Bajó
de las montañas de Licantén
para invadir la ciudad y mantenerla
inquieta. Trajo un estruendo
de rayos y tambores, una voz
nueva con algo de piedra revuelta
en su interior como el cauce
de invierno del río Mataquito
que lo vio nacer. Cuando el
joven Pablo de Rokha aparece
en escena la poesía de
nuestro país dormía
el sueño de la inocencia.
El poeta irrumpe con violencia
de tambor mayor: enfurece, desafía,
denosta, hace temblar las románticas
estructuras del verso romántico.
No deja árbol en pie
y promete nuevos huracanes cada
vez más temibles. Muchos
quedan cegados. Corren los días
de 1922 cuando publica Los Gemidos,
que parece un texto extranjero
para ser leído por clérigos.
La bomba desata reacciones en
cadena. Los mediocres se protegen
con el silencio cómplice.
Los más atentos tratan
de afinar el oído. El
caos adquiere categoría
de escándalo que después
sería la salsa de todos
los días. Comienza a
crecer la leyenda del pistolero,
del asaltante de hogares, del
ladrón de cuadros. Se
le ve aparecer en las noches
montando a caballo robándose
las mujeres y el alma de los
parroquianos. Bebe por diez,
come por mil. Gruñe,
asalta todo el orden establecido:
las leyes, el poder, el ordenamiento
de la explotación en
los campos. La ciudad se mira
de en forma distinta en el espejo.
Cuando conoce a Winétt
y va a la casa del padre a solicitarle
su mano, el severo militar sin
monóculo le exige explicaciones.
Pablo de Rokha lo reta a duelo.
Pero el general prefiere el
juego del orden establecido.
La ceremonia reúne dos
poetas bastante locos, puros
y llamativos. Empiezan las pellejerías.
La pareja es tan pobre que cuando
muere uno de sus hijos, Tomás,
el vate lleva su pequeño
ataúd al hombro. Cuando
desaparece Carmen se repite
la historia. No hay dinero para
una carroza y el desbordante
Pablo de Rokha traslada el féretro
en un tranvía. Mas, el
amor aquí, efectivamente
mueve montañas. Se suceden
los días de miseria y
alegrías. Se vive al
alto de la mata. No hay editor.
Nadie es tan temerario como
para leer los textos de este
poeta que anda quemando los
mundos, las civilizaciones y
los dioses. Algo le había
enseñado la naturaleza
arriba en la niñez en
la montaña. Que una fuerza
poderosa y natural no puede
ser silenciada. Nadie puede
detener la irrupción
de un volcán poniéndole
el dedo en la boca. Anota prolijamente
a sus enemigos en su libreta
y les lanza toda la artillería
gruesa. Sobrevivirán.
Como alguna vez recordaría
uno de sus grandes amigos, el
crítico Juan de Luigi:
“Pablo usa el cañón
de más grueso calibre
contra sus enemigos. Se escucha
el estruendo, todo el revoltijo
en la batalla, pero la pulga
que lo ataca, después
de disiparse las nubes de la
pólvora, sigue viva,
intacta”. Para darle tiraje
a la chimenea funda Multitud,
es otra de sus trincheras ideológicas.
Revista temible con antologías
de sarcasmos y novedades sobre
la vida privada de quienes lo
silencian. Aquí los disparos
abren un forado mayor. No son
muchos los que se salvan pulverizados
por tamaña muestra de
vendaval de adjetivos hirientes.
Pablo de Rokha sigue solo. Consideran
que lo plagian y la gente que
compra sus libros es la menos
indicada. En una oportunidad
el crítico Alone, tal
vez su detractor más
selecto, dijo: “Acero
de invierno, ¡qué
hermoso título! Y qué
gran talento de autor. Pero
me ha insultado y vejado. Mientras
tenga influencia lucharé
para que no le den el Premio
Nacional de Literatura”.
Muchos de sus libros quedan
en imprentas con la esperanza
de rescatarlos algún
día que no llega nunca.
