En
un memorable capítulo de “Moby
Dick” Melville realiza una apología
al duro oficio de la caza de ballenas,
realzando su influencia en un ejemplar
número de revoluciones y cambios
políticos y sociales. El descubrimiento
de Australia por James Cook o la liberación
de los países americanos de
su matriz española, serían
imposibles sin los mapas y los intercambios
que generaron aquellos anónimos
marineros “sin recursos ni armas,
en los mares bárbaros”.
Creámoslo o no, lo cierto es
que aquella proposición histórica
de Ismael es una verdad que como en
todo relato no podemos sino aceptar
dentro del margen de su discurso,
alistándonos en esa vida paralela
que resulta ser el ejercicio de la
lectura. Hijo de su tiempo, Melville
retrató a la perfección
esa lucha universal y atemporal del
hombre contra la naturaleza, del alma
contra la ferocidad de la existencia.
Sin embargo, hoy nos puede parecer
insultante el arpón y la brutalidad
de aquella labor vedada en varios
países y en nuestra contingencia
sería esperable un espíritu
semejante al de Melville que retratara
el lado inverso, es decir, los resultados
que puedan o no tener la conservación
de las ballenas para un ecosistema
y un grupo no menor de habitantes
de este planeta. |
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Aquél
mamífero no puede sino ser
la metáfora más cercana
al mar, una extensión vital
que recorre corrientes y costas entonando
un canto milenario. El animal que
en un momento Dios utilizó
para enseñar a Jonás
el valor de las palabras y del cual,
como un pastor de los océanos,
dependen un sin número de especies
marinas. De su variedad más
imponente –con casi 30 metros
aproximadamente- la ballena azul se
encuentra hoy en peligro de extinción,
contándose en nuestro hemisferio
en un número de tan sólo
9 mil. Se encuentra como tantos otros
seres en esa alarmante lista de posibles
desaparecidos, algunos de los cuales
ya se cuentan tan sólo en decenas
como algunas variedades de felinos
y hasta la misma ballena franca (‘Eubalaena
glacialis’) de la que sólo
queda la mínima cifra de 250
ejemplares.
La
caza indiscriminada y la utilización
desmedida de zonas para explotación
industrial, sumadas a una polémica
descripción de hechos en los
que usted y yo participamos diariamente,
son parte de esa lenta despedida de
la que somos espectadores. Es cada
vez más difícil encontrar
una correlación entre las vivencias
de un abuelo y sus nietos en cuanto
a los cambios climáticos y
la descompaginación que vemos
todos los días en las estaciones.
Los inviernos han tardado más
y se han vuelto más fríos,
los veranos más calurosos y
peligrosos para nuestro organismo.
No
hablaré de datos específicos,
usted, mi hipócrita lector,
podrá hallarlos sin mayor dificultad
en la red o en una que otra revista
de ciencias. El problema no es sólo
proponer una visión de lo que
sería la desaparición
de ciertas especies, lo que contraería
un desequilibrio notable en el ambiente
al ser todos parte de una larga cadena,
sino hablar de qué es lo que
sucedería en nuestras formas
de pensar y en la conformación
de lo que llamamos “mundo”
si se produjeran las fatales bajas
que vemos anunciadas día a
día.
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En
el celebrado documental “Planet
Earth” de la BBC, proyectado
en los televisores mundiales en el
2006, científicos y conservacionistas
discuten de las consecuencias humanas
y geográficas del aumento del
calentamiento global. En un apartado
un escritor, un hombre que fácilmente
aparece como un extraño dentro
de cálculos y comprobaciones
empíricas, nos recuerda el
viejo poema de William Blake llamado
“The Tiger”. Todo niño
nacido en un país de habla
inglesa reconoce inmediatamente los
versos “Tiger, Tiger, burning
bright/ In the forest of the night”,
versos en los que Blake simbolizaba
–entre varias interpretaciones-
el vigor y la fuerza de la imaginación
contra la oscuridad de un bosque de
superstición e ignorancia.
Lo de este fundamental poeta fue esa
ancestral técnica alegórica
que vincula aspectos naturales con
el comportamiento humano, una longeva
acción de nuestro pensamiento.
