El sábado 25 de julio fuimos citados a las 20 horas. El poeta venía de Los Ángeles acompañado por su mujer y un anillado de poemas. A la entrada del café Con-verso no se nos pidió una tarjeta de visita ni una clave, al estilo de ciertas mafias, sólo dar un paso adelante y compartir con un grupo de amigos para oír el pitazo de la última estación. El hombre desenfundó la voz y fue como si un tren cargado de aromos pasara sobre nosotros. Había fuerza en cada uno de esos poemas; cayeron lágrimas incluso. Edgardo Anzieta leyó.
Yo no conocía su rostro, sólo –Ignacio Rojas y yo- habíamos intercambiado un epistolario intenso e interesante con él, gracias a la intervención de otro poeta, Roberto Aedo, quien nos instó a solicitarle un fragmento de sus “Propósitos”, obra que Anzieta prepara sobre la poesía de Pablo de Rokha. Poco tiempo después la decisión fue tomada, tras un par de colillas apagadas. Cuarto de Revelado publicaría una selección del trabajo de Anzieta, tarea que aquí topa su concreción. Sin embargo, la deuda –como sucede con la amistad- nunca quedará saldada.
Y esta pequeña muestra, no hubiera sido posible sin la existencia de aquella lectura. En gran medida, la intención de ésta, es la de reproducir aquel evento, ojalá con todo su rugido y calidez humana. Se tomaron para esto un número prudente de poemas que allí compartió Anzieta, lo cual se complementa con un par de los que ya ha publicado, en títulos como Poesía precaria (Lom, 1993), Prólogo poético imposible para un centenario (Lom, 1994) e Ideario de un territorio (Lom, 1995).
La poesía de Anzieta, como se verá, es irreductible, pero si se desea una pista, ésta sería una fecha. No es un delirio el que indique, para estos efectos, el libro que Anzieta me regaló aquel día: El fantasma de Chile de Zenón Alvarado Acevedo. No sólo agradezco el gesto del poeta, el que estuvo cercano y sereno a la hora de conversar con los oyentes, sino, además, por el contenido de esa obra, que ahonda en un momento histórico que nos golpea a todos: el 11 de septiembre de 1973. Aquellos “difuntos sagrados del 73 como frutos dominantes”, fundan aquel “1973 permanente” que recorre su memoria y su poesía. Y en el señalamiento de esta fecha y de este país no existe en Anzieta una impostura; sucede que él ha vivido la morfología de aquel espanto y el hecho de reproducirla en su poesía, no consiste en una repetición concertada ni renovada de aquella instancia, sino la rememoración de la fecha en que la esperanza de un pueblo se vio apagada y torturada por una clase dirigente y por una intervención declaradamente extranjera. De ahí surge el rugido, de ahí también una nostalgia, de ahí también una luz.
Que no se olvide que desde Homero hasta acá la historia ha sido materia de poetas. Y Anzieta religa ambos discursos en la búsqueda de una verdad más poderosa, la cual no es ni más ni menos que el desvelamiento de la condición humana, con sus traiciones y amores, con sus precariedades y su voluntad. Su potencia está en que su verso terrestre logra desde ahí una gran poesía que devuelve a esta triste provincia su realidad dramática.
Todo aquel que se adentre en esta poesía de vertiente rokhiana, valiente al declarar su impotencia y sus alegrías, podrá estar en acuerdo o desacuerdo con lo antes expuesto, pero más vale para estos editores que esa lectura derrame más vida que fusiles, que se yerga ante él como un árbol dedicado a los que no han dejado de caer, un árbol de frutos y memoria.
De antemano se agradece la paciencia y la accesibilidad del poeta, siempre caro a responder y aconsejar. También al poeta Roberto Aedo por donar su tiempo a develar la obra de un hombre que nos es importante. A Macarena por la ayuda en las correcciones y en tantas cosas. Y a ustedes que ahora leen, por compartir “la vieja ilusión humana imposible”.
Diego Alfaro Palma , Editor Sección Poesía.
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