Cuando muere Winétt asegura
que dejará de escribir
para siempre: ha perdido la
razón de la vida. Un
día frente al espejo
le escuché decir: “¡Afeitarse,
ponerse la corbata! ¿Para
qué?”. Es un sonámbulo.
Reúne en un solo dedo
los dos simbólicos anillos
de su matrimonio que se sacara
solo segundos antes de quitarse
la vida. Compra un enorme revólver
Smith y Wesson recordando su
certera puntería de adolescente.
Pero sabe que está condenado
y seguirá escribiendo.
Atraviesa todo Chile, primero
en los coches de los amigos
que son sus amigos. Edita las
obras completas de su mujer.
En muchas partes, inclusive
en las ciudades más cultas,
lo invitan a participar en encuentros
de escritores, siempre y cuando
entre por la puerta de la servidumbre.
Pablo de Rokha conoció
de memoria a los manipuladores
de la poesía y sintió
enorme pena por ellos; no odio.
Cuando dialogaba con alguien
y le entusiasmaban sus ideas
entraba a un bar y ante el asombro
de los mozos que lo conocían,
pedía una taza de té.
Le gustaba escribir a toda hora
y en cualquier parte, especialmente
en los trenes. En una pequeña
libreta anotaba las direcciones
de sus clientes potenciales
y luego el punto de partida
de algún poema, la imagen
que en ese momento no lo dejaba
en paz. Era terriblemente meticuloso.
A raíz de la publicación
de La Epopeya de las Comidas
y las Bebidas, que por un error
se despachó el texto
con la última línea
de cada verso largo cinco milímetros
más corta. Pidió
al editor que con cargo a sus
derechos de autor rehiciera
todo el trabajo. La Editorial
Universitaria interpretó
esta sutileza de relojero del
poeta y realizó las correcciones
con cargo a sus propios costos.
Es tal vez reconstituyendo esta
imagen a tono menor de sus recuerdos,
donde se revelan aspectos curiosos
de su personalidad. El gigante
tenía un lado desconocido
donde se mezclaba la ternura
y hasta la timidez. Pero se
defendía hacia el exterior
contra un mundo que lo mantuvo
aislado y postergado. En cada
uno de sus actos proliferaba
una esencia chilena, una manera
de ser nuestra profunda, llena
de contrastes. En una oportunidad,
uno de sus vecinos de la casa
donde se suicidó recogió
un perro que ladró toda
la noche. Pablo de Rokha no
durmió, pero al día
siguiente a primera hora, tocó
el timbre y sin mayores rodeos
dijo: “Vengo a hablar
con el perro”. Pasó
al patio y al largo rato regresó.
Entonces le dijo a su vecino:
“Me acaba de comunicar
el perro que usted debe soltarlo
porque en caso contrario va
a tener serios problemas conmigo”.
Cuando contaba sus anécdotas
dejaba una ranura en los ojos
para mirar la reacción
de sus amigos. Finalmente la
conversación terminaría
recordando a Winétt,
reconstituyendo los días
felices en que vivieron al salto
de la mata en pensiones y campos,
entregando hijos al mundo.
En oportunidad de un nuevo aniversario
del fallecimiento de Winétt,
me pidió Pablo de Rokha
que le grabara unos sonetos
de amor bastante desconocidos
que habían sido publicados
en el diario La Nación.
Estaba superando una grave crisis
cardiaca que lo mantuvo en cama
algún tiempo. Solicitó
que le colocaran en la espalda
varias almohadas para sentarse.
Luego empezó la lectura.
De pronto pegó un verdadero
rugido mientras estremecía
por completo como si se fuera
a caer en pedazos. Me dijo:
“No se asuste. Déjeme
solo un momento”. Pasaron
largos minutos y cuando se repuso
me llamó de nuevo. Nunca
había imaginado que un
hombre podía llorar en
esa forma como si todas las
piedras que arrastra el Mataquito
bajaran chocando, sacando chispas
como relámpagos en una
noche tormentosa.
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