La feroz pasión ética del filósofo danés, que mediante diferentes seudónimos fustigó el abandonarse del hombre a su llamado de construirse como espíritu —propiamente lo que se denomina desesperación —, que imprecó y humilló a cuantos eludieran su responsabilidad para consigo mismos y que expuso con fuerza y lucidez casi inauditas los malestares del yo, pareciera replicarse, en un nivel menor, y configurar el centro neurálgico de uno de los talantes que el narrador ofrece en los cuentos de Emiliano Monge. Prescindiendo de la orientación cristiana de aquél y sus llamados hacia la existencia de una eternidad observante de la conducta del hombre, además de las distancias insalvables entre los autores, el narrador transversal de las historias del escritor mexicano se hermana en un pathos ético, al enredarse con personajes mínimos, perdidos entre los meandros de sus desesperaciones. Sin excepciones, cada uno de ellos ha sido aterrorizado por la irrupción de un dolor del que no quedan sus huellas, sino solo sus implicancias: siempre que haya dolor la identidad del sufriente quedará planteada, punzando para siempre por la respuesta a la lesión que su historicidad y despliegue han acarreado, es decir, al fracaso y la derrota impuesta a un yo sorprendido con la caída del sujeto de su voluntad de ser. En el meollo de este requiebro se abren dos posibilidades: o se busca, con la persistencia del dolor y la derrota, horadar el reencuentro del sufriente consigo mismo en un plano de profundidad mayor; o se busca dilapidar la historia propia para soñar una reconstrucción del yo ofendido, mediante un deseo ingenuo e inconsciente de sí mismo e inevitablemente destinado al fracaso por ser pura ilusión. Los personajes de Monge tienden a abandonarse, tienden a ocultarse bajo el amparo de sus obsesiones, vicios o mezquindades, garantes equívocos de un yo; tienden irremediablemente a desesperarse, a iniciar una reconstitución que nunca se acaba, a pujar por un reencuentro que es siempre equívoco y del que no se extrae nada sino la frustración, la rabia, el horror y la culpabilidad. Es lo que le sucede a personajes, obstinados solitarios, como aquél que sueña dejar de plantearse como un sueño imitatorio de otros seres, al que espera de las cosas la destrucción de la memoria y en la adquisición de estas un nuevo comienzo, al obseso que quiere el equilibrio en un cotidiano inestable y siempre variable, a la que su deseo humilla, al que se suicida por sus derrotas constantes.
Todo en ellos exuda vacío, nulidad, levedad y muerte. Y el narrador es el impaciente que se vuelve sobre sus impotencias para ridiculizarlas, para gangrenar los propósitos de unas voluntades y conciencias ancladas entre la evasión y la elección estéril, para destacar los desvaríos y extravíos de las imaginaciones de estas personalidades infantiles, para consignar la poca virilidad de sus sentimientos. Recurriendo a frases cortas, a fragmentaciones y dislocaciones del ritmo narrativo, a través de yuxtaposiciones, perspectivas múltiples y acumulaciones de objetos, que parecen convertir la escritura en un “goteo interminable”, y, claro está, a una ironía corrosiva, Monge logra crear un narrador que censura, castiga y humilla, al mismo tiempo que revela que “Habita en ti la nulidad de ti”, porque ella es la sombra que entrega el reflejo de las cosas: “La oscuridad prohíbe las sombras, le es vedado el reflejo de las cosas”. Operando desde una omnisciencia discreta, que revela de forma directa e indirecta la interioridad de los personajes, este narrador transversal, esta sombra móvil y observante va creando el efecto que dirige la atención del lector sobre el tema de la desesperación: la asfixia que se cierne sobre los personajes, en las formas del tiempo, los recuerdos, los fracasos y las impotencias y que jamás los abandona. Leer a Monge es acceder a un tipo de angustia física que se prende del lector, volviendo la evasión perenne de los personajes en un terreno letal e irrespirable, en donde los objetos, a los que inevitablemente tienden, parecen impregnarse de una cierta elocuencia, de un enrostramiento constante y reproductor, en términos a veces obvios, de su crisis pospuesta. En realidad, no hay escapatoria al dolor en su postergación, inevitablemente el sufriente es abismado en las implicancias del sufrimiento y del mismo tiempo que éste establece: la persistencia de la interrogación del yo sobre sí mismo, inevitablemente actualizada, que se manifiesta como una bestia agazapada, una invasión terrífica, un cotidiano inundado de mortalidad: “El azar se arrodilla en el imperio de lo cotidiano, la costumbre es una espada envainada”.
