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Jorge Cáceres

Por Braulio Arenas

 

Despedida, túnica innombrable,
imagen despedazada en un mundo de bacantes,
huella de la mismísima nieve que hace trizas el cráneo:
se arrojaba Cáceres, desde una bandeja de aluminio, contra el mismo azar.
 
El entraba en posesión de una memoria, de una persona,
él se igualaba a la mismísima fiebre al revisar minuciosamente el calendario,
sin dejar un dolor puesto al rojo como un día domingo,
él se atravesaba la frente como un puente
y desde el pretil se inclinaba para ver el mismísimo río perdurable,
este gran río que no tenía nombre, porque ¿para qué?

 

De Memorándum Mandrágora, 1985.




 
 
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