Un niño desea un muñeco de Bart Simpson en patineta. Su madre accede —al parecer es un niño caprichoso—, pero su padre, guardián de la virtud, decide poner un límite de hierro a sus peticiones. Aduce que el jovencito malcriado no tiene respeto por el dinero y, exacerbando su lógica —todo en este libro es exageración o caricatura—, advierte a su primogénito que “los niños a los que se les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil”. De modo que, en vez de un muñeco, recibe una alcancía cuya forma de cerdito tiene como misión establecer la frontera entre el bien y el mal antes que el trivial respeto por el dinero, que significa nada para un niño mimado. La dieta de shekels debía culminar con la obtención del muñeco. Pero ocurre algo inesperado. El cerdito es muy lindo y sonríe aún cuando no reciba monedas; sucede que se llama Pesajson y, de ahora en más, hay que vigilar sus movimientos porque de un momento a otro puede saltar de la mesa y hacerse trizas en el suelo. Ocurre que Pesajson adquiere cierta vitalidad y es querido por el niño, incluso diremos que es más querido que el padre y la madre. Por eso su desesperación cuando llega el papá y sacude a Pesajson, cuya barriga no soporta otra monedita más. La desesperación va en aumento una vez que el niño comprende que su padre va en serio con eso de romper el cerdito. Pero ya es tarde, el niño ya no desea el muñeco, “me basta con Pesajson”, sentencia. De modo que con sus súplicas obtiene una noche más de vida para el cerdito, tiempo suficiente como para que el niño, furtivamente, recorra un trecho considerable hasta un campo lleno de ortigas y abandone a Pesajson, aduciendo que a los cerdos les encantan los campos. Una última mirada melancólica, y adiós, nunca más se volverían a ver. Todo esto en no más de cuatro páginas.
He ahí el tono de “Extrañando a Kissinger”. La agilidad de una prosa sencilla, serena, y cuya brevedad no implica superficialidad. Es más, el primer atributo que debemos considerar con respecto a estos relatos es la vecindad que se establece entre el principio y el desenlace, su comunión; de hecho, en varias oportunidades las dos primeras frases de un relato contienen su inminente final, como si el autor, oculto en un disfraz de detective, quisiera otorgar al lector la clave esencial del rompecabezas al inicio de la búsqueda. El mecanismo no es nuevo —supone la crónica de la muerte anunciada— y la comparación no es fortuita, pues como en una buena novela policial, cada uno de estos breves relatos adquiere interés en la medida en que pende de los hilos del suspenso. De modo que, si bien el final está muy cerca del principio, esto no necesariamente implica obviedad. Se trata de la vieja premisa: cien páginas pueden ser condensadas en dos o tres. En este sentido, pienso en Keret como un mago cuyo sombrero posee un fondo ignoto, insondable, y del cual, pese a las pequeñas dimensiones, brotan los fantasmas, las tragedias, los absurdos y las felicidades que pueden ocurrirle a un hombre con sus zapatos sucios en tránsito por el mundo. En cada página hallamos personajes en los cuales el lector fácilmente podría reflejarse, hallamos historias de no poca complejidad que podrían ser similares a las del lector, hallamos las contingencias e intimidades de un tiempo que le pertenece al lector —quiéralo o no, ése ya no es problema nuestro—, y también hallamos, en algún párrafo inesperado, lo insólito, la magia, la sorpresa, cargada de humor, pero de un humor muy peculiar. Póngase por caso: “Mi novia dice que alguien en Estados Unidos ha inventado una pastilla que hace que no te sientas solo”. La novia se pasa el día sentada pensando en la hipotética infidelidad de la cual podría víctima.
He ahí el humor de Keret. Un humor refinado que no pretende ser demasiado cómico, a menos que consideremos el humor como una careta de las dolorosas e irresolutas contradicciones que es posible hallar en la ropa sucia de, por ejemplo, un sicario que debe eliminar al hombre más bueno del mundo. “Simulo alegría para esconderme tras ella”, dice Kafka —por lo demás, cierto airecillo kafkiano emana de estos cuentos. El caso de Pesajson es paradójico: no sólo por la lógica exacerbada y exagerada, o más bien, caricaturizada del padre cuando pretende que los niños mimados serán ladrones en la adultez, sino también por la potente imaginación del niño que entabla lazos emocionales con la alcancía que goza de muy buena salud. Por otro lado tenemos derecho a una buena carcajada si pensamos en el desconocido que encontrará la alcancía atiborrada de monedas. En el fondo, el humor de Keret radica en el abandono de la metáfora o de una caricatura a su propia lógica; lógica cuyos principios no nos pertenecen, pero que podemos contemplar, desconcertados. Pongamos por caso la chica del refrigerador que rompe con su novio dado su gusto por la soledad. De niña, sus padres longevos la dejaban sentada sobre un altísimo refrigerador, motivo de no poca felicidad para ella. En otras palabras, humor negro. Véase el caso del hombre con más paciencia del mundo sentado en la plaza Dizengoff, entrevistado por un periodista de CNN, y que espera interminablemente la siguiente pregunta. Un diario ofrece diez mil libras esterlinas a quien descubra lo esperado. Él se limita a decir: “Aféitense, aféitense con agua caliente que relaja mucho”. O quizás Venus que trabaja en algún lugar de Tel Aviv como fotocopiadora y cuya belleza no alcanza a erigirse como el remedio de un hombre cualquiera defraudado de la vida; éste, acostado junto a la diosa y siguiendo el consejo de su terapeuta, decide comprarse un perro. O quizás el mago que, una vez graduado, viaja a Estados Unidos, se enamora de una cocinera de McDonalds, trasforma latas en dólares, pero que rompe con la cocinera lisa y llanamente porque no sabía cómo devolver las piernas a un inválido, pese a la petición de su amada y luego de haberle dado un billete de cien dólares. Este tipo de escenas cómicas a fuerzas de insólitas y absurdas, pretenden ser la caricatura de una realidad insulsa, amarga o simplemente dolorosa. Acaso la novia que se mete los dedos en la vagina después de coger para comprobar si su novio ha eyaculado o no, implica, en el fondo, la falta de un punto de arraigo o de seguridad —¿un hogar en el cual un hombre pueda caminar desnudo sin dar tropiezos?— desde el cual poder transitar tranquilos por el mundo, desvirtuado y caótico, turbulento y furioso. El lector puede reír, sin duda, pero con esa risita nerviosa de aquél que observa con atención su incipiente calvicie en el espejo.