¿Cómo
sería nuestra comprensión
de los versos de Blake, de su concepción
de la imaginación que influyó
poderosamente en todo el arte posterior
y a toda una civilización,
sin la existencia material del tigre?
La desaparición de una especie
es semejante a la desaparición
de una palabra y a la de un hombre:
perdemos para siempre un universo
condensado y altamente valioso para
definir quienes somos. Más
allá de la mera alegoría,
esa pérdida sería la
evidencia de una pérdida mayor
en el ámbito de nuestro pensamiento.
Un animal enjaulado en un zoológico
–aunque sea por una alerta-
es lo mismo que una palabra dormida
en un diccionario, pierde toda su
influencia y su significado para comprender
los límites entre la vida y
la muerte.
Un
caso más cercano sería
el del cóndor. Su ausencia
no sólo plagaría las
ciudades cordilleranas y los campos
de roedores peligrosos para nuestra
salud; esa sería una consecuencia
inmediata. Pero este emperador de
las alturas, símbolo de no
sólo el escudo nacional, sino
de la identidad de los pueblos andinos,
al topar la extinción se desasiría
junto con todos los valores e improntas
humanas con que lo hemos coronado.
Perderíamos un espacio valioso
en nuestro registro existencial…
todo el que haya presenciado la magnificencia
de esta ave carroñera lo reconocerá
inmediatamente.
Probablemente
sea cierto que Blake nunca observó
un tigre en estado natural y que por
su parte Neruda haya tenido la suerte
de ver el vuelo del cóndor,
pero el vigor de la alegoría
construida alrededor de estos animales,
sobre los cuales se han forjado naciones
y utopías, al desvanecerse
crearía un complejo hábitat
para posteriores generaciones que
a través de representaciones
gráficas y una que otra muestra
embalsamada, tendrán que explicarse
como todo grupo humano su territorio,
su época, su ser y esbozar
una respuesta a las necesidades que
estas coordenadas nos exigen.
Difícil
será para esa población
saber que la palabra “delfín”
ya es parte de una metafísica
de la extinción y que el poema
de Robert Lowell en donde agradecido
le dice “Cuando mi espíritu
estaba atormentado, cuidaste de mi
cuerpo”, señalando el
valor de aquellos guías y compañeros
en esa inmensidad que es el mar que
Baudelaire comparó con la vastedad
del alma humana. ¿Cómo
un niño logrará desentrañar
el sentido espiritual del bosque en
la poesía de Jorge Teillier
y de la primavera en la pintura de
Pisarro? ¿Cómo degustará
un joven de otra época la serenidad
de un Haikú o la maravilla
simbólica que comporta una
catedral?
La timidez del pudú dejaría
de ser nuestra timidez, la música
del río dejaría de ser
el tiempo por la domesticación
de su flujo; el león, el lobo
y la zarigüeya renunciarían
a ser parte de nuestro bestiario personal.
El hombre se quedaría solo
y ya no sería el lobo del hombre,
ni habría héroes con
la bravura de un león o estados
como zarigüeyas que se hicieran
los muertos, al decir de Kenneth Rexroth,
un poeta necesario para estos tiempos.
El hombre se quedaría más
solo que nunca y sufriendo las consecuencias
de ser humano demasiado humano.
Nuestra
época se presenta como la única
en que nosotros –creados a imagen
y semejanza- debemos hacernos cargo
del destino del planeta y de nuestros
hermanos animales. Estamos en un momento
crítico para la supervivencia
de un milagro, de un regalo que hemos
sabido despreciar. Ahora que nuestra
raza se ha distanciado en distintos
lenguajes, entre primeros y terceros
mundos, en cientos de categorías
y profesiones, es el tiempo de pensar
no sólo en el hundimiento de
Venecia –esa joya de la creación
humana- sino también en la
migración de los caribúes
o en la utilización de los
recursos de los que cada día
dependemos. El desafío es sembrar
conciencia, darnos cuenta de lo que
perderemos y en la especie de humanidad
que seremos sin las abejas de Virgilio
o las ballenas de Melville, sin la
polinización y la sinfonía
eterna del mar. Veremos si esta vez
el arte está a la altura del
conflicto. |