Dejaban mi cabellera colgada desde el tronco de la puerta como trofeo
Stella Díaz Varín, “La Casa”
Los conmino a estar presentes
En cada pensamiento que desvelo.
No quiero que los míos
Se me olviden bajo la tierra
Los que allí los acostaron
No resolvieron la eternidad.
Stella Díaz Varín, “Dos de Noviembre”

No creo que sea exagerado decir que este documental es el primer gran gesto a la persona y al legado de Stella Díaz Varín. Sin embargo, y aunque, la palabra “gesto” pueda parecer reduccionista, lo cierto es que no hay en él un equilibrio entre el legado, el trabajo, la obra, la manifestación inmortal de su excepcionalidad y la persona, el ser humano, la figura biográfica, etc. Pero tampoco podemos desconocer, lo lejos que estamos de llegar siquiera a jactarnos de una abundancia de trabajos documentales y audiovisuales entorno a las figuras necesarias y mayores del quehacer artístico, y no sólo de él. Por tanto, veo en La Colorina una acepción amplia a la palabra “gesto”. La destaco en su capacidad de observar hacia lo alto y hacia lo bajo, y subrayo el valor de apreciación hacia el olvido. Sin embargo, surgen algunos no menores cuestionamientos, que el film parece haber soslayado bajo el signo de la “novedad” y el “rescate”, que está directamente vinculado con la modulación y la realización del mismo. Con una apuesta interesante y atractiva en su estética audiovisual, La Colorina, se construye en base al amplio anecdotario de vida –muy sabroso y escabroso por lo demás–, y en la edificación del héroe trágico, del poeta maldito y decadente, lindando con el peligroso terreno de la sacralización y la mistificación, caldo de cultivo para la impostura. En cuanto a la poesía se refiere, el documental sólo se inclina a lanzar retazos de su voz, algunas veces en boca de otros y a posicionar puestas teatrales y monólogos de escasa sustancia (Héctor Hernández, Ramírez, Montebruno, etc.), que rellenan el cirquito acelerado en el que se dispone el hilo narrativo y las imágenes. Eso únicamente en su salida de márgenes, marcada por ciertas intervenciones sombrías.
No puedo ser complaciente como espectador, pero no puedo dejar de ser justo hasta cierto punto, con el documental de la dupla Guzzoni-Giesen; un trabajo financiado a punta de fondos y a puro pulso, y como dije anteriormente, esto es mucho más de lo que ha hecho nadie por la poetisa. Pero, suele suceder con las buenas ideas que siempre se les exige más, lo cual, es una muy positiva impronta a mi parecer. Y es que como lector de poesía, me queda una profunda sensación de carencia, de ausencia, de incompletitud; de que no se han ajustado cuentas aún con Stella. Por supuesto, la obra, la poesía de la boxeadora, soterrada bajo el mito, no es una cuenta que pueda o se haya propuesto saldar el documental del esforzado binomio. Tampoco algo que deba exigírseles, esa sería una pretensión absurda… o acaso una sensación latente y necesaria de afrontar desde otra trinchera o bien con responsabilidad.
En su amplitud más significativa La Colorina se propone una mirada al pasado, lanzar un salvavidas a uno de nuestros tantos náufragos de la poesía chilena. Reconstruye los fragmentos de una historia repartida entre los recuerdos de destacados y singulares personajes del ámbito artístico, hasta dar contundentemente con esta extraña mujer de pelo rojo, que tenía un tatuaje de una calavera en el brazo, que noqueo a Lafourcade y que al parecer tomaba más que Bukowski, Dylan Thomas y Teillier juntos. El documental se traza márgenes claros, los explora, desarrolla y logra su cometido, llegando a puerto seguro en términos generales.
 Sin embargo, el film parece a ratos discurrir como un documento edificante y exaltador, especialmente con la entrada de histrionismos de vanidad, demagogia y accesos misticoides. Me refiero a algunos personajillos, que con sus innecesarias salidas de madre y reivindicaciones personales, terminan por oscurecer en su afán excesivo de domesticar y levantar la figura trágica que se desmorona a pedazos, bajo la forma del aplauso y el “homenaje”, cargado éste último de una predisposición que comulga con la afectación, la idolatría y la falsa mística. Es quizá en ese sentido, la participación de Hernández Montesinos, lo más bajo del film. Su show teatral en el hospital –de muy mal gusto–, en bata, hablando clichés, lo ha destacado notablemente como el mejor alumno de la clase a la hora de erigirse como un habitual saltimbanqui de la figuración. Zurita por su parte sigue regalándonos sus intrascendentes efusiones líricas… nada nuevo bajo el sol. Por otro lado, los enmascarados balbuceos de Piero Montebruno, nadie entiende bien hacia donde van, ¿qué aportan? Y así, aparecen otros cuantos, bajo la impronta del ritual cultista.
Me llama poderosamente la atención, que a pesar de todas las carencias económicas, su alcoholismo y de la evidente fragilidad de su salud, Stella aparece en gran parte del documental, derrochando una estoica lucidez, lo cual, salva al documental de un cercano traspié con la morbosidad, ya que, dadas estas precariedades, su disposición no es una constante, pero sí una decidida actitud de vida. Digna y humana se le puede apreciar; también frágil y estremecedora, bajo ese manto de tristeza que la cubre al final de sus días.
 Stella Díaz Varín supo vivir poéticamente como ninguna, y el documental acierta un gran golpe al explorar los intersticios de su extrañeza, la cual, dejó huellas indelebles, desde su tránsito bohemio, pasando por la postura desafiante de la punk hacia la dictadura; sus desavenencias con otros artistas, como madre y como abuela. Pero lamentablemente, peca en la excesiva fijación de sus realizadores por la materia anecdótica, un recorrido anclado en el mito urbano, insuficiente y reduccionista de la hechura real de la poeta, de su búsqueda de la “palabra escondida”. Atrapada por su propio mito, cubierta por una exuberante biografía, terminó sepultada bajo los cimientos en los que se levanta el documental, sin embargo, no desconoceremos que en algunos pasajes el agudo desentrañamiento biográfico se adentra en las fibras más sensibles y dolorosas de una vida convulsionada, remeciendo y conmoviendo hasta el más indiferente espectador.
Una obra tan íntimamente ligada a su figura, tan inseparable de su yo, como bien lo declaró Lihn: “La voz de Stella es fiel a sí misma”, recibe en este “gesto”, un olvido tremendo, que apuesta todas sus cartas a domeñar la obra bajo la ruma de frases hechas y rótulos como “una de las grandes poetas de literatura chilena”, que no son sino meros aspavientos, timoratas soluciones para una obra. El bullicio peregrino de “Stella Díaz Varín hasta que la muerte nos separe”, nos llena de la nada acostumbrada. No más bullicio y estridencias, el “gesto” no puede ser siempre movido, en su estricto rigor semántico, por un simple impulso del ánimo, sino también por una ética.
Ni como especialista ni como crítico, sólo como un simple espectador, más allá del documental, echo de menos un acuerdo más claro entre vida y obra, más justo quizás pensando en su legado, que es la huella más poderosa de su existencia, mucho más que lo mitos, que la anécdota del compañero de copas, que un histrión en bata o que un trasnochado Zurita.
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