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Breve
introducción
Previo
a la revisión de los
Veinte poemas de amor y
una canción desesperada,
quisiera insertar una valoración
general, para nada exhaustiva,
de los poemarios previos al
gran momento del ciclo nerudiano
residenciario. Esto, en realidad,
expondrá los criterios
que he asumido como guía
y vendrá a clarificar
la posible pregunta de los lectores,
extrañados de mi detención
en un libro al parecer menor,
tanto en calidad literaria,
comparativa, como en posible
proyección. Ponderando
los tres libros anteriores a
Residencia en la tierra -excluyendo
Crepusculario y los
libros en prosa- a saber, Tentativa
del hombre infinito y El
Hondero Entusiasta, creo
encontrar en el poemario en
cuestión, uno de los
centros genitivos mayormente
importantes. Es tanto así,
que leído después
el último título
citado, encontramos que fuera
de cualquier apreciación
estilística -valiosa
por cierto, de esa lengua poética
que se libera, fluye, se agiganta
en cada paso, ya anunciada y
en mi opinión mejor tratada
en el libro previo- aquello
que podríamos llamar
como temática, centro
desde donde se modula y adquiere
coherencia la expresión,
no es más que una glosa
de lo que postula los Veinte
poemas… una reescritura
que cambia sus valores enunciativos,
pero que no agrega ni quita
nada de la intuición
poderosa que ya se articulara
(1).
Manteniendo
de Crepusculario este
yo conmiserativo, principio
de la salida del poeta de la
torre modernista, que se profundizará
y adquirirá verdadero
vigor en El Canto General
y los anuncios que en Tentativa
del hombre infinito se
hacen del ciclo residenciario,
con todo el onirismo que se
puede observar y el intento
de ligarse con la materia, faltaría
decir qué hace de los
Veinte poemas…
una producción tan importante,
fuera de constituir la piedra
de toque de las futuras expresiones
amorosas. A mi parecer, constituye
una especie de velado crisol,
la primera y gran expresión
seminal que asienta una serie
de cuestiones y motivaciones
reproducidas y ahondadas en
los libros posteriores.

Consideraciones
previas: el hablante
Soy
el desesperado, la palabra
sin ecos
[Poema 8]
Es
pertinente iniciar nuestro estudio
mediante una exposición
del hablante. Para esto me apoyaré
en el ensayo de Carlos Santander,
“Amor y temporalidad en
Veinte poemas de amor y una
canción desesperada”,
análisis conciso y sistemático
de caro valor. El poeta se define
como un hombre solo, desolado
y abandonado. Habita en un espacio
abierto, en el que no se reconocen
otras identidades, sino los
elementos de la naturaleza.
Es un espacio a la intemperie,
despoblado, que motiva, siendo
su dimensión temporal
preferente la noche, el ensimismamiento,
el enfrentamiento con la realidad
de su interior, dolorosa y terrible.
Por tanto, es también
un ente contemplativo en el
que convive la autognosis, y
la observación de aquello
que lo circunda.
En
base a esta cualidad, el hablante
se define como un ser prisionero
e invadido por fuerzas de las
que no puede liberarse. La invasión
se lleva a cabo por elementos
externos e internos. Cuando
son externos son la noche, el
mar y el viento. Cuando es interior
se ve acosado por una nerviosidad
autoagresiva, que guarda relación
con la visión de sus
zonas hondas.
y
en mí la noche entraba
su invasión poderosa
[Poema 1]
Acorralado entre el mar y
la tristeza
[Poema 13]
Ansiedad
que partiste mi pecho a cuchillazos
[Poema 11]
Hablando
de sus palabras y con ello,
afirmándose como un individuo
propiamente poeta:
El
viento de la angustia aún
las suele arrastrar. Huracanes
de sueños aún
a veces las tumban
[Poema 5]
De
este reconocimiento de sí
como un ser solitario y acosado
surge una de las pulsiones centrales
en el libro, que es la búsqueda
de lo satisfactorio. En base
a esto, se define como un hablante
sediento, menesteroso, en estado
de carencia que lucha por encontrar
aquello que logre superar la
falta, ligada a la necesidad
de encontrar un fundamento que
lo rescate del naufragio al
que está constantemente
expuesto. Desde aquí
surge la necesidad del otro,
que es entendido como amada,
promesa de salvación
y plenitud positiva en medio
de la tormenta de su interior
asechado y angustiado.
Ámame,
compañera. No me abandones.
Sígueme.
