Toda una
Divina Comedia no basta para hacernos
virtuosos. Ni la fatiga de un perpetuo
enlace con el amante, ni rosa alguna,
aún siendo angélica,
pueden hacer que el libre albedrío
se incline a favor del bien. Según
el divino juicio de Beatriz la libertad
es el más grande de los dones
que nos entregó Dios, y una
prueba infalible del amor que nos
regala, ya que en virtud de ella
tenemos la opción de elegir
por una salvación o condenación
eterna. Pero somos libres, y aún
enterados de los destinos ultraterrenos
que se siguen de tal y cual acción
elegida no podemos ajustar nuestra
voluntad según la divina.
Por el contrario, no nos sustraemos
del influjo del pecado, al que a
veces tendemos por la pura voluptuosidad
que en nosotros despierta. Entonces,
¿podemos decir que gozamos
realmente de la libertad? ¿No
la padece más bien Dimitri
Karamasov, aquel hombre capaz de
los más nobles impulsos,
ansioso del amor divino pero incapaz
de no caer en la más baja
perversión de su sentido
moral? ¿Cómo se explica
que la naturaleza humana deseando
redimirse no pueda dejar de caer
libremente en la ruindad? Dimitri
sufre lo indecible; la cruel dialéctica
de sus tendencias espirituales no
escapa a su conciencia. Es de aquellos
que llevan en el alma el ideal de
La Madonna, que arden en ansias
de amor por él, pero que
no lo alcanzan por una “morbosa
falta de energías”,
dejándose arrastrar voluntariamente
por el ideal de Sodoma. Es quien,
justo en la más alta conciencia
de lo “bello y lo sublime”
cae de cabeza en la ignominia y
en eso siente una satisfacción
vergonzosa, reprobable, sí,
pero que se traduce finalmente en
un enérgico placer ¿Cómo
es posible que la voluntad del hombre
se traicione a sí misma,
que siendo libre para encarnar su
ambición espiritual en nobles
actos termine ahogada, en virtud
de esa misma libertad, en el más
sucio légamo de la corrupción?
El corazón de Dimitri encontraría
su natural expresión en la
forma de un himno, pero su espíritu
no se dejaría influir por
ese ritmo sacro por mucho tiempo
para dejarse arrastrar por cualquier
vulgaridad. Según su opinión,
esta dolorosa situación no
es sino la causa de que Dios no
nos propuso sino enigmas, y en “los
enigmas las antítesis se
ven revueltas”. Uno de esos
enigmas es la belleza, uno de esos
misterios que pierden al hombre
¿Hay belleza en Sodoma? Pues
lo terrible es que sí se
puede percibir belleza en esa ciudad
del pecado; sujetos como Dimitri
encuentran la perla en el fango.
La belleza pierde al hombre porque
prospera y se dispone cómodamente
en los ambientes más abyectos.
Es la flor en medio del pantano.
Se despierta el deseo, ese movimiento
espiritual del alma hacia lo bello,
entonces no queda salida y sin pensarlo
dos veces se ensucia el hombre en
el lodo. Entonces ocurre lo tremendo:
“lo que para la inteligencia
parece ignominia al corazón
se le antoja belleza”. La
belleza pierde al hombre porque
en su carácter terrible y
enigmático establece criterios
estéticos contrarios en una
misma persona. La inteligencia tiene
otra apreciación de lo bello
que no comparte el corazón,
¿cómo podemos desarrollar
entonces una organización
moral que nos impulse a actuar de
manera coherente? Quizás
si la inteligencia coincidiera con
el corazón a la hora de hacer
un juicio estético, o si
es que éste desarrollara
una percepción afín
a la de la inteligencia ¿Es
el infierno un problema teológico
y además estético?
No me deja de inquietar la idea
de que la boca que insulta silbe
un aria ¿Cuál es esa
palabra que será dicha para
la gran y definitiva sanación
de nuestras almas?
