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Columna
 
Detengan todos los relojes
por Diego Alfaro
 
“El Oficio de la palabra,
es la posibilidad de que el mundo diga al mundo,
la posibilidad de que el mundo diga al hombre”.
Roberto Juarroz

 
En un memorable capítulo de “Moby Dick” Melville realiza una apología al duro oficio de la caza de ballenas, realzando su influencia en un ejemplar número de revoluciones y cambios políticos y sociales. El descubrimiento de Australia por James Cook o la liberación de los países americanos de su matriz española, serían imposibles sin los mapas y los intercambios que generaron aquellos anónimos marineros “sin recursos ni armas, en los mares bárbaros”.

Creámoslo o no, lo cierto es que aquella proposición histórica de Ismael es una verdad que como en todo relato no podemos sino aceptar dentro del margen de su discurso, alistándonos en esa vida paralela que resulta ser el ejercicio de la lectura. Hijo de su tiempo, Melville retrató a la perfección esa lucha universal y atemporal del hombre contra la naturaleza, del alma contra la ferocidad de la existencia. Sin embargo, hoy nos puede parecer insultante el arpón y la brutalidad de aquella labor vedada en varios países y en nuestra contingencia sería esperable un espíritu semejante al de Melville que retratara el lado inverso, es decir, los resultados que puedan o no tener la conservación de las ballenas para un ecosistema y un grupo no menor de habitantes de este planeta.
 
 

Aquél mamífero no puede sino ser la metáfora más cercana al mar, una extensión vital que recorre corrientes y costas entonando un canto milenario. El animal que en un momento Dios utilizó para enseñar a Jonás el valor de las palabras y del cual, como un pastor de los océanos, dependen un sin número de especies marinas. De su variedad más imponente –con casi 30 metros aproximadamente- la ballena azul se encuentra hoy en peligro de extinción, contándose en nuestro hemisferio en un número de tan sólo 9 mil. Se encuentra como tantos otros seres en esa alarmante lista de posibles desaparecidos, algunos de los cuales ya se cuentan tan sólo en decenas como algunas variedades de felinos y hasta la misma ballena franca (‘Eubalaena glacialis’) de la que sólo queda la mínima cifra de 250 ejemplares.

La caza indiscriminada y la utilización desmedida de zonas para explotación industrial, sumadas a una polémica descripción de hechos en los que usted y yo participamos diariamente, son parte de esa lenta despedida de la que somos espectadores. Es cada vez más difícil encontrar una correlación entre las vivencias de un abuelo y sus nietos en cuanto a los cambios climáticos y la descompaginación que vemos todos los días en las estaciones. Los inviernos han tardado más y se han vuelto más fríos, los veranos más calurosos y peligrosos para nuestro organismo.

No hablaré de datos específicos, usted, mi hipócrita lector, podrá hallarlos sin mayor dificultad en la red o en una que otra revista de ciencias. El problema no es sólo proponer una visión de lo que sería la desaparición de ciertas especies, lo que contraería un desequilibrio notable en el ambiente al ser todos parte de una larga cadena, sino hablar de qué es lo que sucedería en nuestras formas de pensar y en la conformación de lo que llamamos “mundo” si se produjeran las fatales bajas que vemos anunciadas día a día.

 
 

En el celebrado documental “Planet Earth” de la BBC, proyectado en los televisores mundiales en el 2006, científicos y conservacionistas discuten de las consecuencias humanas y geográficas del aumento del calentamiento global. En un apartado un escritor, un hombre que fácilmente aparece como un extraño dentro de cálculos y comprobaciones empíricas, nos recuerda el viejo poema de William Blake llamado “The Tiger”. Todo niño nacido en un país de habla inglesa reconoce inmediatamente los versos “Tiger, Tiger, burning bright/ In the forest of the night”, versos en los que Blake simbolizaba –entre varias interpretaciones- el vigor y la fuerza de la imaginación contra la oscuridad de un bosque de superstición e ignorancia. Lo de este fundamental poeta fue esa ancestral técnica alegórica que vincula aspectos naturales con el comportamiento humano, una longeva acción de nuestro pensamiento.