Sígueme, compañera,
en esa ola de angustia
[Poema 5]
Era
la sed y el hambre, y tú
fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas,
y tú fuiste el milagro
[La canción desesperada]
Advertido
este punto, el sitio del poeta
se localiza: no deja de encontrarse
a la intemperie, expuesto al
devenir cósmico del mundo,
solo se sitúa preferentemente
en la costa, asociada al puerto.
Éste
es un puerto.
Aquí te amo
[Poema 18]
En
la medida en que pertenece al
puerto se haya escindido entre
dos polos: por un lado es un
hablante que espera a la amada,
por otro, sitio propicio para
el viaje, para la empresa acometida
con el fin de sobrevivirse.
Sutil
visitadora, llegas en la flor
y en el agua
[Poema 14]
Ansiedad
que partiste mi pecho a cuchillazos,
es hora de seguir otro camino,
donde ella no sonría
[Poema 11]
De
la relación
Ya
descrito, por lo menos hecho
el retrato más básico,
del hablante, dirijámonos
sobre el centro vivo del poemario.
En sí misma, la relación
que sostienen poeta y amada
se halla enclavada en una disputa,
que puede reducirse a la oposición
de idealidad y realidad. Por
un lado la esperanza cifrada
en aquél cuerpo que logre
descoyuntar la vida pesarosa
y angustiosa del hablante, asediado
y prisionero, y otro filón
que se opone irreducible, exaltando
la imposibilidad de la ilusión
ante la verdad conductual de
la amada. Si queremos postular
algún esquema podemos
hacerlo desde cuatro puntos:
ideal, realidad, reconocimiento
de la idealización en
tanto que creación poética
y derrota del ensueño,
consecuente naufragio del hablante
y necesidad de reemprender la
travesía. Estos se interrelacionan
y si bien obedecen a una lógica
progresiva, episódica,
existen instancias en que se
superponen. Como en el caso
del poema 11 y 12, el primero
que postula el fracaso, el otro
una especie de vivencia esperanzadora.
Esta especificación menor
trata de hacer entender que
el esquema propuesto no es del
todo representativo: la ordenación
de los poemas no es “rigurosa”,
sino que da cabida a oscilaciones
de ánimos y experiencias.
De
lo ideal
Es
en ti la ilusión de
cada día
[Poema 10]
Veamos
entonces, lo que hemos propuesto
como un primer momento de idealidad.
Para esto nos fijaremos en los
poemas 1, 2, 3 y 6. El poemario
arranca con el descubrimiento
del otro y del establecimiento
de un vínculo mediante
Eros. El amor que conlleva a
la visión auroral del
cuerpo de la mujer es el movimiento
principal y fundador de esta
poética. Principal pero
no único, ya que como
se verá, existe un segundo
que nos impulsa hacia una dimensión
mayor: la vinculación
carnal con el otro deviene,
inmediatamente, en la conexión
con lo otro. Con esto, la figura
de la amada se nos demuestra
doble, es a un tiempo cuerpo
que proporciona al poeta placeres
sensuales, como en el poema
9, y puente que permite al hablante
el descubrimiento de la otra
orilla, de la dimensión
infinita, enigmática
y sustancial de la otredad identificada
con la naturaleza. La amada
es placer y cosmos, que en más
de alguna ocasión se
entrega y “revela”
al poeta. Por su parte, el hablante
requerirá ambas, las
que tienden a confundirse, o
asimilarse. Veamos lo recién
descrito en los dos primeros
poemas.
La primera estrofa del poema
1 otorga el primer acercamiento
a lo que hemos dicho más
arriba. En este los tipos del
hablante y de la mujer están
claramente determinados. Definidos
desde la carnalidad, salta a
la vista la correspondencia
que liga a la amada con el paisaje:
la serie de “Cuerpo de
mujer, blancas colinas, muslos
blancos”, anudan la naturaleza
con la amada indiferentemente,
si bien no anulando el mundo
exterior, reduciendo, eso sí,
lo sustancial de lo telúrico,
luego cósmico, e introduciéndolo
en un cuerpo dócil (“te
pareces al mundo en tu actitud
de entrega”) y solícito,
el cual se puede, por lo menos
físicamente, aprehender.
Este sentido de lo sustancial
que se deposita en la amada,
aquello que ocultará
tras su hermetismo y silencio,
está tímidamente
enunciado en los dos versos
posteriores, en los cuales el
poeta asume, ante esta visión,
un rol (el “labriego salvaje…
que hace saltar al hijo de la
tierra”).
