El barco estaba terminado. Lo había construido él mismo en diez meses. A sus amigos, que lo interrogaban sobre sus fines, les contestaba simplemente que cruzaría el Atlántico. Y al ver la extrañeza con que ellos contemplaban el proyecto, esa partida desde un puerto extremo de la América del Sur, para cruzar el Estrecho y el Océano en una embarcación tan frágil, sin tripulación, sin otra compañía que la de una mujer, él les decía: “Mi mujer es todo para mí, y yo soy todo para ella. Si se abre un hoyo en el mar, mejor es que entremos los dos”.
Y un día dijo a un amigo: “Cuando ella despierta, antes de abrir los ojos, sonríe”.
Tenía tal vez razón para sonreír. Las franjas amarillas y celestes rodeaban las chimeneas de los barcos. En el agua transparente reposaban lanchones, conteniendo manzanas, pescados, verduras. Y en los diques vendían ladrillos de luche, cadenas de almejas, cochayuyo: toda clase de algas y moluscos. Estaba contenta. Siempre había sentido la atracción de los viajes. Vio desde chica, subida a una silla, los buques anclados en el puerto y el vuelo de los pájaros marinos. Y este espectáculo diario de mar azul, de espacio libre, le fue infundiendo la ilusión de aventura.
Nunca lugar alguno del mapa les pareció tener sentido permanente. Estaban siempre de paso -por un año, por dos- pero de paso siempre. Así conservaban, por sobre todas las cosas, su libertad y soledad con respecto al mundo.
Sólo que ahora, tal vez era distinto. Preparaban algo más hondo, más grande. No parecía atraerles la meta en sí, sino algo anterior a la meta, que no sabían muy bien expresar.
Cuando caminaron, para partir, por los muelles de piedra, ella observó los pescados, que temblaban en el muelle como gelatina. El cuchillo cortaba uno de ellos en dos, y unas manos gruesas se lo extendían al comprador, quien lo envolvía en papel de diario, y buscaba en el bolsillo un cordel para amarrado. En el piso de concreto había un charco y sobre él flotaban algunas hojas amarillas y otras rojizas.
Así partieron, limpiamente. Él no vio todo esto, que ella miraba. Iba serio, sosteniendo el timón. Llevaba una camisa de lana que le quedaba estrecha. Ella, en cambio lo había visto todo. Hasta un pequeño saltimbanqui entre las hojas. Y el casco podrido de un barco que se acercaba al muelle. Y las ropas lavadas, en la costa, flotando sobre el viento con sus colores pálidos.
Solamente mar afuera, él giró la cara para mirada. Iba sentada sobre un rollo de cuerda. Tenía el cuello inclinado, y unos pelos le sobraban del cabello, y se agitaban. Era una imagen cercana y a la vez distante.
Durante varios días, él estuvo absorto en la brújula y el mapa. Parecía adentrarse en la geografía, estudiando sin cesar todas las cartas. Mostraba cierta obstinación por salir, salir del continente, sin causar a su barco un solo rasguño.
El viaje era su idea. Había insistido en realizarlo, como si dependiera su vida misma de esa entrada al Océano. Y sólo después de sacrificios innumerables, cuando cargados de provisiones dejaron por fin el último puerto, y varios días y noches de horizonte limpio lavaron su memoria de toda costa, sólo entonces, cuando eran pequeños en el centro del mar, perdió esa obstinación que lo había guiado.
Sobrevino en ambos un abandono. La sal los dominaba. Endurecía sus labios. Daba realce a sus dientes. Borraba la cuenta de los días y las noches. Quitaba importancia al trayecto. Él dejó de soñar con dificultades, y trámites, y luchas. Cierta aspiración secreta que nunca intentó expresar, tomaba ahora forma en sus sueños. Tenía relación con el agua, con la “atmósfera líquida”, según su término. Pero era una noción confusa, que no acertaba a definir. Solamente en sueños, en sueños que después se extinguían, dejando sólo un residuo obscuro, lograba ver lo que durante el día buscaba en él expresión.
Era un aire denso, el que habitaba entonces, un aire sin aire, un aire de agua. Privado de todo peso o resistencia, descendía al fondo, se arrastraba entre tintas y arborescencias, volando lentamente en todas direcciones. Y encontraba: brillantes flores animales esponjas frescas y vivas, moluscos con pintas de leopardo. O alguna concha blanca sonrosada, de finos repliegues y profundidades, conteniendo perlas naranjas, amarillas todavía blandas.