De no comportarnos como seres racionales,
pareciera que estamos condenados
por nuestra afición constitutiva
al placer estético a caer
en el pecado. Pero el hombre no
es sólo eso, y quiere vivir,
quiere agotar toda su capacidad
vital, de la cual la razón
sólo forma quizás
una pequeña parte. Más
de alguno de nosotros repitió
también las desdichadas palabras
de Dimitri: “Bueno, que sea
yo un maldito, un ruin y un desdichado,
pero también se besar la
orla de ese manto en que se envuelve
mi Dios; yo iré al mismo
tiempo a la zaga del diablo, pero,
a pesar de todo, yo soy tu hijo
Señor, y te amo”. También
queremos ser buenos, y como aconseja
el padre Zósima, encontrar
a Dios y la fe en la inmortalidad
por medio de la práctica
de un amor activo, pero ¿cómo
encausar nuestros actos si nuestro
corazón nos revela la belleza
incluso en la humillación
personal o en el deshonrar al prójimo?
Príncipe Mischkin, tú
que dices que el mundo se salvará
por la belleza ¿Qué
belleza es esa? ¿Es que acaso
el ejercicio del amor educaría
el sentido estético del corazón,
de manera tal que sólo encuentre
belleza en medio de la bondad? ¿Es
que si logramos ecualizar las impresiones
sensibles de la inteligencia y del
corazón podrán llegar
a buen término nuestros votos
de regeneración moral, o
estamos condenados a estar sumidos
en esa morbosa falta de energías
de Dimitri? Pero príncipe,
dínoslo, ¿quién
tenía razón, Dante
y su afirmación de la libertad
como el más preciado de los
dones divinos, o la figura oscura
del Gran Inquisidor, polvoriento
de tanta Sevilla que se vuela?

Estamos en Sevilla en el siglo XVI,
y en la plaza el pueblo presencia
actos de fe en que son lanzados
a las llamas los cuerpos de los
herejes. El Inquisidor aprisiona
a Jesús que ha descendido
con todo su amor a cuestas en su
humana figura. Le dice que ha venido
a molestar, que una vez ya estuvo
en la tierra y tuvo la oportunidad
de hacer felices a los hombres,
oportunidad que trocó por
darles el peor de los sufrimientos:
la libertad. Porque “¿hay
algo más doloroso para los
hombres que la libre elección
en el conocimiento del bien y del
mal?”. Jesús estuvo
en la tierra, y no quiso responder
a la tentación del diablo
que lo instó a lanzase de
la cruz para probar a los hombres
que era el hijo de Dios. Quería
que los hombres lo amaran en la
plena libertad de sus espíritus,
y no subyugados por el milagro;
no hubiesen sino tenido que creer.
Es una gran tortura para el hombre
poseer la libertad de adorar a quien
quiera; siempre buscará a
ese ser ante quien arrodillarse
y confiar su conciencia, pero además
necesita que todos sus hermanos
elijan al mismo, por el vital requerimiento
de la generalidad de la oración.
Por eso se mataron los hombres en
las cruzadas, por esa necesidad
de rito común. Por cierto,
según le dice el gran Inquisidor
a Jesús, su error fue haber
amado a los hombres como si los
odiase. Lo más sensato era
acceder a las tentaciones del demonio,
darle pan al hombre y con eso conseguir
la sumisión de éstos
al divino poder. Pero Jesús
rechazó nuevamente el consejo,
en parte por su incapacidad para
escrutar el corazón del hombre;
tenía una alta idea de sus
hermanos, por lo que supuso que
no se dejarían sobornar por
el pan de la tierra, prefiriendo
el del cielo. Pero el hombre es
una criatura mucho más débil
de lo que pensó, y no tuvo
en consideración que esa
misma debilidad de espíritu
el hombre no es por naturaleza de
la índole que rechace el
milagro. La maldad fue abandonarlos
a la libre resolución de
sus corazones. La solución
para ese flagelo es delegar la libertad
a algún poder, y es así
como la Iglesia, presidida por el
Inquisidor, administra esa libertad
en nombre de Dios, aun sabiendo
que es todo una farsa. Le da a los
hombres una felicidad infantil,
fácil, organizando sus ratos
de ocio e incluso les conciente
pecar, ya que absuelve sus faltas
en nombre del Señor. Les
mienten, y en eso sufren, pero es
por amor a la humanidad, a la que
conviene una felicidad fácil
en vez de un sufrimiento elevado.