Esta asunción de la figura
de la amada por el poeta, y
el consiguiente papel que se
otorga en la relación
(no sólo será
la mujer definida en base al
elemento tierra, sino también
en función del agua,
del aire y el fuego, replicando
en otro tipo de roles del poeta
tales como el pescador o buzo,
el arquero y, propiamente poeta
y amante –una de las asociaciones
más constantes del poemario
es la de fuego, beso y palabra-,
respectivamente) está
mediatizado por una estrofa
clave. En la segunda del poema
se da cuenta del pasado del
hablante, expresado en los mismos
términos en que ya lo
hemos expuesto previamente (solitario,
abandonado e invadido por el
vacío nocturno), que
ante la aparición de
la mujer, logra sobrevivirse,
forjándola como una arma
dispuesta en contra del pasado
inmediato, doloroso e inerte.
Es claro, engañosamente
claro, que en el verso “Y
cae la hora de la venganza y
te amo”, se produce el
corte violento, la ruptura repentina,
abrupta que da cuenta de un
ciclo de muerte y resurrección
virtuoso. Muerte de lo anterior
y resurrección a una
vida, a un rol, que juega su
importancia en la capacidad
de desenterrar de la mujer aquello
precioso que detenta. Al mismo
tiempo en que se aparta de lo
nefasto, se aniquila y asciende
a una nueva configuración,
adquiere la sed, inextinguible,
dolorosa e infinita pero que
puede ser saciada por la amada.
Es necesario detenerse un poco
sobre esto de forjar a la amada
como un instrumento de sobrevivencia.
En esta actitud van de suyo
dos polos opuestos: la carencia
y la necesidad, el dolor y el
lenitivo que lo puede curar.
La nueva visión de la
amada en esta dimensión
infinita y esencial, pero asequible
y abarcable por su fisiología,
hace mayor referencia con una
especie de desideración
del poeta que con una realidad
objetiva. La mirada del amor,
reconocido como salvamento,
pensado además románticamente
(exaltador y deificador), hace
que la figura de la mujer, la
no carnal se entiende, la que
guarda relación con todo
lo que se refiere a su “alma”,
se tiña de las solicitudes
más apremiantes del poeta:
fundamento existencial y salvataje
del naufragio, “direccionalidad”
opuesta a la idea de extravío,
protección contra el
tiempo y lo huidizo. Ella contiene
en su aspecto ideal la cifra
de las soluciones que la vida
angustiosa demanda encontrar.
En la fragua de la mujer como
arma, se van dando los elementos
ilusorios, compensatorios que
el interior precario y disminuido
reconoce como su contraparte
realizada, plena. Especie de
espejo en el que los deseos
profundos se reflejan, es creación
soberana del poeta. En un poema
posterior, 14, se reconocerá
el mismo principio de la amada-mundo
como una creación, la
más alta, del poeta.
“Ah déjame recordarte
como eras entonces cuando aún
no existías”, es
una de las inflexiones que permiten
concebir a la amada, como una
creación devenida desde
la necesidad de la carencia:
luego de exclamar, el poeta
habla del viento y de la lluvia,
de lo temporal en sí
mismo, y cómo ante esto,
la amada surge como sinónimo
de perpetuidad, asociada asimismo
a la necesidad de respuesta,
de alivio: “Tú
estás aquí. Ah
tú no huyes / Tú
me responderás hasta
el último grito.”
Con todo, volvamos al poema
entendiendo desde ya el sentido
que estamos introduciendo en
nuestra denominación
de lo que puede decirse como
lo ideal. Es esta especie de
sueño, al que el poeta
intentará aferrarse (“Cuerpo
de mujer mía persistiré
en tu gracia”) rebelándose
contra lo transitorio, lo móvil,
uno de los principales agentes
de su perturbación. Nuevamente
funciona el sentido de la creación
de la amada, en la cual estampa
los resarcimientos necesarios:
la mujer es la vastedad de espacio
y cosmos que se descubre como
la gran esperanza para saciar
la infinita sed del hablante,
al mismo tiempo, la bienaventuranza,
que quiere hacerse permanente,
no huidiza.
De este modo, el ciclo de muerte
y resurrección explícito
en la segunda estrofa debe ser
redefinido: no es en sí
una muerte o un quiebre absoluto
con el pasado, la vida anterior
de sufrimiento, sino que más
bien una especie de inversión
de su valoración, solo
posible por la forja de un elemento
compensatorio y su consecuente
proyección como elemento
balsámico sobre el cuerpo
de la amada, en aquello que
respecta a su alma.
