Inicio Contacto Enlaces
El niño Herido en la espesura por Javiera Montti
Análisis y proyección de veinte poemas de amor y una canción desesperada por Ignacio Rauld

El niño herido en la espesura
por Javiera Montti
 
"la mano blanca que pintó una alondra / comete un crimen con la misma estrella, / la que besó más hondo y con más rosa/escupe al Niño herido en la espesura. / El obispo hunde el hisopo y lo humedece / en el estercolero de nosotros, / con nuestra pasta traza un arabesco, / una anémona, un delfín, una medalla. /¿Ignoráis por qué lloro? No comprendo / que la boca que insulte silbe un aria,/ que con el excremento se dibuje /la rauda ojiva, un ojo luminoso. /Pero así es "Decid una palabra / y mi alma será sana"
Eduardo Anguita. Venus en el pudridero
 

Toda una Divina Comedia no basta para hacernos virtuosos. Ni la fatiga de un perpetuo enlace con el amante, ni rosa alguna, aún siendo angélica, pueden hacer que el libre albedrío se incline a favor del bien. Según el divino juicio de Beatriz la libertad es el más grande de los dones que nos entregó Dios, y una prueba infalible del amor que nos regala, ya que en virtud de ella tenemos la opción de elegir por una salvación o condenación eterna. Pero somos libres, y aún enterados de los destinos ultraterrenos que se siguen de tal y cual acción elegida no podemos ajustar nuestra voluntad según la divina. Por el contrario, no nos sustraemos del influjo del pecado, al que a veces tendemos por la pura voluptuosidad que en nosotros despierta. Entonces, ¿podemos decir que gozamos realmente de la libertad? ¿No la padece más bien Dimitri Karamasov, aquel hombre capaz de los más nobles impulsos, ansioso del amor divino pero incapaz de no caer en la más baja perversión de su sentido moral? ¿Cómo se explica que la naturaleza humana deseando redimirse no pueda dejar de caer libremente en la ruindad? Dimitri sufre lo indecible; la cruel dialéctica de sus tendencias espirituales no escapa a su conciencia. Es de aquellos que llevan en el alma el ideal de La Madonna, que arden en ansias de amor por él, pero que no lo alcanzan por una “morbosa falta de energías”, dejándose arrastrar voluntariamente por el ideal de Sodoma. Es quien, justo en la más alta conciencia de lo “bello y lo sublime” cae de cabeza en la ignominia y en eso siente una satisfacción vergonzosa, reprobable, sí, pero que se traduce finalmente en un enérgico placer ¿Cómo es posible que la voluntad del hombre se traicione a sí misma, que siendo libre para encarnar su ambición espiritual en nobles actos termine ahogada, en virtud de esa misma libertad, en el más sucio légamo de la corrupción? El corazón de Dimitri encontraría su natural expresión en la forma de un himno, pero su espíritu no se dejaría influir por ese ritmo sacro por mucho tiempo para dejarse arrastrar por cualquier vulgaridad. Según su opinión, esta dolorosa situación no es sino la causa de que Dios no nos propuso sino enigmas, y en “los enigmas las antítesis se ven revueltas”. Uno de esos enigmas es la belleza, uno de esos misterios que pierden al hombre ¿Hay belleza en Sodoma? Pues lo terrible es que sí se puede percibir belleza en esa ciudad del pecado; sujetos como Dimitri encuentran la perla en el fango.


La belleza pierde al hombre porque prospera y se dispone cómodamente en los ambientes más abyectos. Es la flor en medio del pantano. Se despierta el deseo, ese movimiento espiritual del alma hacia lo bello, entonces no queda salida y sin pensarlo dos veces se ensucia el hombre en el lodo. Entonces ocurre lo tremendo: “lo que para la inteligencia parece ignominia al corazón se le antoja belleza”. La belleza pierde al hombre porque en su carácter terrible y enigmático establece criterios estéticos contrarios en una misma persona. La inteligencia tiene otra apreciación de lo bello que no comparte el corazón, ¿cómo podemos desarrollar entonces una organización moral que nos impulse a actuar de manera coherente? Quizás si la inteligencia coincidiera con el corazón a la hora de hacer un juicio estético, o si es que éste desarrollara una percepción afín a la de la inteligencia ¿Es el infierno un problema teológico y además estético? No me deja de inquietar la idea de que la boca que insulta silbe un aria ¿Cuál es esa palabra que será dicha para la gran y definitiva sanación de nuestras almas?


