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El mayor ciego
por Edgardo Anzieta
 

ando perdiendo patrias: las secas tierras de España
los ríos insaciados del Islam
el Sur chileno que no admite habitantes
el desierto que va dejando joyas blancas de hueso puro;

he perdido en el camino un siglo entero
allí vivieron mis padres y algunos fragmentos
de mis abuelos: alguien se cae con los terremotos
alguien se precipita desde los bombardeos
alguna casa se incendia con permanencia

he perdido o extraviado animales de calidez nítida
grandes bestias de mugir legendario
seres que daban sentido: he oído en las noches
gritos de locura y de idiomas desesperados
escucho ropas violentadas __jirones sin explicación
terribles pedazos que vienen:

a la luz del día perdí la palabra: como un tesoro
guardé el silencio y el estruendo: perdí
el niño que baja la escalera de la alegría
comprometido con la felicidad;

ando perdiendo personas que palpitaron y que tenían
como fuego en el cuerpo: probablemente el que vendía
un pan blanco, posiblemente la que tendía la piel más
pura, tal vez el que durmió su esfuerzo más oscuro

lo he perdido cotidianamente, al margen, en un intersticio,
en un pequeño quiebre personal de los sucesos históricos;

perdí un cuerpo que quería ser tocado
porque la vida consiste en que te toquen;

ando perdiendo un animal casto lleno de lascivia
un respirante que quiso ser pulmón, oxígeno,
toda una carne vital que quiso expresarse

algo que siempre estuvo a un tris;

he perdido una escalera por donde subía y bajaba el género humano
una modesta escalera de patio apoyada contra un muro blanco
un muro blanco lleno de polvo y del yeso de los fusilamientos
ahíto de los llantos y las desgracias de las viudas de Chile

he perdido los naranjos que plantaron los bisabuelos y sus bisabuelos

esperando encontrar el paraíso que les prometieron
los naranjos que debieron alimentara grupos enteros
a genealogías invisibles
a manadas de tiernos

he perdido el árbol padre de todo esto
el árbol con su sombra de profeta
lleno las barbas de viento: quiero decir
que hemos perdido el edén de los patriarcas
la función mítica de todo esto: la imposibilidad
de los blancos ingenuos

he perdido el sol de los esteros
el rumor de los predios: la extensión gramínea de las venas
la extensión agua de los huesos, la condición sustancia
de la clorofila: la composición instantánea de las horas,
del reproducirse, de los cementerios;

he perdido ceremonias con difuntos indestructibles
gestos duraderos que abrían cada mañana un imperio:
he perdido el aliento que me daban

extravié el vítore que siempre debo;

perdí la sonrisa del adolescente: quién
se acuerda del adolescente, el que sufría en su gozo,
la piel tersa que aguantó tanto espera

quién se acuerda del niño que venía detrás del envoltorio
del hombre debajo del zapato
quién recuerda la gramática del gen que llevaba
la pequeña que deseaba tanto;

perdí señales como se pierden pañuelos
como se gastan camisas como se deshilachan parientes:
algún libro general de la historia universal también se ha perdido;

y perdí la manzana que brillaba con su pureza detrás del vidrio
la manzana que perfumaba el cuarto departamental
y conversaba todo el tiempo en silencio con el caballo

ya casi ni me acuerdo del caballo, un tipo así grandote
que tenía tanta confianza en los acontecimientos,
que tenía tanta vena por todas partes del cuello,
que se esforzaba y que tenía dentadura de tranquilidad
como todos seremos

perdí de vista la juventud
que andaba en manadas llenas de crin, de piafar feliz,
con tendones estremecidos y musculaturas preciosas:
esos más claros 37 grados mamíferos;

ando perdiendo todas las patrias
ando tocando como un ciego quizás
para que te toquen

la vida es para que te toquen
y uno llora únicamente porque se ha negado y lo han negado:

todo tiene nombre y cuerpo, todo tiene animal y hombre
todo tiene cielo y tierra:

todo tiene manos que te toquen!


 

De Cuadernos cívicos I (inédito, 2000-2004)

 
 
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