Despertaba oprimido, como si alguien lo hubiese arrancado de ese mundo, aunque no recordaba más que vagamente lo que había visto. Solamente su mujer parecía encarnar todavía, la esencia del sueño, parecía continuar y condensar la vida aquella silenciosa, preservándola de perecer en la vigilia.
Ella preparaba una sopa. Abría una lata con un instrumento especial, y vaciaba los platos un líquido rojo blanquizco. “Hoy tenemos sopa de tomates”, decía. ¿Pero de dónde salía ese líquido rojo? ¿No lo había visto momentos antes diluido en el agua? ¿No sería todo una farsa? ¿No estaría en otra parte la realidad?
Volvía al timón, y estaba largo rato allí de pie, mirando el vacío, tratando de enfocar lo ausente. Su angustia no venía de aquello que estaba descubriendo, sino más bien di temor incierto de ser distanciado, de no alcanzar a aprehenderlo.
Recordaba aquel sueño de algunos años atrás. Habían llegado a los confines del planeta, a las masas glaciales del Polo. Dejaron el barco, que estaba prisionero entre los hielos, y caminaron por la blanca redondez final de la Tierra. “Es la curvatura del inmenso globo”, pensó, mientras se deslizaba y alejaba, sin que le fuera ya posible asirse a las cosa. Comprendió que caía en el espacio, y sólo alcanzó a agitar un brazo lentamente, en señal de despedida, a esa figura que lo miraba irse, desde el borde desolado del desierto.
Ese sueño expresaba cierto temor que era en él esencial. ¿Cómo distinguir lo que ardorosamente deseaba, en su interior, de ese lento resbalarse en el vacío? No sabía distinguirlo. Pero sabía que debía optar, ahora, ahora que estaba tan cerca de su ignorado deseo.
Había archivado las cartas náuticas. Ya no trazaba en ellas, como antes, el progreso del barco. La brújula misma no era ya para él un instrumento que orienta. La observaba como quien contempla un organismo vivo, tratando quizá de captar su misterio. Y ella, la mujer, lo contemplaba a él hondamente. La llegada al puerto de destino no parecía importarles. Tal vez, al contrario, habría sido para ambos como un regreso, como un fracaso, como un volver al punto inicial.
Un día preguntó: “¿Por qué hemos hecho este viaje, al fin?” Y ella sonrió levemente, como si no quisiera decir. Pero sabía, pensó él, sabía sin duda, sabía. Su lengua viva lo refrescaba, era un contraste con la sal del aire; pero aun siendo dulce tenía un origen oceánico. Nada podía borrar ese parentesco. Cuando sus manos avanzaban a tomarlo, avanzaban como a través del agua. Había en ella cierta indómita, inocente libertad. Daba la impresión de estar sumergida.
“La tierra llega hasta su superficie”, dijo él una mañana, y sobre ella caminan las personas: sobre las duras ciudades y sobre los blandos campos. Pero es en el mar donde está la vida. No en su corteza, sino adentro del mar, en las profundidades más hondas y ocultas. Pero ella parecía saberlo desde años antes de haber nacido.
Él hablaba, entonces, con frialdad y pasión. Porque ahora sus sueños no estaban ocultos en las horas dormidas. Asomaban por fin a la vigilia. Hablaba de los ojos negros, implacables, de algunos peces, rodeados de estrías azules. O de ciertos pulpos, que son como serpientes reunidas. O de un cangrejo hirsuto, con patas de escarcha, que vive en las conchas deshabitadas. O de otros que emprenden exploraciones audaces, caminando en puntillas sobre sus grandes garras o delicadas pinzas. Ahí en el mar se encontraban reunidos el peligro y la belleza. El terror vagaba entre zonas puras: zonas amarillas, zonas verdes, violetas. Zonas completamente negras, en que sólo alumbra alguna fosforescencia breve.
Y hablaba después del cuerpo humano. De los órganos, y líquidos, y músculos que en su interior contiene. De ese molusco negro, terrible, que es el corazón, de vida independiente, rebelde, en su recinto estrecho. O de esas piedras frescas, intocables, como cristal, que los párpados cubren y esconden.
