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El nautilus y lo inversamente proporcional por Allan Lomas

El nautilus y lo inversamente proporcional
por Allan Lomas
 
 
Para un ser humano encadenado al presente por segundos que se suceden unos a otros, la ciencia ficción se presenta como una apasionante forma de profecía y acceso no sólo al futuro, sino también a tantos mundos y dimensiones de la realidad como los autores sean capaces imaginar. La principal diferencia entre ciencia ficción y fantasía como géneros de expresión literaria y cinematográfica, radica en que para extrapolar en el futuro o fuera de este mundo, la ciencia ficción se basa en la conjetura construida sobre certezas de la ciencia y tecnología actual, mientras que las certezas de la fantasía son creaciones de la propia imaginación del autor. Resulta relevante esta distinción a la hora de determinar la finalidad última del género, ya que más que una manera de entretener y estimular la imaginación del receptor, la ciencia ficción de peso enfrenta al hombre con el hombre. Geroge Orwell, Edgar Allan Poe, Julio Verne, todos autores que se zambulleron en el futuro desde el presente, advirtiéndonos de las consecuencias que el actuar de hoy puede tener en el vivir de mañana.
 
Muy en concordancia con esta línea de pensamiento se encuentra todo el gran cine de ciencia ficción de mediados de los 60 a fines de los 80, cine en el que los creadores hacían un esfuerzo por mostrar algo más que simples naves espaciales. En “2001: Odisea del espacio” Stanley Kubrick comparte la escritura del guión con el autor del libro Arthur C. Clark. En 1971 un joven George Lucas estrena la cinta “THX 1138”: una brillante interpretación del futuro, basada en el clásico de Orwell “1984” y en un cortometraje que el propio Lucas presentó como proyecto final durante su formación en la escuela de cine de la Universidad de Southern California. En 1971, nuevamente Kubrick con “La naranja mecánica”. Ridley Scott también tiene su seguidilla de aciertos en el género, con Alien en 1979 y luego la espectacular “Blade Runner” en 1982. Imposible dejar fuera la saga australiana “Mad Max” -en especial la segunda entrega – y su desoladora visión del futuro post apocalíptico tan recurrente en la imaginación de los que vivieron la guerra fría.
 
 
Resulta triste pensar que con la llegada de “Terminator II” (1991) y la revolución del cine digital, la ciencia ficción como género cinematográfico decaiga tan ostensiblemente, hasta convertirse en el monótono e incesante paseo de efectos especiales que es hoy, carnaval que mientras más asombroso se supone en la teoría, menos asombrosos resulta en la realidad. El error está en creer que el espectador de ciencia ficción es sólo un idiota que busca la sorpresa en lo visual, no en la profundidad de la historia; y es en este punto donde el esfuerzo de Matrix –en especial en su primera entrega –se eleva notoriamente por sobre la mediocridad creativa de los últimos quince años como un relámpago en cielo oscuro.
 
Pero no todo está perdido. A pesar que la calidad del cine de ciencia ficción parece ser inversamente proporcional al avance de la misma ciencia, el mejicano Alfonso Cuarón sorprende con “Children of men”(2006), una imaginativa e interesante interpretación del futuro, construida sobre una historia firme y un inspirado Clive Owen, que secundado nada menos que por Michael Caine, logra transmitir con ojos penetrantes toda la desolación de un hombre gris, desencantado y cada vez más alienado en su propia realidad. Con una dirección impecable (llena de complejas y violentas escenas que duran a veces más de 10 minutos sin cambio de cámara) Cuarón produce un efecto que absorbe al espectador, situándolo junto a los protagonistas en medio de un mundo horadado por el imperialismo y la guerra. Satisfactoria para cualquier amante de la ciencia ficción, “Children of men” es una obra en la que campea la preocupación por el detalle, y no por el detalle fácil, ese que se cubre con una buena imagen digital o un par de explosiones, sino el verdadero detalle, ese que fija ideas y transmite emociones.
 
Como ya se dijo, resulta profundamente irónico pensar que en un género del cine tan ligado a los avances de la ciencia como el comentado, tecnología y calidad haya resultado ser una relación inversamente proporcional. Esperemos que siguiendo el ejemplo de “Children of men” las personas con los medios para financiar gran cine comprendan que lo verdaderamente increíble de “Veinte mil leguas de viaje submarino” no es la terrorífica forma del Nautilus, sino que hacia 1870 no existían barcos que navegaran bajo el agua. Al menos, no fuera de la profética imaginación de Julio Verne.
 
 
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