De no comportarnos como seres racionales, pareciera que estamos condenados por nuestra afición constitutiva al placer estético a caer en el pecado. Pero el hombre no es sólo eso, y quiere vivir, quiere agotar toda su capacidad vital, de la cual la razón sólo forma quizás una pequeña parte. Más de alguno de nosotros repitió también las desdichadas palabras de Dimitri: “Bueno, que sea yo un maldito, un ruin y un desdichado, pero también se besar la orla de ese manto en que se envuelve mi Dios; yo iré al mismo tiempo a la zaga del diablo, pero, a pesar de todo, yo soy tu hijo Señor, y te amo”. También queremos ser buenos, y como aconseja el padre Zósima, encontrar a Dios y la fe en la inmortalidad por medio de la práctica de un amor activo, pero ¿cómo encausar nuestros actos si nuestro corazón nos revela la belleza incluso en la humillación personal o en el deshonrar al prójimo? Príncipe Mischkin, tú que dices que el mundo se salvará por la belleza ¿Qué belleza es esa? ¿Es que acaso el ejercicio del amor educaría el sentido estético del corazón, de manera tal que sólo encuentre belleza en medio de la bondad? ¿Es que si logramos ecualizar las impresiones sensibles de la inteligencia y del corazón podrán llegar a buen término nuestros votos de regeneración moral, o estamos condenados a estar sumidos en esa morbosa falta de energías de Dimitri? Pero príncipe, dínoslo, ¿quién tenía razón, Dante y su afirmación de la libertad como el más preciado de los dones divinos, o la figura oscura del Gran Inquisidor, polvoriento de tanta Sevilla que se vuela?


