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Palabras escritas en el viento. Una mirada a la música de Andrew Bird

por Diego Alfaro Palma
 
 

“Casi toda respiración contiene fragmentos de una melodía que se escapa”, es una frase que sólo un cantante como Andrew Bird, amante incógnito de los pájaros, puede lanzar a la calle, esperando, tal vez, que del otro lado se quiebre una ventana. Estas palabras quedaron grabadas en un artículo que el New York Times pidió a un grupo de solistas -a los nuevos rapsodas de la guitarra de palo- haciéndolos confesar su experiencia de crear sinfonías en miniatura: su arte poética. Y Bird es uno de los más indicados para dar cuenta de lo que hoy significa para un cantautor y multi-instrumentista jugársela por uno de los géneros más antiguos de la historia de la humanidad: tomar un par de cuerdas y silbar un relato.


Con una discografía abundante y mayormente desconocida por nuestros lares, desde Music Hair de 1998 -su primer disco tras graduarse de violinista en la Universidad de Northwestern-, Andrew Bird se ha convertido en uno de los más finos compositores contemporáneos, reuniendo en su música el folklore norteamericano, el blues, el jazz, la música tradicional centroeuropea y, por supuesto, el rock. Y es que Bird forma parte de esa nueva camada de solistas que hoy se cuelan en algunas radios como Ellioth Smith, Iron and Wine y José Gonzalez –y ahora en Chile un personaje como Chinoy-, todos tributarios de la guitarra y la armónica de Bob Dylan, de la tristeza de Leonard Cohen y la soledad de Nick Drake. Lo particular del alado Bird es su alta capacidad de reunir un sin número de instrumentos como el violín, la mandolina, el xilófono con sonidos propios del post-rock y el tono compositivo de Jeff Buckley, con ese olor a naftalina que nos dejó la canción de protesta de los años ‘60.


Su oído particular y sus dos últimos discos dan cuenta de ello. El LP Armchair Apocrypha y el EP Soldier On demuestran un arte que sólo es posible para un hombre que gusta de caminar, cargar su bicicleta en los tours, detener el auto en la orilla de la carretera para escribir canciones y grabar el sonido de los pájaros. Estoy seguro que para muchos su música será un descubrimiento alucinante, con sus pizzicatos, sus delicados paseos por el violín y sus ambientes pacíficos y violentos mezclados con guitarras eléctricas y saltillos en la batería.


Se podría decir que su estilo es a la antigua. En el mismo texto que hemos citado más arriba declara que el hecho de escribir una canción siempre está determinado por ajustar la cantidad exacta de sílabas, buscar el tono perfecto de la voz y situar cada acento con un golpe especial de percusión. La idea principal proviene del viento, materia indispensable para un buen cantante, y en este caso de uno que posee la capacidad -bastante rara por nuestros días- de imitar un sin número de sonidos de aves, lo que puede ser otro de los tantos datos anecdóticos que se suman a su apellido.


Si lo adaptamos a términos literarios, Bird es un poeta que no teme mezclar el lirismo de su música con letras descriptivas, críticas e irónicas, al sonido de bases electrónicas provenientes del trip-hop, con baterías jazzeras o ritmos indies. Toda aquella conjunción hace de sus discos no sólo un poemario excéntrico, sino que también muestran la fineza de un creador preocupado y exigente consigo mismo, inquieto por encontrar arreglos a ratos rebuscados, a ratos deliciosos que nos recuerdan a Duncan Sheik, Glenn Philips o a un disco tan cercano y desapercibido como el Damaged de Lambchop, donde la recuperación instrumental de la época de los 30' y '50 es inevitable al oído.

Su Armchair Apocrypha situado por la crítica norteamericana como uno de los mejores y más irreverentes del 2007, ahonda la vertiente más rockera de este joven nacido en Chicago y retirado en su granja a oír el aullido de los coyotes, el cacareo de las gallinas y el croar de las ranas a eso de las 11 de la noche. Es un cambio radical con respecto a su también congratulado The Mysterious production of eggs de 2005, teniendo un comienzo más bien melancólico, uniendo una voz dulce a los cambios de la guitarra eléctrica, con fraseos acompañando un fondo de violín en un tema llamado “Fiery Crash” donde nos dice:

you were caught in the crossfire
where every human face
has you reaching for your mace
so it's kind of an imposition
fatal premonition

Un estrellato con la cara más oscura de su voz, pasando luego a una canción, una de las más tocadas de su disco y de las más logradas, titulada “Imitosis”, que luego de la fiera crítica al poder de los medios y la contingencia política en el tema anterior, pasa a una irónica letra que tiene por materia a las ciencias y la multiplicación de las células, con un ritmo más blusero, con rasgos de música latina y unas guitarras que nos recuerdan a B.B. King, pero esta vez con sonido de xilófono acompañando los juegos del violín, para lanzar un piano incendiado desde un quinto piso y recordarnos que We are basically alone, con todo lo que esas palabras puedan significar en y fuera de su contexto.

“Plasticities” es otra de las pistas por las que Bird nos abre distintas sendas musicales y nos zamarrea hasta quedar cada vez más ávidos de seguir escuchándolo, donde guitarras más rockeras hacen su aparición entre sonidos folk, practicando la sátira de un cantante hacia su oficio en un mundo completamente desechable. Junto a “Heretics” esta última reaparecen en versión acústica en su EP Soldier On, hecho que surgió de aquella inquietud de la que hablábamos y que hace de Bird un improvisador de sus propias melodías en vivo. Es cosa de ver algunos de los videos de sus conciertos y observar su gusto por cambiar un punteo de guitarra por un solo de violín, de saltarse espacios en la partitura y en las letras y hacer brillar al xilófono como si con su tacto llamará a un tronco a soltar pájaros.


Entre el LP y EP no constatamos contradicciones, ambos parecieran ser un solo disco, o uno la cara B del otro, en los cuales vemos como los recursos musicales son reelaborados y muchas veces los acordes son reciclados para formar una nueva canción. No es falta de creatividad, sino al contrario: conciencia de obra. “Darkmatter” es un ejemplo de reelaboración, al tiempo que una canción como “Sic of Elephats” – a esta altura una de mis favoritas- denotan la inteligencia de este arquitecto del viento, cuya letra cargada de alusiones simbólicas (y un tanto herméticas) no opaca en nada la limpieza del sentimiento que transmite.


You were right
There was never reason to worry
Money made your eyesight all blurry
Making lists of pacifists
Recalcitrant poses
Can't you see how dangerous
The one you chose is
Which brings us back to
Might makes right
So we learn from Wars of the Roses
Pain was only fear kneading your toeses


Ambas producciones, realizadas en Fat Possum Records (alusión que sonará directamente a cualquier lector de T.S. Eliot), son, por el momento, alamedas inexploradas, grandes explanadas que poco y nada tienen que ver en su experimentación con el Odio a la música – citando el título del libro de Pascal Guinard- que nos impone el ruido de las ciudades plásticas, las antenas de radio y la basura de fondo retumbando en los supermercados. Andrew Bird no sonará hasta un buen tiempo, a menos que un grupo de personas se reúnan a compartir su caudal o en el caso que un nuevo cantante rasguee su guitarra en el balcón de su soledad. Y eso está bien, y se agradece que Bird sea lo más anti-rockstar que se pueda pedir, postura que ya parece una virtud por estos días.



 
 
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