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| Floria
Sigismondi: La Estética de la
distopía |
| por
Ignacio Rojas |
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el auge del video clip en los 90’,
tanto como expresión artística
e instrumento de la industria, así
como también la creación
de MTV como espacio global de la música
ligada a un soporte visual, pocas
o aisladas apariciones de creatividad
han surgido en un “espacio”
sobre poblado y explotado, de suertes
dispares en la realización
en cuanto a calidad, lo que por otro
lado es normal en todas las áreas.
Sin contar, que en este auge de la
creación, los padres y genios
del rubro audio-visual acapararon
un espacio importante, no sólo
con sus trabajos sino también
como antecedentes, como modelos y
configuradores de un estilo; en este
sentido son ineludibles los nombres
y trabajos de Michel Gondry, Spike
Jonze, David Fincher y Chris Cunningham
como los padres de influencias variadas
hacia el resto de los directores de
videos musicales en la cinematografía
mundial.
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Sin
embargo, detrás de estos nombres
surge con una carrera solidamente
cimentada, la “conocida”
Floria Sigismondi (1965). Cuando digo
“conocida” (entre comillas),
pienso en la gran mayoría –que
como suele suceder–, conoce
a la perfección a su artista
o icono musical de turno, y ama su
video –un clásico: “¡pero
si ese es mi video favorito!”–,
sin embargo, desconoce al artista
visual que interpreta y se esfuerza
en la azarosa traducción por
construir un puente, una extensión
a la música, un diálogo;
un lenguaje estético que en
Sigismondi se articula como una extensión
ortopédica de la realidad. |
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Explorar
su biografía es interesante
sobre todo después de ver algunos
de sus videos; la familiaridad con
el ambiente en el cual se crió,
se proyecta y nutre sus obras de elementos
singulares, que hoy por hoy la sitúan
como un referente, cuyo sello personal
ha sido imitado por numerosos directores
desde su primer golpe estético:
The Beautiful People. Floria
Sigismondi nació en Pescara
(1965) Italia, pero emigro tempranamente
(a los dos años) junto a sus
padres a la ciudad industrial de Hamilton
Ontario Canadá. Ese es el primer
antecedente de un imaginario que se
edifica con los resabios exaltados,
apocalípticos, cercanos a un
gótico industrial en cuyo escenario
se experimenta la presencia de los
metales, el acero y las maquinas,
imágenes de juventud y del
paisaje de Hamilton. Por otro lado
sus padres, ambos cantantes de opera,
influyeron poderosamente en su mirada
y camino estético, familiarizándola
con el mundo del teatro y la escena
operística; donde la pequeña
Floria tras bambalinas, gustaba de
jugar entre la utilería del
siglo XVI y XVII. No es de extrañar
entonces, que en sus escenarios visuales
destaque cierto anacronismo en el
vestuario, que tienen notorias evocaciones
renacentistas y barrocas. |
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Sigismondi
además de ser directora, es
escultora, fotógrafa y pintora
(estudio pintura e ilustración
en la Escuela de Arte de Ontario,
1987). Y Esta condición polifacética,
la ha materializado en varias exhibiciones
e instalaciones de fotografía,
cortometrajes y escultura a nivel
internacional, paseándose por
las principales capitales culturales
del mundo tales como Roma, Toronto,
Nueva York, París, Copenhague,
Londres, Los Ángeles, Ciudad
de México, entre otras. Por
supuesto, ha trabajado con connotadas
figuras del ámbito musical
como Leonard Cohen, The Cure, David
Bowie, Marilyn Manson, Björk,
Sigur Ros, The White Stripes, Incubus,
Tricky, Robert Plant y Jimmy Page,
etc. También ha recibido varios
premios entre los que se cuentan:
el Mejor video internacional, por
“Untitled” (Sigur Rós)
2003 New York Underground Film
Festival; British Music Video
Award; Nominación a mejor
video por "Little Wonder"
(David Bowie) 1997 MTV, entre otros.
También pueden agregarse a
sus destacados trabajos audio-visuales,
dos monografías de su fotografía
que la prensa de arte alemán
Die Gestalten Verlag ha publicado
bajo los títulos de "Inmune"
(2005) y "Redención"
(1999), este último premiado
el mismo año con el German
Kodak Photobook Award. |
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Origen
de un sello de fabrica reproducido
hasta el cansancio por sus imitadores,
Sigismondi se sitúa como una
creadora insomne de mundos; una continuadora
pesimista y anti-bélica, de
toda una Literatura, y de su replica
en el cine. La crisis de la cultura
de la modernidad, trajo consigo el
derrumbe del optimismo, que dio paso
a las grandes obras de la distopía
en el siglo XX y fines del XIX; desde
“La máquina del tiempo”
de H. G. Wells (1895), pasando por
obras como “Un mundo feliz”,
de Aldous Huxley (1932), “La
Trama Celeste”, de Adolfo Bioy
Casares (1942), “1984”,
de George Orwell (1949) y “Fahrenheit
451”, de Ray Bradbury (1953)
donde horrorosamente los libros y
el saber humano están condenados
al fuego; el futuro se ensombrece,
la angustia y la desesperanza vuelven
con Kafka y el agobiante aparato estatal
del Proceso; en el cine ocurre algo
similar, el entusiasmo científico
del s. XIX, que disfrutamos con lecturas
de Julio Verne, toma un giro brusco
hacia una ciencia ficción pesimista
y de juventudes violentas como en
“La Naranja Mecánica”
de Kubrick; también “Brazil”,
de Terry Gilliam (1985) donde el único
refugio del hombre es la locura o
“The Matrix”, de los Hermanos
Wachowski (1999) donde la realidad
queda en un vertiginoso entredicho.