A pesar de que podamos sentir
un autoengaño en el poeta,
debemos dejar en claro que este
criticismo que se puede encontrar
en un análisis atento
(sería importante ver
una tensión entre ideal
y la conciencia de su idealidad,
en los versos tercero y cuarto
de la tercera estrofa: la oposición
de lo nutricio y fértil,
con lo ausente, triste y lento)
no deja en ningún caso
de quitarle a lo desiderado,
al ensueño su potente
promesa y la fervorosa, incluso
febril adhesión que provoca.
Esto podemos verlo en el segundo
poema, el cual sería
prácticamente ininteligible
sin esta advertencia.
En este poema acudimos a aquello
que hemos denominado como lo
sustancial que oculta la mujer,
y que el poeta trata de desentrañar.
Tomando en consideración
el valor geológico entregado
a la amada en el poema 1 (su
filiación con la naturaleza
mediante la analogía
de su cuerpo con lo montañoso),
digamos que la manera en que
ella se presenta, su posición
frente al crepúsculo,
casi situada en él, acosada
por el tiempo (ese es el sentido
de las “viejas hélices”
voz que evoca un reloj), obedece
a una configuración rocosa.
Es ella la que se enfrenta al
ocaso y no se mueve, es esclava
a pesar del dolor que significará
esta exposición. Por
lo mismo, es la “pura
heredera del día destruido”,
quien recibe, perennemente,
en cada crepúsculo, el
legado de lo transitorio. En
la tercera estrofa se da cuenta
de la manera en que recibe lo
que es devastado:
Del
sol cae un racimo en tu vestido
oscuro.
De la noche las grandes raíces
crecen de súbito desde
tu alma,
y a lo exterior regresan las
cosas en ti ocultas.
de modo que un pueblo pálido
y azul
de ti recién nacido
se alimenta.
La
amada, en la visión que
tiene el poeta en el crepúsculo,
es fecundada por el sol, en
su último estertor diurno.
Luego, entrando la noche en
el mundo, ella es la madre que
pare la herencia cobijada en
el interior, en su alma, y que
entrega al exterior, devolviéndolo
y, seguidamente, que alimenta
(nótese la serie de relaciones
que se trazan con el poema anterior:
la zona púbica de la
mujer –metonimizado en
“muslos”- es lo
que permite vincularla con “colinas”,
las cuales son genitivas y fértiles,
ya que en ellas el sol deja
caer su “racimo”;
además del sentido de
“senos” y “leche”
y, por lo tanto, lo nutricio
y sustentador del “pueblo
pálido y azul”).
Ahora bien, este parto es altamente
mortal: “erguida, trata
y logra una creación
tan viva/ que sucumben sus flores,
y llena es de tristeza”.
Asimismo ella es “grandiosa”,
“fecunda” y “esclava”
del crepúsculo.
Vamos por partes. He aquí
que el sentido de “hijo”,
expuesto en la asunción
del rol del poeta como “labriego
salvaje” se expone. Aliado
con el sentido de “pueblo”,
es finalmente la encarnación
de lo celeste en la tierra,
posible por la amada montaña,
conexión vertical fecunda
y “erguida”. Ella
carga con un conocimiento (en
un verso posterior del poema
10, dirá el poeta: “Cayó
el libro que siempre se toma
en el crepúsculo”),
un fundamento milenario que
oculta y aniquila la historia.
Fragilidad, vacío mortal
por el cual se desbanca su potencia
y se entristece, que podría
llegar a ser superado, en un
posible acto oficiado por el
poeta. En este sentido, alcanzan
su plena significación
los versos “Mi cuerpo
de labriego salvaje te socava
/ y hace saltar al hijo desde
el fondo la tierra”.
Mujer, figura inmensa que en
su vastedad que acumula todos
los espacios, también
contiene todos los tiempos:
madre de la historia y cuerpo
que entraña el espíritu
de la naturaleza, todo cabe
en su alma que pare a los hijos
del sol, que porta la palabra
y la sabiduría por ser
testigo del quehacer humano.
Axial pubis que es unión
del cielo y de la tierra; potencia
y también evanescencia.
Condenada a una tarea, como
en su tiempo Sísifo,
que la hace irremisiblemente
triste. Desde aquí, obtenemos
dos figuras relevantes en los
Veinte poemas…
la imagen del crepúsculo,
y de la mujer triste. El crepúsculo,
sitio preferente en el que se
enclavan las relaciones de los
amantes (2),
adquiere la carga de ser el
momento en que la amada es fecundada
y el hablante está próximo
a cumplir su misión.