Ahora bien, una de las cosas que vale la pena rescatar en Monge es la dinámica que se puede percibir en su perfilamiento del narrador y, claro está, de su escritura. Constituyendo el peligro mismo sobre el que se cierne a cada instante, y por el cual muchas veces sus cuentos no se logran, por no lograr equilibrarlas o dominarlas, la escritura se expande y explora los elementos que se han ido manifestando a lo largo de los cuentos: la pasión ética cada vez se hace más sutil y la descripción, en un principio subsumida completamente en esta primera pulsión, tiende a desarrollar un interés más vigoroso sobre los objetos que participan en esta manera de asfixiar y entrampar a los desesperados. Cuando en los primeros cuentos la descripción rara vez no metaforizaba el fracaso final de los personajes en la muerte de un insecto, en la corrupción de una cortina de baño o en la podredumbre de una fruta, en los siguientes adquiere una verdadera inquietud por las partículas que pueblan la ciudad en la que transcurren las historias. La descripción apela progresivamente a un registro poético, a imágenes que buscan atrapar las manifestaciones nunca totales de los seres que se revelan en el cotidiano. Se presta atención, con mayor énfasis, a un mundo en donde la existencia es un coro de partículas igualmente privilegiadas en importancia. La “realidad” —perdonen la palabreja— es una proliferación desaforada de ruidos, movimientos y olores que rebasan todo menos la percepción. Se vive en rincones híper-poblados de objetos que saltan a pelear por un puesto en la narración y el espacio. Tras éstos, se precipita la escritura que atestigua en potentes imágenes el privilegio líquido y corto de un mar de existentes que no pueden ser nombrados en su mismidad, sino en términos de manifestación, en pura inmanencia. A pesar de la presencia y el privilegio, nada más que caos y vacíos pueblan los cuentos de Arrastrar esa sombra . Es el dominio de la sombra que se revela a contrapelo de la estridencia y el resplandor de lo que atrapa a la mirada.
Imagínense este vuelco y la asfixia queda restituida en un orden mayor: el hombre que huye de sí, puro vacío, se proyecta, para salvarse, a un continente apenas oculto en el orden de lo cotidiano, que a cada instante lo sobrepasa y lo revela más nimio y desamparado, tal como le ocurre al personaje de “El caparazón y la coraza” o al de “La fortaleza de las ranas”.
De este modo, la sombra, que es el narrador, asienta su voz en dos polos interdependientes: uno en donde se destaca un afán ético y que consigna la nadería de una modulación del ser del hombre demasiado baja, donde el único rasgo que despierta su entrever es su ausencia, escandalosa por buscada y conseguida, y un afán por incrustar en la exterioridad y sus minucias, registradas con profusión y desafuero, a contrapelo, por querer humillar, castigar y/o revelar, la sombra, el vacío, el hueco y la nada. Otro en el que se ve en la exterioridad, en los objetos que la pueblan, los móviles o agentes de la asfixia que es la manera de destacar la desesperación y señalar la crisis no resuelta. Ahora bien, todos estos relatos tienen lugares comunes, ya que comportan los mismos tipos de acercamientos sobre los personajes y las cosas, se enfatizan ciertas recurrencias, ciertos tipos de descripciones o sentencias y reiteraciones de circunstancias que permiten cruces entre las historias. Son a tal punto latentes las similitudes de la voz que narra, que pareciera que todo el libro no es más que las variaciones más o menos felices del mismo ente que lo anima y articula. La profundización está anclada a una identidad confusa y equívoca que se cierne sobre los personajes de modo amenazante: la mayoría de los cuentos parecen articularse por un solo ojo, igual de móvil aunque cada vez más ambicioso en su expresividad, a la que refunda sin poder quebrarla o innovarla completamente. Es tan pronunciado esto que ocurre que los cuentos corren el riesgo de exponerse muy esquemáticos, estructuralmente similares, a veces reiterativos y predecibles. Es como si le confiriera a ciertas oraciones, imágenes y situaciones el poder relativo de dar cuenta de una misma presencia. Pero presencia ausente, un pesado peso liviano que habita en el meollo de las caídas y las piruetas por edificarse, de las existencias desangrándose por las derrotas de decisiones fútiles: ente ético implacable que remacha tristezas en las mejillas, que clava como gualdrapas horrendas al hombre con su “yo de desesperación”. El temor ante el reflejo y ante un título que resuena casi a maldición: Arrastrar esa sombra. |