Así, muchos otros ejemplos
pueden llegar a citarse.
Por
su parte Sigismondi, se perfila como
otra gran pesimista y denunciante
de la violencia actualmente. Se compromete
con una investigación cruda
y a la vez irónicamente estilizada,
que explora críticamente el
lado “B” de las cosas,
sirviéndose de la maquinaria
económica y global que mueve
a la industria del video clip, sin
tranzar su estética o sucumbir
a imposiciones comerciales. El mejor
ejemplo, son sus distopías
y entropías, pasadas sin asco
por MTV.
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El
gusto por la degradación
Cuando
hablamos de Floria Sigismondi, hablamos
de una artista multidisciplinar que
se juega todo en el desarrollo de
una estética. Sus recursos
técnicos por otro lado no se
desprenden de nada desconocido de
lo que ya se venia haciendo en la
industria del video clip y no sugieren
una mayor innovación en ese
aspecto, mas sí como fue armonizado
con una estética y una narrativa
muy onírica, característica
de sus trabajos visuales.
Los
mundos representados por Sigismondi
en sus video clips, se complejizan
con la coexistencia de múltiples
elementos, que en sus trabajos van
aflorando como los frutos de insistencias
y obsesiones muy intimas; sus videos
van siendo poblados de tópicos
recurrentes llenos de simbolismos
que construyen una identidad, en la
que reconocemos este estilo marcado
entre las sombras que propone la italiana.
Estos
escenarios sombríos y pesadillescos,
nos llegan como ecos de la tradición
inaugurada por Poe y que perfectamente
desembocan en las Historias Macabras
de Lovecraft. Primero se configuran
como espacios entropicos, llenos de
dinamismo, caos; de un ritmo frenético
y vertiginoso, dispuestos en series
de secuencia acelerada, que descolocan
al espectador reduciendo su capacidad
de reflexión retiniana sobre
las imágenes. Y el uso de recursos
como el gran angular o el stop-motion
dan un raro énfasis a todo
lo que sí va a ser percibido
por el espectador; notorio es en “End
of the world” de The Cure,
como un ambiente viciado va siendo
corroído por un tiempo implacable,
reduciendo toda la materialidad a
un escombro caótico, y finalizando
con una paradójica regeneración.
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Hasta
cierto punto Sigismondi trae a la
memoria al más pesimista de
la “civilización”,
recordándonos al William Golding
de “El Señor de la moscas”
y de “La Pirámide”;
las distopías de la italiana
examinan las transformaciones humanas
y anuncian la realidad de estos espacios
aparentemente confinados sólo
al imaginario onírico. Antes
mencionamos a Golding, y es que al
igual que Sigismondi su investigación
del ser humano se produce en espacios
cerrados, verdaderos laboratorios
antropológicos. Por otra parte,
mientras en Golding un grupo de niños
en una isla desatan su naturaleza
ontológica más primaria
en un caudal de violencia, en Sigismondi
si bien el ser humano común
desaparece para dar paso a algo incluso
más grotesco, los seres de
su imaginario no explotan, siempre
están al borde de una cornisa
azarosa, frenados por una impotencia,
una asfixia, en un estado de inercia
cuya sensación de corrupción
es profunda.
Esto
último se ve reflejado en el
trabajo producido para Amon Tobin
en “4 Ton Mantis”, donde
los seres humanos, están cada
vez más deshumanizados; pálidos
como cadáveres, sus movimientos
son autómatas y están
al borde de la locura y la desesperación;
en una atmósfera turbia insectos
caminan por las paredes como metáforas
kafkianas del ser humano, mientras
dos fondos se superponen: una ciudad
desierta e inerte y una fabrica que
no cesa su enfermizo funcionamiento.
En una curiosa fascinación
por la maquinas, ingresan extrañas
criaturas mecánicas; mantis
religiosas de movimientos erráticos
se insertan como recolectoras de una
fragmentación humana en proceso,
que termina con los restos entre la
chatarra industrial y la carcajada
conforme del capitalista. Todo en
este recargado y barroco escenario
decadente, se fragmenta e inmoviliza
en su impotencia; la imagen de la
mujer cae siempre en una languidez
que raya en la demencia y lo estático.