Asimismo, la tristeza de la
mujer que aparece a lo largo
de todo el poemario, insistente,
se establece desde aquí,
aunque en un poema posterior,
el 11, se le atribuya otra causa
a su tristeza “para qué
tocarla ahora, para qué
entristecerla.” Esto formará
parte de una de las series de
conflictos que se desatarán
entre el ideal y la realidad.
Cabe llamar la atención
desde ya, y hacer notar las
semejanzas notables que este
episodio guarda con las Alturas
de Macchu Picchu, en los
términos de la montaña
que encierra a los muertos,
que el poeta debe escarbar para
obtener la revelación
de la palabra, del logos latinoamericano.
Asimismo, el poeta en tanto
que “labriego salvaje”,
reproduce, en primera esencia,
el movimiento propio de los
hablantes de las Residencias
y de las Alturas: el
ciclo de descenso y ascenso,
presente en el socavar y hacer
“saltar al hijo de la
tierra”, que se condice
con las actitudes primordiales
de los citados hablantes (3).
Ya que este parece ser el momento
de exponer las irradiaciones
de este poemario, intercalemos
un extracto, principal, de El
Hondero Entusiasta, para
verificar lo que dijimos: “Libértame
de mí. Quiero salir de
mi alma. / Yo soy esto que gime,
esto que arde, esto que sufre
(…) / No, no quiero ser
esto. (…)/ Porque tú
eres mi ruta. Te forjé
en lucha viva. / De mi pelea
oscura contra mí mismo,
fuiste. / Tienes de mí
ese sello de avidez no saciada.
/ Desde que yo los miro tus
ojos son más tristes”
(poema 8). En última
instancia en Tentativa del hombre
infinito, este juicio es parcial,
se explora una de las vertientes
del onirismo, tenuemente vislumbrado,
en absoluto poetizado, en los
ojos de la amada de los Veinte
poemas…
Volviendo a nuestro tema, sigamos
con el examen de aquello que
hemos descrito como la idealidad
de la visión de la amada
que el hablante construye. El
poema 3 presta elementos valiosos.
Luego de nombrar a la mujer
como una oquedad fértil
en la primera estrofa -sería
mejor decir un vacío
(“campana solitaria”,
“muñeca”,
“caracola terrestre”)
corporal que da pie para albergar
las distintas potencias naturales
(bosque, mar, crepúsculo)-,
vuelve a retomar el sentido
de lo compensatorio y traza
en ella las soluciones a su
estado precario. Esto se produce
desde dos perspectivas, la primera
que guarda relación con
la posibilidad de que ella lo
dote de un sentido existencial,
que lo salve del extravío
y del naufragio (“Márcame
mi camino en tu arco de esperanza/
y soltaré en delirio
mi bandada de flechas”).
La segunda se juega en la ilusión
de que ella sea el sitio, el
nido en que el ansia, la sed
se extinga (“y eres tú
con tus brazos de piedra transparente
/ donde mis besos anclan y mi
húmeda ansia anida”).
Esto se establece, desde la
certeza de que en ella “la
tierra canta”, es decir,
de que en ella la naturaleza
se haya con su logos, su palabra
y el fundamento posible que
se pueda llegar a extraer.
Otro aspecto importante, es
que a pesar de ser una figura
gigante, el amor la hace asequible
(“Ah tu voz misteriosa
que el amor tiñe y dobla
/en el atardecer resonante y
muriendo!”). La mujer
grandiosa, pasada por las aguas
del amor, se vuelve dócil,
se “dobla”, y adquiere
color, es decir, deja de ser
una “piedra transparente”
para alcanzar una contextura,
un volumen cercano, corpóreo.
Por tanto, el poeta está
próximo al misterio que
la mujer detenta, ya sea esto
posible mediante el encuentro
sexual o el beso y la palabra.
En el momento en el que el poeta
traza estos aspectos, va latiendo
por debajo, la forma en la que
se cifra la realización:
necesidad de formar una integración,
una entrada a la amada, especie
de misticismo erótico.
De lo que depende la obtención
del fundamento y la saciedad
de la sed, es de una vinculación
profunda con la mujer, hablada
desde un sentimiento vago de
complementación, tal
que, él pueda entrar
en ella y en esa otra interioridad
conquistar aquello que ha sido
largamente deseado. Una conjunción
de alma con alma, de ser con
ser en su punto más profundo
(“En ti los ríos
cantan y mi alma en ellos huye”)
(4).
Veamos el último nivel
de idealización que encontramos
en el poema 6. Este se desarrolla
como una especie de rememoración
positiva, el recuerdo de una
plenitud que se logró:
dado por la saciedad de la sed
(“Hoguera de estupor en
que mi sed ardía) y,
esto es lo importante, un sentido
de permanencia, de resguardo
que se intuye en la amada. Ante
el otoño, figura clásica
del desprendimiento, del adiós,
se opone la mujer en la que
“las hojas caían
en el agua” de su alma.