¿Cómo sería nuestra comprensión de los versos de Blake, de su concepción de la imaginación que influyó poderosamente en todo el arte posterior y a toda una civilización, sin la existencia material del tigre? La desaparición de una especie es semejante a la desaparición de una palabra y a la de un hombre: perdemos para siempre un universo condensado y altamente valioso para definir quienes somos. Más allá de la mera alegoría, esa pérdida sería la evidencia de una pérdida mayor en el ámbito de nuestro pensamiento. Un animal enjaulado en un zoológico –aunque sea por una alerta- es lo mismo que una palabra dormida en un diccionario, pierde toda su influencia y su significado para comprender los límites entre la vida y la muerte.

Un caso más cercano sería el del cóndor. Su ausencia no sólo plagaría las ciudades cordilleranas y los campos de roedores peligrosos para nuestra salud; esa sería una consecuencia inmediata. Pero este emperador de las alturas, símbolo de no sólo el escudo nacional, sino de la identidad de los pueblos andinos, al topar la extinción se desasiría junto con todos los valores e improntas humanas con que lo hemos coronado. Perderíamos un espacio valioso en nuestro registro existencial… todo el que haya presenciado la magnificencia de esta ave carroñera lo reconocerá inmediatamente.

Probablemente sea cierto que Blake nunca observó un tigre en estado natural y que por su parte Neruda haya tenido la suerte de ver el vuelo del cóndor, pero el vigor de la alegoría construida alrededor de estos animales, sobre los cuales se han forjado naciones y utopías, al desvanecerse crearía un complejo hábitat para posteriores generaciones que a través de representaciones gráficas y una que otra muestra embalsamada, tendrán que explicarse como todo grupo humano su territorio, su época, su ser y esbozar una respuesta a las necesidades que estas coordenadas nos exigen.

Difícil será para esa población saber que la palabra “delfín” ya es parte de una metafísica de la extinción y que el poema de Robert Lowell en donde agradecido le dice “Cuando mi espíritu estaba atormentado, cuidaste de mi cuerpo”, señalando el valor de aquellos guías y compañeros en esa inmensidad que es el mar que Baudelaire comparó con la vastedad del alma humana. ¿Cómo un niño logrará desentrañar el sentido espiritual del bosque en la poesía de Jorge Teillier y de la primavera en la pintura de Pisarro? ¿Cómo degustará un joven de otra época la serenidad de un Haikú o la maravilla simbólica que comporta una catedral?
La timidez del pudú dejaría de ser nuestra timidez, la música del río dejaría de ser el tiempo por la domesticación de su flujo; el león, el lobo y la zarigüeya renunciarían a ser parte de nuestro bestiario personal. El hombre se quedaría solo y ya no sería el lobo del hombre, ni habría héroes con la bravura de un león o estados como zarigüeyas que se hicieran los muertos, al decir de Kenneth Rexroth, un poeta necesario para estos tiempos. El hombre se quedaría más solo que nunca y sufriendo las consecuencias de ser humano demasiado humano.

Nuestra época se presenta como la única en que nosotros –creados a imagen y semejanza- debemos hacernos cargo del destino del planeta y de nuestros hermanos animales. Estamos en un momento crítico para la supervivencia de un milagro, de un regalo que hemos sabido despreciar. Ahora que nuestra raza se ha distanciado en distintos lenguajes, entre primeros y terceros mundos, en cientos de categorías y profesiones, es el tiempo de pensar no sólo en el hundimiento de Venecia –esa joya de la creación humana- sino también en la migración de los caribúes o en la utilización de los recursos de los que cada día dependemos. El desafío es sembrar conciencia, darnos cuenta de lo que perderemos y en la especie de humanidad que seremos sin las abejas de Virgilio o las ballenas de Melville, sin la polinización y la sinfonía eterna del mar. Veremos si esta vez el arte está a la altura del conflicto.

 
 
 
 
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