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Carta a Santa Lucía, protectora de Santiago de Nueva Extremadura. Oración por los desvelados.
por Felipe Labbé
 
Es de noche y la ciudad no reconoce su nombre.
Sueños pesados de cuerpos enfermos sobre camas que crujen.
La misma pesadilla de todos los días:
Una y otra vez gira la rueda, infatigable, pesada, tras cada
Golpe de metal, tras cada fracaso al que llaman puerto o llegada.
Creímos dejar atrás el comienzo y avanzar sobre el camino,
Siempre anhelantes de nuevos besos y caricias.
Pero el camino se retuerce y sol trae el mismo amanecer,
La misma ventana desvencijada, y el mismo punto de inicio
Que nos saluda con un sarcasmo inmundo en la boca.
 
Una mujer de piel tostada y cabellos desordenados, insomne,
Observa el cielo agrietado de esta noche que esconde un punto ciego
En que todos los caminos se transforman en un laberinto.
Mujer de negra inocencia, sabe que las noches de la ciudad no son noches
Sino una tregua ensuciada por el vino de los héroes que beben
Para adormecer su martirio: un simulacro disfrazado en pieles nocturnas.
Ella desteje no sólo un sudario, sino estas noches que nunca cierran sus ojos:
Es ella la divina desvelada que desanda el camino de los hombres.
¿Qué te impide, muchacha de ojos inciertos, probar la calma del dulce reposo?
¿Por qué desprecias el anuncio de las montañas que señalan la venida del sol?
 
Ruega por nosotros, mujer insomne. Bebe nuestras angustias
Como la leche de los ocasos. Nadie sabe rezar en la ciudad.
Junta tus manos, olvida las palabras, nosotros oramos con las manos
Sucias de tierra y de llagas, de sangre; estrecha tus manos con devoción y olvida
Todas las peticiones que brotan como un escupo azaroso de nuestras bocas.
No debemos pedir. El espíritu sabe lo que necesitamos.
Junta las palmas, olvida el sudario: has de sanar nuestras heridas,
Cerrando nuestro abatido cuerpo con el candado de tus manos.
Que las llamas que nacen en la punta de tus dedos
Aten tus ojos; la ciudad concilie el sueño y conozca su nombre.
 
 
 
 
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