Estamos en Sevilla en el siglo XVI, y en la plaza el pueblo presencia actos de fe en que son lanzados a las llamas los cuerpos de los herejes. El Inquisidor aprisiona a Jesús que ha descendido con todo su amor a cuestas en su humana figura. Le dice que ha venido a molestar, que una vez ya estuvo en la tierra y tuvo la oportunidad de hacer felices a los hombres, oportunidad que trocó por darles el peor de los sufrimientos: la libertad. Porque “¿hay algo más doloroso para los hombres que la libre elección en el conocimiento del bien y del mal?”. Jesús estuvo en la tierra, y no quiso responder a la tentación del diablo que lo instó a lanzase de la cruz para probar a los hombres que era el hijo de Dios. Quería que los hombres lo amaran en la plena libertad de sus espíritus, y no subyugados por el milagro; no hubiesen sino tenido que creer. Es una gran tortura para el hombre poseer la libertad de adorar a quien quiera; siempre buscará a ese ser ante quien arrodillarse y confiar su conciencia, pero además necesita que todos sus hermanos elijan al mismo, por el vital requerimiento de la generalidad de la oración. Por eso se mataron los hombres en las cruzadas, por esa necesidad de rito común. Por cierto, según le dice el gran Inquisidor a Jesús, su error fue haber amado a los hombres como si los odiase. Lo más sensato era acceder a las tentaciones del demonio, darle pan al hombre y con eso conseguir la sumisión de éstos al divino poder. Pero Jesús rechazó nuevamente el consejo, en parte por su incapacidad para escrutar el corazón del hombre; tenía una alta idea de sus hermanos, por lo que supuso que no se dejarían sobornar por el pan de la tierra, prefiriendo el del cielo. Pero el hombre es una criatura mucho más débil de lo que pensó, y no tuvo en consideración que esa misma debilidad de espíritu el hombre no es por naturaleza de la índole que rechace el milagro. La maldad fue abandonarlos a la libre resolución de sus corazones. La solución para ese flagelo es delegar la libertad a algún poder, y es así como la Iglesia, presidida por el Inquisidor, administra esa libertad en nombre de Dios, aun sabiendo que es todo una farsa. Le da a los hombres una felicidad infantil, fácil, organizando sus ratos de ocio e incluso les conciente pecar, ya que absuelve sus faltas en nombre del Señor. Les mienten, y en eso sufren, pero es por amor a la humanidad, a la que conviene una felicidad fácil en vez de un sufrimiento elevado. El Inquisidor es de los que corrigieron la obra de Jesús en nombre de la gran mayoría de apocados, débiles espirituales. Sólo los fuertes son capaces de consagrar sus energías para conseguir el pan del cielo dejando el de la tierra, pero son sólo unos miles. ¿Y la mayoría? El viejo Inquisidor trata de que Jesús entienda todo eso, que sepa que los hombres no tienen la culpa de no ser capaces de comprender un juicio divino siendo terrenales, ¿cómo culparlos por no comprender lo que a las facultades humanas es incomprensible? ¿No es entonces inocente el hombre que por tal falencia espiritual y cognitiva cae en el mal? ¿Quién es culpable de tal falencia, el hombre o su creador? ¿No es un error de Dios el someterlo a juicios exigentes si a su vez no lo dotó de la una inteligencia apta para entender sus designios? Entonces, ¿son Francesca y Paolo nada más que pobres inocentes que sufrieron la burla de un dios terrible que no atendió a sus débiles intelectos ni a sus pobres espíritus, o en verdad se merecen el castigo por haber desvirtuado el don de la libertad con que los regaló Dios? ¿Es un acto de amor divino el tenerlos en esos círculos infernales, teniendo en cuenta que un sufrimiento alto es más provechoso para el alma que la fácil felicidad que les provee el Inquisidor al absolverles las culpas? ¿No es acaso el carácter enigmático de la vida lo que mantiene como una sola espiga los cuerpos hastiados de Paolo y Francesca? Si esto es así, en verdad que la vida nos puede parecer cruel y el alma de los hombres inocente. La sola posibilidad que salga a flote esta interrogante nos hace pensar en la vida como sujeta a leyes sordas y ciegas, despiadadas, de una indolencia irreal. ¿Es tan difícil entonces comprender a seres que se sienten ofendidos al haber sido lanzados al mundo “bajo condiciones tan grotescas”? No parece tan extraña la gran multitud que se siente humillada y ofendida por las leyes de la naturaleza, leyes inexorables, oscuras, que van organizando a la vida en lo que es. Y la organizan sin interesarse en cómo se siente al respecto el hombre, e incluso inhabilitan la magnífica cualidad creativa del mismo; no importa cuál sea la voluntad del hombre, las leyes de la naturaleza harán lo que según ellas tenga que ocurrir con ellos. Todo lo que hacemos y dejamos de hacer se explica por la lógica de tales leyes ¿cuál es la libertad del hombre en esas condiciones? ¿Tenemos que resignarnos a estar sujetos o un orden que parece regido por una fuerza oscura, insolente, eternamente absurda? ¿Podemos sancionar al joven Ippolit, que ante tal ofensa decide a sus dieciocho años suicidarse por la pura repugnancia que le merecía la vida? Al pensar en las leyes pensaba en una fuerza venenosa, que engulle sus presas dichosa, por lo que se le aparecía en sus delirios como una tarántula: “No me es posible continuar en una vida que afecta formas como esas, extrañas y para mi ofensivas. Esa aparición me ha humillado”. Un día ese mismo joven reparó en un cuadro que representaba a Jesús recién bajado de la cruz, un cadáver con mucha tibieza todavía, que reflejaba todo el sufrimiento de tal calvario. Ippolit pensó que al verlo así sus seguidores habrían seguramente pensado, “¿cómo va a resucitar este despojo?”. Ese rostro lacerado, esos ojos con destellos vidriosos eran el resultado de las leyes de la naturaleza haciendo su efecto implacable. Ni siquiera Jesús escapó a ellas, aquel que en vida las dominaba, aquel que decía “thalika kumi” y la niña se levantaba, aquel que hizo volver a Lázaro de la muerte con el divino llamado de “lévántate y anda”. Y es este Orfeo, con su canto que hace bailar árboles y volver la corriente de un río al revés, el que no escapó a las leyes de la naturaleza, aún cuando “El solo valía por toda la naturaleza, y todas su leyes, por toda la tierra, la cual es posible que únicamente fuera creada para la sola aparición de este ser”. Ese cuadro le representó la idea de una fuerza oscura a la que todo está sujeto y a la que hay que rendirse sí o sí. Entonces, ¿es una ley de la naturaleza lo que divide tan profundamente las valoraciones de la inteligencia y del corazón?, ¿es por esa ley que en un arrebato la que besó con más rosa haya escupido al Niño escondido en la espesura?