Pues bien, hay que tener un aparato digestivo muy bien engrasado como para tolerar sin resentimientos las anécdotas que conforman este libro. Más que libro, sería preciso hablar de anecdotario. Breves piezas para ser recitadas en torno a un café o en torno a un vaso de vino, para que la situación sea más cómoda. Pues, así como los ebrios ríen de buena gana en torno a la propia ponchera, también derraman lágrimas cuando comprenden la gravedad de su penosa situación. Una careta alegre, otra careta triste: la vida ofrece su espectáculo, sin intermedios en los cuales podemos sentarnos a comentar lo vivido. En el fondo, la risa entraña un dolor profundo; o quizás, la risa estalla cuando los pulmones están oprimidos por el peso de una desgracia; y una vez decantado el dulzor de la sonrisa, podemos dimensionar la magnitud de la tragedia y comprender la vulnerabilidad de nuestra condición. Pienso en aquel niño que creía, como todos los niños, que su padre era el Campeón del Mundo; pienso en cómo ese mismo padre al llegar a su quincuagésimo cumpleaños entiende que ya nada vale la pena y permite que la vida le pase por encima como si no fuera más que un despojo, como un campeón que cuelga los botines simplemente por el miedo de la vejez. De modo que, ese mismo niño, una vez adulto, advierte: “Por el quincuagésimo cumpleaños de mi padre me puse a pensar por un momento en la vida. En cómo nos dejamos mear en la sopa. Cómo les dejamos pasar absolutamente todo a los más grandísimos mierdas, porque nada vale la pena ni el esfuerzo. Me quedé pensando en mí, en mi novia Tali, a quien no quiero del todo, en la calva incipiente que llevo oculta bajo el pelo, en esa especie de fatiga que por algún motivo siempre me impide decirle a una chica desconocida en el autobús que es muy guapa, que me impide bajar en su misma parada y comprarle unas flores…”
Un párrafo que perfectamente podía ser extraído de alguno de los “Trópicos” de Henry Miller, más visceral que reflexivo, más exaltado que juicioso, y cuya arrogancia es un gesto de rebelión contra una forma de vida eclipsada por temores que son, en última instancia, infundados. La vida no es fácil, pero tampoco es imposible. Siempre recordamos con nostalgia los buenos tiempos ya pasados —no en vano abundan los niños en estos relatos—, pero eso no quiere decir que el futuro deba ser catastrófico, por más que los indicios sean poco favorables. Y si bien la risa tiene un trasfondo trágico, Keret no es un pesimista. El problema es el siguiente: “¿cómo va uno a pensar en dormir tranquilamente en Nueva York cuando a veinte metros de la casa de uno hay personas congelándose en los bancos de la calle?”, pregunta Grace, el hombre más bueno del mundo, quién además considera que su bondad es una patología precisamente por la compasión. Si los hombres fueran realmente compasivos, nadie podría seguir viviendo, pues no sería posible digerir un plato de comida sin sentir aprehensiones. El lector comprenderá que es un deber aprender a convivir con estas paradojas, no resolverlas, a menos que de aquí en más todo el mundo decida seguir el camino de la santidad. Nosotros rescatamos los resabios de una profunda sabiduría apenas vislumbrada por la nostalgia de uno de los personajes: “…la vida era tan bonita, en el verano del setenta y seis, que por mucho que me esforzaba, no conseguía sufrir por nada.” He ahí la frase que cierra el libro. Es mejor respirar; quizás guardar silencio y observar el espectáculo del cual, inevitablemente, somos protagonistas. Reír. (Cierre de telón). 
(Puedes leer el cuento "Buenas intenciones" de Keret presionando aquí)
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