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Bajo el polvo por Ignacio Rojas
Goethe y los otros por Allan Lomas

Goethe y los otros
por Allan Lomas
 
 
Tenía ya treinta y cinco años. Se encontraba solo en el living de su apartamento sentado, fumando y pensando en cosas relativas a su dilema, tales como el lobo feroz vestido de abuela, el cuerpo desnudo y firme de una muchacha de quince años, la pérdida de la inocencia, los gritos de una madre y las luces de una baliza policial que segundo a segundo crecía en intensidad e inminencia. Frente a un revolver, un cenicero y una hoja de papel en blanco, el cigarrillo se consumía en sus manos sin haberle dado más de dos o tres caladas profundas. Su atención no dejaba de correr desenfrenadamente como un conejo que escapa de la paz cual si en el silencio y la quietud se encontrase la muerte oculta.

Pensó en Fausto y Mefistófeles; en Dolores Haze y el doctor Humbert. Todos condenados. Pensó en Pedro Páramo. Pensó incluso en su abuelo y su hermana y en uno que otro episodio de mea culpa. ¿Habrá existido amor en lo suyo? No lo sabía. Ya había olvidado lo que era el amor, sólo podía pensar en ella y en sus facciones frutales de niña, sus caprichos juguetones y en el desbordante placer que le hacía sentir el tacto. Era culpable. Había traicionado todo por el sabor intoxicante e infinito que Dios había escondido detrás de los pecados más graves. Como Humbert y Fausto, él era culpable. Como tantos otros correligionarios, él era también culpable. C.S. Lewis dijo una vez que la delicada rosa de la degeneración florece con mayor fuerza junto al altar. Con este pensamiento se sacudió las cenizas de la sotana negra y se sintió maldito. Esto ya había pasado tantas otras veces. Tantos otros él habían fumado ese mismo cigarrillo y tantos otros él lo volverían a fumar. Escribió palabras sobre el papel en blanco, apagó el cigarrillo en el cenicero y jaló el martillo del revolver, presionando el cañón firmemente contra su sien derecha. No era el único. Había otros como él y lo más probable era que se los encontraría del otro lado. Pronto estaría con los demás.

El sonido del disparo hizo vibrar los cristales y el revolver cayó en el cenicero desparramando las cenizas y colillas sobre la mesa. Sobre el papel, solo dos pequeñas gotas de sangre. Estaba escrito con caligrafía vacilante.

 
“Todos somos la misma persona. La misma y ninguna”
 
 
 
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