
y el fin, también, de
una vida que apostó por
ella todos sus recursos de espanto.
Del hecho de que un Arte Poética
se haya reservado tan poco tiempo
para bosquejar la duda, para
atisbar el límite de
sus capacidades, el cerco que
la confinaba y dictaba la pauta
de sus prohibiciones, algunos
desprenderán que sólo
la convicción de una
quimera tuvo espacio para anidar
en ella. Pero esa duda, en De
Rokha, sí encuentra un
lugar: mírese la tensión
del desgarro y la asfixia quejumbrosa
que corroyó desde siempre
a sus escritos; la dialéctica
inestable entre su aspiración
social, su idea de gestar una
poesía colectiva, y el
encierro amurallado de un yo
individual -solitario, siempre
solitario- que no puede salir
de sí mismo, que sólo
se ensancha y se engaña
asumiendo el tono mesiánico
de una voz plural; el presentimiento
innato de la muerte y del sufrimiento,
corroborado una y otra vez por
la vida, cumplido puntualmente
incluso en aquellos que más
amaba. Mírese, para evitar
extendernos en argumentos tediosos,
la última nota de esa
sinfonía monstruosa:
septiembre de 1968, Valladolid
106, Smith & Wesson calibre
44. 
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