| Leves
rayos de luz penetraban por algunas
imperceptibles fisuras de la bodega.
La luz se colaba temerosa, ajena y
excluida, como si fuera el niño
raro de la clase. Un viejo casete
dormía sobre una mesa cubierta
por el polvo. En mis manos parecía
más inútil que en la
sepulcral inercia del silencio; su
simplicidad reflejaba la pequeñez
del obstinado recuerdo. Lo puse en
una radio. Moribundas voces comenzaron
a desgarrar el mutismo y el aire con
la desesperada memoria de un tiempo
perdido. La melancólica voz
de una mujer desdeñada por
un diminuto y plástico testimonio,
comenzó a restar oxígeno
a la sombría bodega; una asfixiante
sensación, el polvo suspendido
en el aire, la tristeza de lo que
alguna vez fue distinto. La cinta
trabada por la vejez, se detuvo. El
sufrido canto gitano se perdió
en alguna parte, mientras el silencio
en vano intento consolarnos.
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