
El recién pasado Festival Internacional de Cine de Valdivia, celebrado del 3 al 8 de octubre de 2008, deja bastantes impresiones. Con seis muestras paralelas en todo horario, los abonados ($10.000 con derecho a asistir al 90% de las funciones) pudieron disfrutar de un exceso de oferta audiovisual a la que no estamos habituados quienes tenemos televisión por cable y arrendamos usualmente en videoclubs. La muestra incluye desde rarezas a mega-producciones, visionados temáticos y retrospectivas autorales y por país. Ni hablar de las cadenas multicines, las que salen muy mal paradas a la hora de comparar su limitada oferta programática, en su mayoría cine industrial procedente de Hollywood, con la del festival, que posee hoy, transcurrida su decimoquinta edición, un perfil claro: diversidad = riqueza. Pudiendo asistir a cinco funciones diarias en seis salas distintas (todas a no más de quince minutos a pie la una de la otra) las posibilidades se despliegan como un abanico. Así cada cual pudo armar su ruta personal y, de acuerdo a sus gustos, vivir el festival de forma única. Muestras de largometrajes y cortometrajes noruegos, documentales y cintas cubanas, retrospectivas de Robert Bresson, Raúl Ruiz y Martín Rejtman, ventanas al cine chileno y al cine del sur de Chile, cine experimental y nuevos caminos, Work In Progress e In Edit , además de las obras en competencia en las categorías: Largometraje de Ficción, Documental, Cortometraje de Ficción, Gente Joven y Video Regional.
Quizá una de las apuestas más interesantes fue el programa 1957-1967: Los Caminos de la Modernidad , efectuada en la Sala Juan Downey/MAC, donde este año se visionaron cintas poco conocidas de excelentes directores de países de Europa del Este. Largometrajes, cortos y animaciones procedentes de Polonia, Checoslovaquia, U.R.S.S., Yugoslavia y Hungría, enmarcadas en un programa que pretende analizar las distintas cinematografías que originan el cine moderno. En su primer año el programa revisó las cinematografías correspondientes al Neorrealismo, Cinema Verité, Nouvelle Vague, New American Cinema, Nuevo Cine Alemán y Nüberu Bagü japonesa. En su segunda edición se proyectaron films realizados por artistas y técnicos bajo el influjo y la censura ejercida mediante la fuerza desde Moscú. Un plato fuerte de esta época es la checoslovaca Happy End , que cerró la muestra. Dirigida por Oldrich Lipsky (1966/ 71 minutos), la cinta tiene la particularidad de que está montada al revés de principio a fin, con los personajes caminando hacia atrás y hablando muchas veces en sentido inverso. La ironía se logra con la narración de contrapunto del protagonista, que con distancia y astucia subvierte el sentido de la realidad de manera cómica y sorprendente. El dominio del lenguaje audiovisual que evidencia el equipo realizador, lleno de operaciones formales bajo la manga, más la visión, osadía y pericia del director para embarcarse y acabar con éxito un experimento cinematográfico de vanguardia propio del decenio escogido, hacen de Happy End una obra imperdible.
Tendencias Respecto de las tendencias actuales hay que destacar dos extremos. Una es la práctica desaparición de tramas argumentales, con mucha o toda la intención comunicativa puesta en la fotografía. Esta opción reemplaza los puntos, las comas y los signos de exclamación del lenguaje hablado por una composición visual que persigue cargar de intención los vacíos mediante la disposición de los elementos que componen el plano, como en el caso de la cinta Tejút de Benedek Fliegauf ( Hungría, Alemania / 2007 / 35 mm / 82 minutos).
Otros, como José Luis Torres Leiva, quedan a medio camino entre argumentos mínimos que se entienden pero no consiguen entusiasmar y un cuidado fotográfico y de arte exquisito, con una iluminación naturalista y un trabajo de cámara, dolly y grip sutil e irreprochable. Probablemente el mayor mérito de El Cielo, la Tierra y la Lluvia radica en la calidad de las ejecuciones de las operaciones formales, más que en el guión (una excusa a mi modo de ver para sacarle provecho a los vastos paisajes valdivianos) o el ritmo del montaje, que no acaba nunca de involucrar al espectador con el conflicto central.
La otra tendencia es la que sigue los dictámenes de la industria, que a riesgo de perder espectadores en las salas (perder dinero al fin y al cabo) resigna todo recurso que no esté archi probado en su efectividad. Guiones maqueteados en exceso, plagados de diálogos obvios y triviales, con escaso o nulo poder de subversión, buscan agradar en todos los niveles de acción del lenguaje audiovisual. Empaquetada, timorata y efectista es la cinta Muñeca , del realizador nacional Sebastián Arrau (Chile / 2008 / HD Cam / 83 minutos), cuya televisiva cinta más parece un capítulo de teleserie que una obra propiamente tal. Nada más alejado de una película de autor y con un reparto sacado de la pantalla chica, Muñeca transcurre cómoda y sonsa robando carcajadas fáciles mediante un humor más digno de sketch de Morandé con Compañía que de una sala de cine. Su fotografía no toma riesgo alguno, al igual que su diseño sonoro y su lenguaje de planos.
Otra cosa es Pickpocket (Francia / 1959 / 35mm/ 75 minutos) del realizador francés Robert Bresson, en la que un joven solitario se introduce en el mundo de los carteristas haciendo del delito un arte. Sutilmente filmada, tanto la fotografía como el montaje y las actuaciones plasman una cosmovisión sólida y atrevida, elementos que, dicho sea de paso, se extrañan en algunas de las propuestas de las distintas obras audiovisuales visionadas durante las seis jornadas del festival, que se fortalece cada año y se erige como un referente obligado dentro del panorama cultural chileno.  |