De este modo, lo transitorio,
lo móvil, horrores del
poeta, son subsanados en esta
cualidad de la amada, que formula,
de acuerdo con su oquedad fértil,
especie de depósito inacabable,
una especie de círculo
cerrado en que lo evanescente
en realidad es devuelto hacia
el interior de la amada, que
el poeta en su conexión
profunda con ella logra percibir.(5)
Sintetizamos: el ideal es un
juego compensatorio que busca
en la amada la esperanza de
la solución al conflicto
interior. En tanto que tal,
forja a la amada como promesa
de superación: salvación
del naufragio, donación
de sentido fundamental, telúrico
y cósmico, asociado con
la entrega de una función
grandiosa al hablante, quien
ayudado por Amor puede llevar
a cabo la tarea que se le impone,
al hacer que la mujer sea dócil
y cercana. Además en
su vinculación profunda
el poeta logra encontrar momentos
en que la transitoriedad de
lo externo se halla solucionada
en la gran campana que es la
mujer, alberca donde van a dar
aquellas cosas que se le develan
como fúgidas.

De
lo real
¡Ah silenciosa!
[Poema 8]
Bajo
esta denominación, encerraremos
todos aquellos sentidos y situaciones
que se despliegan de un modo
crítico sobre los ideales.
A diferencia de los anteriores,
éstos son expresión
directa de una circunstancia
en que ambos actores interactúan.
En este diagrama los poemas
5, 8, y 13 se oponen diametralmente,
casi ironizando, lo postulado
previamente. Veamos el 13. En
este la función del “labriego
salvaje” se halla disminuida,
instalándose la figura
del joyero. El contexto en que
se desenlaza esto es el conocido
del crepúsculo, que reproduce
el ideal (el cuerpo de la amada
es un “atlas blanco”,
que reproduce el fenómeno
de la fecundación del
sol, se habla de “uvas”
y de la amada triste). A pesar
de esto, el hablante no acomete
su función sino que se
encarga de crear “historias”
que intentan mitigar el dolor
de la mujer. Pero, en esta variación
de su rol primario, se reconoce
un fracaso, una precariedad
de la lengua que no formula,
que no soluciona, que es solo
intención (“Entre
los labios y la voz, algo se
va muriendo” que se refiere
a una imposibilidad “oh
poder celebrarte con todas las
palabras de alegría”).
A pesar de esto, y por la relación
cercana del poeta con la amada,
van surgiendo vislumbres de
aquello que ella oculta, mas
que no se logra entender: es
innominable, a la vez que espantoso
(“Cuando he llegado al
vértice más atrevido
y frío
/ mi corazón se cierra
como una flor nocturna”):
el hablante a medida en que
se expone, en que se asoma sobre
aquello grandioso, esa palabra,
ese logos que debería
desenterrar, se repliega, asustado
y frágil.
De
este modo, la potencia de la
figuración del poeta
en tanto que “labriego
salvaje” se halla en contradicho:
cuando se asoma a lo profundo
de la amada que podría
entregarle, en este juego malogrado
de celebración y alabanza,
surge la imposibilidad y el
quiebre, la incapacidad, ya
sea verbal, ya sea de disposición
la que se disipa ante los fulgores
de un peligro o terribilidad.
Sería bueno poner este
valor del poeta en correlación
con el que se presenta en el
poema 7. En este el hablante
asume el rol de pesquero, pero
que envuelto en la mar que manifiesta
a la amada, se pierde, está
a punto de naufragar.
El poema 5 asienta una serie
de ironizaciones con respecto
a la posibilidad de encontrar
en la amada aquello que se postula
en el poema 3. En sí
constituye una de las primeras
experiencias dolorosas en la
interacción: un diálogo
que no logra sustentarse, una
mujer que no escucha o un hablante
que no logra hacerse escuchar
y, por tanto, hacerle llegar
aquello de lo que carece (“Ahora
quiero que digan lo que quiero
decirte/ para que tú
las oigas como quiero que me
oigas”). En la conversación,
el monólogo en el que
se debieran destinar los esfuerzos
de la lengua para volcar sobre
ella la expresión de
su miseria, y, por tanto, el
modo en que la amada debiese
actuar, se reconoce, contrariamente,
la invasión de la amada
(“Y las miro lejanas mis
palabras. / Más que mías
son tuyas” (…) “Todo
lo ocupas tú, todo lo
ocupas”) y, por tanto,
el dolor (“Eres tú
la culpable de este juego sangriento.