El Inquisidor es de los que corrigieron
la obra de Jesús en nombre
de la gran mayoría de apocados,
débiles espirituales. Sólo
los fuertes son capaces de consagrar
sus energías para conseguir
el pan del cielo dejando el de la
tierra, pero son sólo unos
miles. ¿Y la mayoría?
El viejo Inquisidor trata de que
Jesús entienda todo eso,
que sepa que los hombres no tienen
la culpa de no ser capaces de comprender
un juicio divino siendo terrenales,
¿cómo culparlos por
no comprender lo que a las facultades
humanas es incomprensible? ¿No
es entonces inocente el hombre que
por tal falencia espiritual y cognitiva
cae en el mal? ¿Quién
es culpable de tal falencia, el
hombre o su creador? ¿No
es un error de Dios el someterlo
a juicios exigentes si a su vez
no lo dotó de la una inteligencia
apta para entender sus designios?
Entonces, ¿son Francesca
y Paolo nada más que pobres
inocentes que sufrieron la burla
de un dios terrible que no atendió
a sus débiles intelectos
ni a sus pobres espíritus,
o en verdad se merecen el castigo
por haber desvirtuado el don de
la libertad con que los regaló
Dios? ¿Es un acto de amor
divino el tenerlos en esos círculos
infernales, teniendo en cuenta que
un sufrimiento alto es más
provechoso para el alma que la fácil
felicidad que les provee el Inquisidor
al absolverles las culpas? ¿No
es acaso el carácter enigmático
de la vida lo que mantiene como
una sola espiga los cuerpos hastiados
de Paolo y Francesca? Si esto es
así, en verdad que la vida
nos puede parecer cruel y el alma
de los hombres inocente. La sola
posibilidad que salga a flote esta
interrogante nos hace pensar en
la vida como sujeta a leyes sordas
y ciegas, despiadadas, de una indolencia
irreal. ¿Es tan difícil
entonces comprender a seres que
se sienten ofendidos al haber sido
lanzados al mundo “bajo condiciones
tan grotescas”? No parece
tan extraña la gran multitud
que se siente humillada y ofendida
por las leyes de la naturaleza,
leyes inexorables, oscuras, que
van organizando a la vida en lo
que es. Y la organizan sin interesarse
en cómo se siente al respecto
el hombre, e incluso inhabilitan
la magnífica cualidad creativa
del mismo; no importa cuál
sea la voluntad del hombre, las
leyes de la naturaleza harán
lo que según ellas tenga
que ocurrir con ellos. Todo lo que
hacemos y dejamos de hacer se explica
por la lógica de tales leyes
¿cuál es la libertad
del hombre en esas condiciones?
¿Tenemos que resignarnos
a estar sujetos o un orden que parece
regido por una fuerza oscura, insolente,
eternamente absurda? ¿Podemos
sancionar al joven Ippolit, que
ante tal ofensa decide a sus dieciocho
años suicidarse por la pura
repugnancia que le merecía
la vida? Al pensar en las leyes
pensaba en una fuerza venenosa,
que engulle sus presas dichosa,
por lo que se le aparecía
en sus delirios como una tarántula:
“No me es posible continuar
en una vida que afecta formas como
esas, extrañas y para mi
ofensivas. Esa aparición
me ha humillado”. Un día
ese mismo joven reparó en
un cuadro que representaba a Jesús
recién bajado de la cruz,
un cadáver con mucha tibieza
todavía, que reflejaba todo
el sufrimiento de tal calvario.
Ippolit pensó que al verlo
así sus seguidores habrían
seguramente pensado, “¿cómo
va a resucitar este despojo?”.
