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Despedida a Péret

Por Braulio Arenas


Yo viajaba hacia al Sur, cuando la muerte
de Benjamín Péret vino callada:
cuatro líneas absurdas de un periódico
(y una niñita que comía pasas).

Cuatro líneas absurdas, y el paisaje,
todo de oro y de luz, de verde y grana,
se convirtió de pronto en torbellino
feroz, y era yo el centro de la nada.

Era yo el centro, y sobre el mismo centro
estaba detenido como un ancla,
ancla inservible porque se movía
con la misma violencia de las aguas.

Yo nada detenía. Mi torpeza
de saber muerto a Benjamín me ataba:
la juventud se fue, pobre ancla rota,
se fue el barco del muerto por el agua.

Murió este amigo, yo me repetía,
y las ruedas del tren me confirmaban
su muerte, y mientras yo me repetía
su muerte, el tren del Sur, veloz lloraba.

Se fue este barco libre, el más lujoso,
el más joven que océanos surcara,
su estela de palabras no la borre
ni el olvido, o la noche huracanada.

(Al ver que yo sufría, la niñita
del tren del Sur, que a Concepción viajaba,
me ofreció sonriente su cariño,
su vida, su tesoro de las pasas.

Y ambos comimos juntos, como niños,
y al contarle porqué cayeron lágrimas
de mis ojos, convine en relatarle
la pérdida de un libro que yo amaba.

Ella, docta y gentil, buena y prudente,
aunque no más de siete años contaba,
me dijo que los libros no se pierden,
que se ocultan no más, como por chanza.

Que un día volverá, si no es que ha vuelto,
así es que no te aflijas. La mirada
tan pura y honda de la buena niña
hizo que a mí tornaran cuerpo y alma).

Se fue la juventud, se fue este barco,
yo no sé en qué arrecife naufragara,
se fue Péret llevando en su silencio
todo un cortejo de oro de palabras.

(Y ella propuso que buscara el libro,
buscamos por doquier: en la ordenada
maleta, y en los últimos rincones,
y sin poder hallar nada de nada.

Ella se fue de pronto hacia sus padres,
y trájome en su mano alborozada
un infolio infantil, de cantos rotos,
pero de gran ternura entre sus páginas.

Oh mundo del ensueño, tu lectura
volvió a darme el perfume de la infancia,
torné a sentir el fuerte imperativo
de los ojos magnéticos del hada).

Ah Péret, tú de Nantes, tú de México,
tú de París, tú del Brasil, del alba
tú del amor, del grito, de la noche,
tú fuiste, en fin, del mundo la mirada.

Yo viajaba hacia el Sur, cuando la muerte
de Benjamín Péret vino callada,
yo lloraba hacia adentro (y sonreía
a una niñita que comía pasas.

Pronto esta docta compañera mía,
pronto me olvidará, nunca en su casa
volverá a recordarme, sin saber
que un día consiguió secar mis lágrimas).

Y este, Péret, es el término del viaje,
allá la juventud quedó tronchada,
pronto el silencio oxidará la luz,
pronto la luz se quebrará, gastada.

Pero un instante más, un solo instante:
deja que escuche en esta acompasada
canción trivial del tren que al Sur me lleva,
en postrer despedida, una llamada.

El tren lleva tu nombre en cada rueda,
el Sur se abre en luciérnaga encantada,
y de ese fuego de paisajes brota,
siempre joven y nueva, tu palabra.

 


De La Casa Fantasma, 1962.




 
 
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