/ Ellas están huyendo
de mi guarida oscura”)
que acarrea al hablante: las
palabras las posee ella y hacen
lo que requiera (“Voy
haciendo de todas un collar
infinito / para tus blancas
manos, suaves como las uvas”),
por tanto, el yo interior del
poeta no puede expresarse sino
que por un gran esfuerzo -menos
aún configurarse como
“labriego salvaje”
degenerando en este collero
entregado al uso preciosista
e impersonal del lenguaje-,
y cuando lo logra, no es escuchado,
sino que rápidamente
devuelto a esta nueva función:
“Ámame, compañera.
No me abandones. Sígueme.
/ Sígueme, compañera,
en esa ola de angustia. /Pero
se van tiñendo con tu
amor mis palabras. /Todo lo
ocupas tú, todo lo ocupas.
/Voy haciendo de todas un collar
infinito / para tus blancas
manos, suaves como las uvas.”
Lo
que se ironiza, es la esperanza
de encontrar en la amada aquello
que pudiese constituir la plenitud
para el poeta: ella se rev(b)ela
fugitiva ante sus exigencias.
Ante la permanencia y la constancia
que demanda, se opone la fuga
y la transitoriedad. Adquiere,
entonces, las categorías
del viento, definido en el poema
4, como fuerza destructora que
encarna el tiempo, la pérdida
y la despedida, asimismo, desorienta,
arruina y desvanece.
Afín
a la escena de 5 encontramos
el poema 8. Aquí se destaca
el nivel de la esperanza cifrada
en la mujer (“Última
amarra, cruje en ti mi ansiedad
última. / En mi tierra
desierta eres tú la última
rosa”) como resolución
a la sed y encuentro de aquello
que salvaría del extravío,
y su consecuente naufragio.
En contrapartida, ella se demuestra
silenciosa, frígida y
devolviendo a cada instante
aquél espacio de reconocimiento
que el poeta trata de sobrellevar
(Ah silenciosa! /Cierra tus
ojos profundos. / Allí
aletea la noche. Ah desnuda
tu cuerpo de estatua temerosa”).
Es por tanto, quietud, inmovilidad
nerviosa y angustiosa, en este
pasaje, el encuentro con la
mujer.
Hasta
el momento hemos presenciado
la ironía que corroe
la serie de esperanzas puestas
sobre la mujer a excepción,
de una, la más importante,
que guarda relación con
aquello que hemos denominado
como la pulsión por la
integración profunda
de los dos cuerpos, expuesta
en 3 y también en 12.
Motor profundo, aquí
se juega o el triunfo o el fracaso
de la ilusión, más
allá de todo tipo de
revés que el poeta pueda
entrever en su interacción
con la amada. Esta pulsión
es en sí misma problemática:
reconoce, siendo una especie
de misticismo erótico,
la necesidad de una complementación
y por tanto, una unidad dual
desde donde aquello que es el
estado de carencia pueda subvertirse
en plenitud y en permanencia
(recuérdese el verso
citado del poema 12: la elevación
por medio de la palabra de lo
que se halla oculto, “dormido”,
tiene como fin el cielo, que
es perpetuidad, constancia y
superación de lo transitorio
terrestre: potencialidad del
poeta y su lenguaje, solo posible
luego de la integración).
En tanto que tal, habla necesariamente
de un traspasar las limitaciones,
ya sean corporales o conductuales,
que divorcian a los amantes,
una especie de anulación
del yo o del otro, con fines
de lograr la unidad virtuosa.
Esta pulsión a lo largo
del poemario se halla tensada
por un movimiento contrario,
insistente. Éste guarda
relación con la proliferación
de los posesivos del tipo “tu
alma”, “tu cuerpo”,
“tus ojos” o “mi
ansia”, “mi sed”,
etc., que tienden a reconocer
una diferencia entre los amantes:
los corporiza y, por tanto,
los limita, los devuelve sobre
su soledad. De ahí que
la unión sexual tenga
un valor tan importante: une,
confunde (6)
y
alía a los amantes, permitiéndoles
entrar en esta unidad. Vehículo
primordial, sucede de preferencia
en el crepúsculo, signo
polisémico que se debe
abordar con el fin de representar
la problemática.
Si
bien es el momento en que la
amada es fecundada y, por tal,
el poeta deviene en su función
vital (realización y
salvación) también
es el espacio del encuentro
carnal, en donde la mujer es
dócil y quieta o fugitiva
(“Siempre, siempre te
alejas en las tardes /
hacia donde el crepúsculo
corre borrando estatuas”).