Ese rostro lacerado, esos ojos con
destellos vidriosos eran el resultado
de las leyes de la naturaleza haciendo
su efecto implacable. Ni siquiera
Jesús escapó a ellas,
aquel que en vida las dominaba,
aquel que decía “thalika
kumi” y la niña se
levantaba, aquel que hizo volver
a Lázaro de la muerte con
el divino llamado de “lévántate
y anda”. Y es este Orfeo,
con su canto que hace bailar árboles
y volver la corriente de un río
al revés, el que no escapó
a las leyes de la naturaleza, aún
cuando “El solo valía
por toda la naturaleza, y todas
su leyes, por toda la tierra, la
cual es posible que únicamente
fuera creada para la sola aparición
de este ser”. Ese cuadro le
representó la idea de una
fuerza oscura a la que todo está
sujeto y a la que hay que rendirse
sí o sí. Entonces,
¿es una ley de la naturaleza
lo que divide tan profundamente
las valoraciones de la inteligencia
y del corazón?, ¿es
por esa ley que en un arrebato la
que besó con más rosa
haya escupido al Niño escondido
en la espesura?
Es verdad que a través de
estos personajes perturbados como
Dimitri e Ippolit nuestro propio
mundo espiritual corre el riesgo
de quedar sumido en la dolorosa
duda, y que de pronto la fe en la
santidad del Destino se nos esfume;
“Son las caídas de
los Cristos del alma, de alguna
fe adorable que el destino blasfema”.
Pero cada vez que traigo el corazón
desmayado, sostenido en la mano
que ya casi se me cae y destroza,
corro en tu búsqueda, queridísimo
Dostiesvski. Porque a lo largo de
todo el itinerario espiritual que
es tu obra, siempre terminas afirmando
la vida, pronunciando el santo sí
a la vida, uniéndote así
al coro de todos los niños
del mundo. Y me parece que por eso
están los Ipollit y todos
los hombres que después de
cuarenta años de subsuelo
relatan sus tristes memorias. Porque
en esas conciencias dolidas algo
brilla sutil pero definitivo, como
una pepita de oro en medio del tamiz
enlodado. Porque en verdad sus desesperanzas
nacen de una sed inalterable de
amor. Porque Ipollit quiere y no
puede sentirse parte de ese mundo
dorado y hermoso al que ama, porque
no soporta que incluso el mosquito
que vuela en un rayo de sol forme
parte del coro universal, mientras
que él está destinado
a morir tísico y pobre por
el capricho de una fuerza oscura
que para él tiene forma de
tarántula. Porque el hombre
del subsuelo también humillado
por las fuerzas de la naturaleza
está conciente que eso no
es lo peor, sino que aquella afrenta
lo hace incapaz de comprender el
sentido del amor. Porque Iván
rechaza el mundo de Dios por amor
a todos los inocentes niños
que tuvieron que comprar con su
dolor la armonía eterna que
promete la resurrección.
Porque Dimitri a pesar de no poder
ser virtuoso, tiene la suficiente
altura espiritual como para dolerse
con eso. Porque todos ellos quieren
vivir, y a pesar de sus dudas aman
la vida enormemente, y a pesar de
sus torturas morales pueden entrever
detrás de sus lágrimas
el mundo en que viven y conmoverse
de tanta belleza, belleza que es
divinamente violenta. Porque caer
en la belleza es como caer en las
manos vivas del Dios terrible. Pero
es siempre caer en sus manos, manos
que nos desbaratan, que hacen caer
al justo, pero ya sabemos que los
mismos dioses que nos hacen caer
nos levantarán, y nos pueden
hacer no resignarnos, pero sí
quizás aceptar voluntariamente
nuestro destino y el juicio divino
que en la tierra no podemos comprender,
y que nos hace erróneamente
tener por una humillación
lo que en verdad es un misterioso
regalo. La belleza salvará
al mundo precisamente porque es
caer en las manos terribles del
Dios vivo; Dimitri se mancha en
el lodo, pero encuentra una perla,
y aunque ella lo pierda, por el
hecho de ser bella es un reflejo
de Dios, reflejo que lo hará
sufrir, pero a cambio le dará
la intuición del amor ¿Acaso
no es a través de los pecados
que muchos descubren a Dios? Y el
que no peca porque no cree en Dios,
¿no es acaso por medio de
la maldad que descubre el amor?