Es verdad que a través de estos personajes perturbados como Dimitri e Ippolit nuestro propio mundo espiritual corre el riesgo de quedar sumido en la dolorosa duda, y que de pronto la fe en la santidad del Destino se nos esfume; “Son las caídas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el destino blasfema”. Pero cada vez que traigo el corazón desmayado, sostenido en la mano que ya casi se me cae y destroza, corro en tu búsqueda, queridísimo Dostiesvski. Porque a lo largo de todo el itinerario espiritual que es tu obra, siempre terminas afirmando la vida, pronunciando el santo sí a la vida, uniéndote así al coro de todos los niños del mundo. Y me parece que por eso están los Ipollit y todos los hombres que después de cuarenta años de subsuelo relatan sus tristes memorias. Porque en esas conciencias dolidas algo brilla sutil pero definitivo, como una pepita de oro en medio del tamiz enlodado. Porque en verdad sus desesperanzas nacen de una sed inalterable de amor. Porque Ipollit quiere y no puede sentirse parte de ese mundo dorado y hermoso al que ama, porque no soporta que incluso el mosquito que vuela en un rayo de sol forme parte del coro universal, mientras que él está destinado a morir tísico y pobre por el capricho de una fuerza oscura que para él tiene forma de tarántula. Porque el hombre del subsuelo también humillado por las fuerzas de la naturaleza está conciente que eso no es lo peor, sino que aquella afrenta lo hace incapaz de comprender el sentido del amor. Porque Iván rechaza el mundo de Dios por amor a todos los inocentes niños que tuvieron que comprar con su dolor la armonía eterna que promete la resurrección. Porque Dimitri a pesar de no poder ser virtuoso, tiene la suficiente altura espiritual como para dolerse con eso. Porque todos ellos quieren vivir, y a pesar de sus dudas aman la vida enormemente, y a pesar de sus torturas morales pueden entrever detrás de sus lágrimas el mundo en que viven y conmoverse de tanta belleza, belleza que es divinamente violenta. Porque caer en la belleza es como caer en las manos vivas del Dios terrible. Pero es siempre caer en sus manos, manos que nos desbaratan, que hacen caer al justo, pero ya sabemos que los mismos dioses que nos hacen caer nos levantarán, y nos pueden hacer no resignarnos, pero sí quizás aceptar voluntariamente nuestro destino y el juicio divino que en la tierra no podemos comprender, y que nos hace erróneamente tener por una humillación lo que en verdad es un misterioso regalo. La belleza salvará al mundo precisamente porque es caer en las manos terribles del Dios vivo; Dimitri se mancha en el lodo, pero encuentra una perla, y aunque ella lo pierda, por el hecho de ser bella es un reflejo de Dios, reflejo que lo hará sufrir, pero a cambio le dará la intuición del amor ¿Acaso no es a través de los pecados que muchos descubren a Dios? Y el que no peca porque no cree en Dios, ¿no es acaso por medio de la maldad que descubre el amor? Yo creo que la belleza de la que hablas, príncipe Mischkin, es aquella que percibimos en el amor a la vida misma, amor que es tan fuerte que no mengua a pesar de lo humillante que ésta nos pueda parecer , a pesar de que no tengamos una firma noción de un sentido existencial. Y salvará al mundo porque en la contemplación de esa belleza amaremos al mundo, y en ella a cada una de las criaturas que lo conforman, y en eso a la vida. Ahora, ¿qué podemos hacer para querer a la vida aún cuando la presintamos cruel, aun cuando en algunas ocasiones nos parezca que sus leyes son una “tomadura de pelo de un autor desconocido”? ¿Cómo podremos entonces detenernos para apreciar que es bella? Iván lo descubrió y nos los dijo, precisamente este hombre que no sabe si cree en Dios, que no justifica poder divino que pueda hacer sufrir a los niños. Él nos dijo: “Quiero vivir, y vivo aunque me exponga a los reproches de la lógica. No creeré en el buen orden de las cosas, pero me son queridas las hojitas que se abren jugosas en primavera; querido el cielo azul…aquí no se trata de la inteligencia ni de la lógica, aquí, con lo más íntimo, con las entrañas amas…se trata de amar a la vida más que a su sentido”


