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Braulio Arenas: Realidad desalojada de Ernesto Pfeiffer por Ignacio Rauld

 

El señuelo y su riesgo

por Ignacio Rauld
 
 
 

De un tiempo a esta parte he comenzado a incubar una suerte de rechazo, bastante esporádico, por cierto tipo de trabajo crítico, plasmado en recopilaciones, antologías y/o reediciones, que tienden a crear una anfibología irritante. Sus ambigüedades confluyen en dos vocablos (“gran” y “poeta”) que en una nomenclatura pretenciosa y pobre levantan oraciones como “rescate del legado artístico de un gran poeta”, “restitución en el canon de la literatura, de un país x, de la vasta y significativa labor de un gran poeta”, o la serie que se quiera elucubrar. El problema gigantesco es que estas oraciones se permean de un carácter, se diría, mágico cuando no se justifica la calificación: nacidas por una especie de horror vacui frente al “olvido” o el “vergonzoso olvido” de un personaje cualquiera, se dirigen sobre una cláusula que quiere conjurar tal silencio proponiendo más silencio seguido por un fastuoso volumen de poemas. En estos casos se le endilga, a estas fórmulas y a los poemas que le suceden, una potestad extraña: es como si su proposición bastara para generar un cambio de perspectiva, una sacudida notable en las maneras de entender el devenir poético de una tradición específica. La pregunta cae inmediatamente, ¿en qué sentido preciso la divulgación de una producción va aparejada con la asunción concienzuda de su riqueza?, ¿en Chile, país iletrado, hacen faltan tirajes solamente para que demudemos de nuestros vestidos de trogloditas o analfabetos? Todas estas preguntas, creo legítimas, están “solucionadas” de antemano por el equívoco prestigio de esas fórmulas generales y deslavadas que devoran y exponen a un nivel de paridad a autores tan diversos como la Mistral, Lihn o Arenas.

Precisamos en este punto, porque esto puede conducir a malentendidos. Decimos que una labor de rescate no puede sino ser consciente del contexto contra el que se rebela, y, por lo mismo, en ella debe haber una polémica bien dirigida que incluya los sedimentos de una discusión enriquecedora y sustancial. La obra ya ha sido publicada y la conmoción que haya podido suscitar ha pasado y se ha olvidado o relegado. Por lo mismo, es necesario que el gesto del rescate no pase de ser un flaco favor, sino uno potente y transfigurador, obviamente humilde y secundando la obra, dirigiendo hacia ella sus esfuerzos. Básicamente, creo, se trata de conformar un buen señuelo que robustezca, oxigene y vivifique con perspectivas divergentes el serio acto de la lectura, transponiendo su circulación desde los círculos académicos hacia personas desligadas del mismo. Pasar del injusto silencio hacia la celebración y la apología vana es igual de desprolijo.

El caso es mucho más crítico cuando se trata de una antología que, en más de un sentido, padece de ese vicio que hemos venido diciendo. Braulio Arenas, Realidad desalojada de Ernesto Pfeiffer, pese al notable trabajo de recopilación, las evidentes muestras de una gran poesía, las amplificaciones hacia otra serie de registros que cultivara Arenas (ensayo, narrativa, traducción), tiende a caer en la misma dinámica desprolija. El libro no resiste inquisiciones: ¿por qué Arenas es un poeta relevante? e, incluso, ¿cuál es el criterio de la antología; a raíz de qué apreciación se discriminan poemas, extractos y demáses manifestaciones artísticas? La respuesta no pasa de tres líneas pobres: motivar la lectura de la obra del principal gestor de la vinculación de la poesía chilena con el movimiento surrealista, mediante la preparación de una visión “preliminar y panorámica de una de las obras más relevantes de la literatura chilena”, haciendo una elección de los “textos que exhiban los rasgos más valiosos y característicos de su poética”. Tanto la relevancia como los rasgos característicos apenas son salvables en nuestra lectura y, con ello, el mote de preliminar no puede ser más acertado. Pero de un acierto más o menos triste cuando, en la empezada del prólogo, se nos dice que “A veinte años de su deceso, [el olvido de su obra] nos parece vergonzoso”. Flaquísimo favor.

Con todo -además de estos errores serios encontramos otros: traducciones sin sus originales, poemas que a pesar de tener varias ediciones con “notorias diferencias” entre cada una, en ningún momento nos las indican- la poesía despunta, y Arenas tiene la virtud de, al menos, lograr encerrar las incorrecciones en un paréntesis. El contrapunto es, por lo demás, enojoso y evitable para que el señuelo desinteresado no caiga bajo el riesgo de su proposición mágica, infundada y malamente apologética.

 

 

 
 
 
 
 
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