Estaba poseído. Y ella lo deseaba, lo acogía, lo amaba y replegaba tiernamente. ¿Sentía la belleza de esos jardines vivos, que a él tan sordamente atraían? Sumergirse en ese acuario virgen, entrar a esos cristales, lentamente, ver en el descenso algún pez amarillo, pequeño, con listas negras, todo eso, ¿la seducía? Es más probable que tratara de aplacar el desvarío que veía en él. Tal vez deseaba presentar la paz, la placidez, en esta vasta aventura. Aunque sabía, debía saber, que los negros abismos que los sostenían eran frágiles, vacilantes, prontos a abrirse.
Una noche el cuerpo de ella rodó hacia él, sobre el lecho, y un estruendo jamás oído sacudió todo el barco. Y cuando él subió a cubierta por la escala oblicua, ya sabía que afrontaba un temporal. Las olas habían crecido, de pronto. La superficie tenía un relieve insospechado. Él se prendía al timón, pero nada podía hacer con el barco. Sus bases arrancaban, huían, en una corriente repentina que de pronto retornaba, aplastándolo todo con toneladas de agua.
Ella estaba en el cuarto, recluida. Un objeto asomó sobre la mesa, y cayó borde abajo, como deseando alejarse de su sitio habitual. Otros iniciaban vacilantes excursiones, despertando para volver a dormirse, como si hallaran en su sueño inmóvil la iniciativa que los hacía vagar. Y una gruesa cadena oscilaba, en la pared, más lerda y grave que todos los péndulos, pero más poderosa, como si preparara una acción desmedida. Ella miraba esta sagrada rebelión de los objetos, que decían ahora de pronto lo que habían callado tanto tiempo. Y trataba de absorberlos, de reducidos, en su cuerpo quieto. Las paredes estiraban hacia ella sus brazos, como si hubieran deseado aprehenderla, volviendo luego impotentes a su lugar de origen.
Todo de pronto se había trastrocado. El mar estaba oblicuo, ahí afuera. Su plano se había inclinado, como queriendo volcarse sobre ellos. El mástil estaba en diagonal. Navegaban por una pendiente interminable. ¿Dónde estaba el “arriba”? ¿De dónde venía la gravedad? ¿No se hundían de soslayo? Las verticales, ¿no oscilaban todas?
Ella tal vez sentía extinta su antigua noción del espacio. El mar ahora bien podía darse vuelta y aplastados. Su inmersión en las aguas profundas les parecería una ascensión para salir a flote, y se sorprenderían de llegar al blando fondo, en vez de haber salido al aire, y tratarían de perforarlo para poder respirar, creyendo tal vez que ese “fondo”, ese piso del mar, era el techo, la bóveda del agua, y que estaban pegados a ella no por ser más pesados sino por ser más livianos. Todo esto tal vez pensaba ella, mientras estaba inmóvil, mirando las cosas.
Y después de largas horas, o noches, o tal vez años, de estar allí enfrentando el brillo de esas montañas, temblorosas y negras, él de pronto volvía en sí. ¿Dónde estaba? ¿Existía ella? ¿O había hecho este viaje solo? Recorría la breve cubierta como un gigante pequeño, desconcertado. No tenía vinculación con su propia memoria. El mar y el peligro habían barrido con todo. Pero entonces la encontraba, a ella, en el camarote: como alga fresca, caracol de mar, tímida esponja. Y escondía la cara en sus rodillas. Y ella con su mano le acariciaba el cuello. Y en esa tabla vacilante se deseaban.
Pero todo fue de pronto demasiado grande, demasiado obscuro y violento. Y ella fue, mirando hacia la entrada del camarote, entreabriendo la boca como quien abre un abismo, ella fue quien le dijo al oído, y le siguió diciendo en el cuello y en la nuca, quemando su fría piel con las palabras, ella fue quien le dijo: “Ahora, ahora sí, ahora, ahora”, como si todo el tiempo hubiera sabido las intenciones que él abrigaba.
Y obedeciendo a esas palabras susurradas desde tan cerca, él se encontró de pronto en la bodega, con una picota en la mano, realizando un deseo que era en él poderoso, pero inconsciente hasta entonces. Encerrado en esa cavidad como en un sueño, golpeó en las paredes, golpeó en el sueño, golpeó en las tablas que había construido, y que de pronto se abrieron, dejando entrar la inundación.
Cuento extraído de El laberinto del topo (Antología) de Alfonso Echeverría
(Editores Florencia Martinez E. y Juan José Richards E.)
Editorial Cuarto Propio, 2008.