Para Vicente Huidobro
¡Viento a toda prisa!
¡Bate el record de los molinos!
Viento ¡da el azul al azul!
¡El cielo caoba a la caoba de la mesa!
Puerta que a un lado eres espejo.
Al otro, realidad.
Y que muestras un rostro de piedad
como un botón que se aferra por los últimos hilos de la chaqueta,
cuando el cazador helvético acaba de entregar sus últimas propiedades al gobierno.
No tantas como para tonificar el presupuesto:
apenas unas quince hectáreas y una casa que habita una pareja
/de holandeses vehementes.
Él, un tallador de diamantes que ha enloquecido.
Y la holandesa, una joven muy bella que al decir de los pocos afortunados
/que la han visto por el intersticio de la puerta.
Puerta que a un lado eres espejo.
Al otro, realidad.
Del lado adentro eres todo amor para el joven delirante que se destroza la chaqueta
/y se arranca los botones.
Y el botón, a punto de caer, hace una mueca divertida.
Viento, ¡ven y pasa tu azul por el rostro de esta sirena, báñala de piedad,
báñala de piedad!
*
Los pájaros huyen de su mar, y el gato sale de su gaticano.
Observa a su semejante, a su arrecife, mientras resiste la infernal temperatura.
Ahí desemboca la luz,
desemboca triturada, interrogante,
con nombres alucinantes, para dar el pan a las olas de sus gorriones.
*
Viento que noche a noche su desierto, quemarropa del consorcio
/de nardos afirmativos.
Viento que no es mejor ni peor que el árbol que sacude,
simula fuertes dolores de cabeza en los días de tempestad,
y no quiere ganarse la vida ni aun a costa de su luz.
Prefiere los juegos de salón y el diálogo de los senos,
el monólogo de cada uña,
y apunta en su libreta las fórmulas que establecen el oro del manicomio.
Y alguien –por viento– hace bailar las copas
al sacudir el mantel por el oro del monograma.
*
Alrededor de un jeroglífico diseñado por Julio Verne:
los dientes lo masticaban como una fruta deliciosa,
y los senos tenían la palabra,
la palabra del alba mirada lejos de la alcancía.
*
En la primavera (donde un loco no sólo se ponía la fecha a las cartas de su cerebro,
sino además adoraba los dedales de oro de la tempestad),
los árboles intervenían en una partida de caza entre salvajes,
como dos jugadores de billar tallados en piedra de ónix,
y con un pequeño sombrero helvético en la relación
/del buen estado del gran simpático,
que el día lunes es maniático para comer lo que tenía en la despensa
/para el resto de la semana.
Es casi perfecto, y del 2 de marzo y del 17 de noviembre su cerebro no sale.
Fecha sus cartas, y sólo se propone actos de bondad:
actos que ya nada tienen que ver con el tic de la primavera.
*
Con cierta rapidez,
entre lo que va de tarde al sueño, de tarde al amor, retrasando al trabajo.
Un pequeño jardín seducido por el Bizancio del reloj.
Deja flotar tu cuerpo en el murmullo de la llama.
El viento ha entrado en un frasco de yodo,
/mientras la manzana se pudre en el periódico.
El pensamiento tiene la letra clara.
El vago terciopelo arroja sus miradas a la pared con bordes de vidrio de botella,
y siente calofríos de desgarrarse en preguntas insensatas,
una tarde que todos los diamantes tuvieron la razón
(algo imposible desde el punto de vista mineral)
y buscaron la pared para llorar a gritos.
Ese jardín aleja a los árboles inválidos,
a las estrellas ávidas del estanque vacío.
Todos los árboles aléjense del murmullo de la llama para hacer su papel.
Y ellos piensan en un gran estanque,
en el que el álgebra del cocodrilo es la insulina de la risa. ¿Por qué no?
Ese aparato con pulmones, con una dama australiana
/y con su prima expulsada del colegio.
Ese mar que se hace pensar en un coro de estrellas bien pensadas,
y que a cualquier similitud responde con su ceño enfurecido,
como dos islas que conversan en mar bajo,
y dispuestas por trenzas de sirenas a abjurar del pasado.
Ese aparato con muletas para fingirse un bosque,
permanece a la orilla del mar pues sabe que es temprano,
si no fuera por los tímpanos de los pájaros que persisten en nadar,
en dar su vuelo al roquerío,
en dar su garganta a una agua más salina,
en dar su vida al tiburón que la entumece,
y salidos al interior como una cascada con dos sábanas,
con un monograma que es el vértigo a la hora del desayuno.
Desayuno deletreado con dolor de infierno, de archipiélago,
de herida que permanece nube para siempre.
De Poemas, 1959.
Nota del antologador: Este poema pertenece al libro Poemas (1959), sin embargo, hemos transcrito esta versión definitiva que apareció en la antología: En el mejor de los mundos (1969).
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