Yo creo que la belleza de la que
hablas, príncipe Mischkin,
es aquella que percibimos en el
amor a la vida misma, amor que es
tan fuerte que no mengua a pesar
de lo humillante que ésta
nos pueda parecer , a pesar de que
no tengamos una firma noción
de un sentido existencial. Y salvará
al mundo porque en la contemplación
de esa belleza amaremos al mundo,
y en ella a cada una de las criaturas
que lo conforman, y en eso a la
vida. Ahora, ¿qué
podemos hacer para querer a la vida
aún cuando la presintamos
cruel, aun cuando en algunas ocasiones
nos parezca que sus leyes son una
“tomadura de pelo de un autor
desconocido”? ¿Cómo
podremos entonces detenernos para
apreciar que es bella? Iván
lo descubrió y nos los dijo,
precisamente este hombre que no
sabe si cree en Dios, que no justifica
poder divino que pueda hacer sufrir
a los niños. Él nos
dijo: “Quiero vivir, y vivo
aunque me exponga a los reproches
de la lógica. No creeré
en el buen orden de las cosas, pero
me son queridas las hojitas que
se abren jugosas en primavera; querido
el cielo azul…aquí
no se trata de la inteligencia ni
de la lógica, aquí,
con lo más íntimo,
con las entrañas amas…se
trata de amar a la vida más
que a su sentido”
Nietzsche dijo que el artista trágico
no es un pesimista, sino que afirma
lo terrible y problemático
de la vida. Corro a ti, Dostoievski,
cuando pierdo la fe en la vida y
en su inocencia, porque tú
me la has hecho amar en todo lo
que ella es, me las hecho amar más
que a su sentido, me la has hecho
amar aún cuando cada cierto
tiempo me uno al terrible discurso
de Ipollit y del viejo Inquisidor.
Parece de pronto como que toda la
santidad del destino fuera puesta
en jaque. Un juicio divino puede
parecer a nuestra inteligencia una
injusticia de un dios indolente.
Desde esta perspectiva podemos entender
que un hombre se sienta realmente
ofendido por esta “tomadura
de pelo de un autor desconocido”,
y que Iván acepte la existencia
de Dios, pero no acepte su mundo,
ya que ninguna esperanza de universal
redención es capaz, en su
humano juicio, de rescatar las lágrimas
de los niños que son totalmente
inocentes. La religión cristiana
le otorga un profundo sentido al
dolor; es una experiencia terrena
que es preludio de la eterna. El
esperado día de la resurrección
sería no sólo la revelación
del amor más perfecto para
el corazón, sino que también
sería la corona del conocimiento.
Los divinos designios serán
revelados, se podría al fin
comprender el por qué de
tanto lamentable sufrimiento, y
será así justificado
todo dolor. Será redimida
toda ruindad, abyección moral
y perversión, y los más
lamentables contrastes se conciliarán
en una unidad amorosa: la madre
perdonará al verdugo de su
hijo y lo abrazará; los leones
y corderos se reconocerán
aliados de un mismo gran espíritu,
y se querrán incondicionalmente.
Las lágrimas de sangre, los
rencores, la comunión constante
con el pecado, todo tenía
por motivo este final abrazo cósmico,
las inusitadas nupcias de elementos
que en la tierra se organizaban
a razón de ser humillados
u ofendidos, cruel dinámica
en que el espíritu pierde
la capacidad de comprender el sentido
mismo de un sentimiento como el
amor. En esa final redención
el mismo Iván comprendería
que incluso las lágrimas
de los niños golpeados eran
un tributo a pagar para la entrada
en la total armonía divina.
El lo sabe, pero como dice, a él
le fue otorgada una razón
euclidiana, puede según ella
y sus sentidos detectar tres dimensiones.
Según esos sus atributos
no es capaz de aceptar la lógica
de un juicio divino que la inteligencia
no podrá interiorizar hasta
el día en que se reúna
con Dios. Por eso rechaza su mundo.
Ahora me pregunto, cómo enfrenta
el hombre la intuición de
un dios qué hace que sujetos
como Dimitri, atormentado por el
enigma divino, manifestando la sin
razón del mismo, y mostrándose
hasta humillado por la vida la ame
tanto? ¿Y las personas que
no creen en Dios, o en ninguna otra
instancia que justifique su dolor
en la tierra, o que les de un sentido
a sus ideas, cómo es que
también, manifiestan esa
sed profunda por vivir?.