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Carta a Miguel Serrano. Los ojos del príncipe.
por Felipe Labbé
 
Como todos los milagros, abrir los ojos al mundo es un dolor
al que no estamos habituados.
Decidme, ¿donde está el pulmón de la felicidad? Decidme.
 
Las noches vuelven como un rumor eterno
  escondido en el subsuelo.
Las noches vuelven como un incomprendido profeta
  caído de la montaña
Y nos recuerda que el astro bañado en polvo,
  sombrero de Los Andes,
Habrá de caer inexorablemente en las fauces del mar,
  en una isla fraguada
Por un sueño inmortal, por una pesadilla enferma de hastío.
 
Abrir los ojos, aprender a enfocar la mirada,
  y luego dormir al pie de la colina,
Oyendo el inagotable fluir del Maipo que trae las noticias
  del dios durmiente,
Y riega las uvas de Baco en las llanuras cobijadas por doña Santa Lucía.
 
Vuelven las noches como albañiles de la fatalidad:
  nunca aprendimos a vivir,
Y necesariamente debemos convertirnos en maestros de lo desconocido.
 
Bajo el peso metálico de la gran rueda que gira
  endemoniada y viciosa,
Jamás cultivamos el arte riguroso de llorar a nuestros muertos.
Entonces, ellos quedan a medio camino, confundidos
  en un limbo ausente.
 
De ahí que un príncipe, cuenta la leyenda,
  decida prestar sus ojos a los muertos,
Para que puedan ellos ver el mundo que abandonan
  hacia un nuevo cuerpo,
Peregrinos en las rutas subterráneas que navegan la columna de los Andes,
Las encrucijadas de los Alpes, y las antiguas cimas de los Himalayas.
 
Abrir los ojos al mundo es un dolor mudo, pues son el pórtico
  del infinito,
El hogar profundo de suelos ignotos, y la esperanza
  del dios que duerme
En la roca virgen labrada por los titanes del sur, en lo más hondo
  de la tierra austral.
 
 
 
 
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