La memoria es la apertura de una boca inmediatamente adecuada a la clausura de su universo. La calle es su herida solitaria, en un lugar y en el otro, la distancia, el tiempo sempiterno, los dos lados de la cama desunidos en una línea invisible, los últimos días de un doloroso recuerdo. Infinitas esas calles donde no pasa nada, como entre nosotros, nada. Y peor la asfixia en esta cordillera marmórea enclaustrada en el cielo pétreo.
Es que viajamos rodeados por lagos de noche, a esos parajes transparentes que esconden la modorra, saturados de cine, fotografiados de sepia por el cansancio, caminando como sombras mudas a las seis de la mañana, cuando se oyen nuestras voces con todo lo que quieren decir y que parecen decir, pero nunca dicen.
Infinitas las calles con nosotros dibujados adentro, compartiendo una habitación testigo del insomnio, en esas paredes donde incluso el silencio también lesiona.
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