Nietzsche dijo que el artista trágico no es un pesimista, sino que afirma lo terrible y problemático de la vida. Corro a ti, Dostoievski, cuando pierdo la fe en la vida y en su inocencia, porque tú me la has hecho amar en todo lo que ella es, me las hecho amar más que a su sentido, me la has hecho amar aún cuando cada cierto tiempo me uno al terrible discurso de Ipollit y del viejo Inquisidor.


Parece de pronto como que toda la santidad del destino fuera puesta en jaque. Un juicio divino puede parecer a nuestra inteligencia una injusticia de un dios indolente. Desde esta perspectiva podemos entender que un hombre se sienta realmente ofendido por esta “tomadura de pelo de un autor desconocido”, y que Iván acepte la existencia de Dios, pero no acepte su mundo, ya que ninguna esperanza de universal redención es capaz, en su humano juicio, de rescatar las lágrimas de los niños que son totalmente inocentes. La religión cristiana le otorga un profundo sentido al dolor; es una experiencia terrena que es preludio de la eterna. El esperado día de la resurrección sería no sólo la revelación del amor más perfecto para el corazón, sino que también sería la corona del conocimiento. Los divinos designios serán revelados, se podría al fin comprender el por qué de tanto lamentable sufrimiento, y será así justificado todo dolor. Será redimida toda ruindad, abyección moral y perversión, y los más lamentables contrastes se conciliarán en una unidad amorosa: la madre perdonará al verdugo de su hijo y lo abrazará; los leones y corderos se reconocerán aliados de un mismo gran espíritu, y se querrán incondicionalmente. Las lágrimas de sangre, los rencores, la comunión constante con el pecado, todo tenía por motivo este final abrazo cósmico, las inusitadas nupcias de elementos que en la tierra se organizaban a razón de ser humillados u ofendidos, cruel dinámica en que el espíritu pierde la capacidad de comprender el sentido mismo de un sentimiento como el amor. En esa final redención el mismo Iván comprendería que incluso las lágrimas de los niños golpeados eran un tributo a pagar para la entrada en la total armonía divina. El lo sabe, pero como dice, a él le fue otorgada una razón euclidiana, puede según ella y sus sentidos detectar tres dimensiones. Según esos sus atributos no es capaz de aceptar la lógica de un juicio divino que la inteligencia no podrá interiorizar hasta el día en que se reúna con Dios. Por eso rechaza su mundo. Ahora me pregunto, cómo enfrenta el hombre la intuición de un dios qué hace que sujetos como Dimitri, atormentado por el enigma divino, manifestando la sin razón del mismo, y mostrándose hasta humillado por la vida la ame tanto? ¿Y las personas que no creen en Dios, o en ninguna otra instancia que justifique su dolor en la tierra, o que les de un sentido a sus ideas, cómo es que también, manifiestan esa sed profunda por vivir?.

 
Dostoievski, Feodor Los hermanos Karamazov, Aguilar, Madrid, 1968.
 
 
Todas las ediciones