De este modo, el instante en
el que la ocasión de
la unión se podría
desarrollar, presenta un elemento
que la hace imposible: la destrucción
de las limitaciones corre a
parejas y acentúa, asimismo,
la fugacidad de la mujer.
Esta
pulsión encontrará
un momento de realización,
en el cual el poeta se sentirá
poseedor del cuerpo de la mujer
en su totalidad, adherida a
su ser. Sin embargo, y contradictoriamente,
la realización de esta
necesidad desembocará
en la pérdida absoluta
de la mujer. El poema que es
necesario ver es el 16.
En
mi cielo al crepúsculo
eres como una nube
y tu color y forma son como
yo los quiero
Eres mía, eres mía,
mujer de labios dulces
y viven en tu vida mis infinitos
sueños.
La
lámpara de mi alma
te sonrosa los pies,
el agrio vino mío es
más dulce en tus labios:
oh segadora de mi canción
de atardecer,
Cómo te sienten mía
mis sueños solitarios!
Eres
mía, eres mía,
voy gritando en la brisa
de la tarde, y el viento arrastra
mi voz viuda.
Cazadora del fondo de mis
ojos, tu robo
estanca como el agua tu mirada
nocturna.
En
la red de mi música
estás presa, amor mío,
y mis redes de música
son anchas como el cielo.
Mi alma nace a la orilla de
tus ojos de luto.
En tus ojos de luto comienza
el país del sueño.
Se
pasa, viendo desde la generalidad,
desde el reconocimiento de la
otredad inmensa, dócil
y fugitiva de la mujer, a la
apropiación de ella por
el poeta, que se expone en una
situación de júbilo
violento, inédita dentro
del poemario. En este poema,
ella es según la voluntad
y la ensoñación
del poeta. De este modo, ella
le devuelve su ser potenciado,
tal como se aprecia en la estrofa
segunda. La apropiación
de la amada, y la conformación
de la unidad dual de la que
hablamos, está asociada
a una explosión, un recargamiento
abrupto y violento de posesivos
que ahora son reflejo de la
esperanza realizada. Cuando
se asimila la mujer, el hablante,
el poeta y el lenguaje se acrecienta:
“En la red de mi música
estás presa, amor mío,
/ y mis redes de música
son anchas como el cielo.”
Su ser es dependiente de ella
(nace de sus ojos) en una filiación
vital casi sublime. Con todo,
asoma un par de versos que contienen
el fracaso: “Eres mía,
eres mía, voy gritando
en la brisa / de la tarde, y
el viento arrastra mi voz viuda.”
La posesión de la mujer,
que es júbilo y reafirmación
absoluta del triunfo, se ve
atacada inmediatamente por la
pérdida: el viento, agente
destructor, modula la viudez
del hablante exactamente en
el momento en que se expresa
la victoria. El poeta al unirse
con la mujer, la desvanece,
la destruye. La gran plenitud
a poco de gozada se pierde y
se inicia el ciclo de la derrota
del ideal.
Con
respecto a esto, y tomando la
expresión más
acabada “La canción
desesperada”, el fracaso
se vive desde una doble esfera
en la que se aúna un
esfuerzo intelectivo, y una
sensibilidad, una pasión
angustiosa. La relación
se piensa ya sea para conjurarla,
ya sea para constituir una última
despedida. Por que, a pesar
de exponer a la amada desde
distintas dimensiones de acción,
algunas positivas otras negativas,
todo se reduce al dolor del
extravío y de la pérdida,
a la experiencia última
y enloquecedora de lo fatídico
(“Pálido buzo ciego,
desventurado hondero, / descubridor
perdido, todo en ti fue naufragio!”).
De este modo, lo que surge está
determinado por una expresión
fatalista. Luego de referir,
patéticamente, los altos
puntos alcanzados (ternura encontrada,
sexualidad y amor), afirma:
Ese
fue mi destino y en él
viajó mi anhelo,
y en el cayó mi anhelo,
todo en ti fue naufragio!
Expresión
concisa de los distintos estados
que fueron configurando la unión
de amada y poeta, se expone
casi como una secuencia causal,
progresiva, a un tiempo inapelable
y desventurada. Testificación
de la derrota del ideal, supremacía
de lo real negativo y vuelta
al estado primario de abandono,
el poemario termina en la despedida
de este ciclo regresivo, más
lacerante, más destructor
aún que el inicial: “Es
la hora de partir. Oh abandonado.”
Total cero.
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