Todos los tópicos de Sigismondi
aparecen canalizados en este video. |
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El
diálogo con sus padres estéticos
Su
imaginario esta nutrido de influencias
que ha sabido canalizar y reelaborar
con maestría y una particular
“sutileza” no exenta de
cruda representación; los vasos
comunicantes que establece Sigismondi
en su arte con otros artistas es interesante
y no menor tomando en cuenta, que
sus influencias más notorias
responden a un tipo de arte muy polémico
y extremo; entre las vertientes directas
o indirectas de su imaginario estético,
podemos reconocer en combinación
con lo onírico el reverso de
la realidad que intenta retratar Joel
Peter Witkin en todo aquello que provoca
rechazo y desagrado, todo lo canónicamente
considerado antiestético; o
en el retorcido Hans Bellmer que respondía
y denunciaba el imperante culto al
cuerpo perfecto, del ideal griego
de la Alemania nazi. Justamente de
éste último, resuenan
algunos ecos de su Entartete kunst
(arte degenerado), en el trabajo visual
de la italiana, donde los seres autómatas
y las muñecas cercenadas recrean
una atmósfera viciada de erotismo,
sadismo y una violencia cargada de
sensualidad y morbidez. Muchos de
estos aspectos e inusuales figuraciones
surrealistas se ven reflejados en
los trabajos realizados con Marilyn
Manson en “Tourniquet”
y el famoso y polémico “Beautiful
People”, inicio de un éxito
compartido. |
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Pero son probablemente dos líneas
de trabajo muy distintas las que
encuentran su unión en la
estética de Sigismondi de
forma intensa: Stelarc y Helnwein.
Del primero, vemos que la italiana
manifiesta un gran interés
por una poética de decontrucción
del cuerpo humano mezclada con las
posibilidades de transformación,
acercándose cada vez más
a la maquinas, a entender el cuerpo
como una potencial maquina. Sigismondi
hace evidente el papel que toma
la figuración en su trabajo;
la anatomía es un elemento
importante y protagonista en sus
videos, donde es constantemente
intervenido. En estas intervenciones,
se ven el uso de aparatos ortopédicos
y prótesis, que van en directa
relación con elementos del
fetish; representando un
retorcido erotismo, degradado y
residual.
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En
Stelarc el erotismo –entendido
desde una forma poco convencional–
no esta acentuado como en Helnwein,
sin embargo, la experiencia de investigar
el cuerpo como un soporte más,
se encuentra en las imágenes
de Sigismondi, con la diferencia de
que el performatico Stelarc alude
a su propio cuerpo. Pero es Helnwein,
quizás, su punto de reconocimiento
más fuerte; el padre del “reconocimiento
sorpresivo” como lo acuño
William Burroughs, esta presente con
su realismo en el nivel fotográfico
que alcanza Sigismondi. Un claro ejemplo,
es la pieza poética que realizó
con Sigur Ros en “Untitled”,
donde al igual que en la obra de Helnwein
los niños aparecen como protagonistas
de una realidad ignorada; una crítica
abierta a tomar conciencia sobre el
mundo que heredamos a las nuevas generaciones;
Sigismondi desliza en cada uno de
sus trabajos la preocupación
de no hacer de este mundo una distopía,
en el que los niños depositarios
de la inocencia jueguen con mascarillas
anti-gases en medio de un paraje apocalíptico.
Floria sitúa la inocencia y
la devastación en un contraste
estremecedor; nos trasmite las partículas
de belleza en medio de las cenizas,
y abre el claro de esperanza entre
la destrucción y la miseria
humana.
Su
compromiso no es una versión
“suavizada” o netamente
“comercial” de sus influencias,
sino más bien, una reelaboración
que establece un juego y un puente
intertextual en el cual dialoga con
las obras de sus padres estéticos.
Su consistencia y el enriquecimiento
de su arte a través del tiempo,
mucho tienen que ver con estas múltiples
referencias que convergen en su obra
visual. Floria introduce en la industria
de la imagen a una escala de gran
difusión lo antiestético
como representación crítica.
Puede
dar la impresión de que en
varios de sus trabajos audio-visuales
la fórmula estética
de Sigismondi parece repetirse hasta
el hastío y tornarse monotemática,
sin embargo, también tiene
fugas al repertorio usual, y da muestras
claras de versatilidad en videos como
“Bom Bom Bom” del grupo
Living Things y “O
Sailor” de Fiona Apple donde
sabe dar movimiento a los matices
que la obsesionan, rompiendo con un
libreto con el cual no se casa pero
que asume con fuerza como parte de
ella misma.
Sin duda, la italiana ha sido un aporte
y una artista interesante para revisar,
en un espacio artístico que
no se toma muy en cuenta, sino hasta
ver recalar a algunos de estos genios
en el cine. Su valor parece radicar
en la constante insistencia de una
forma de representación que
conoce de memoria y a la cual sabe
inyectarle siempre energías
renovadoras. Sin la versatilidad de
un Gondry (por dar un ejemplo de peso),
Sigismondi se ha abierto paso con
un sello propio, un imaginario que
atrae e invita a reflexionar.
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